Hay pocas visitas a un taller que te hagan cuestionar los límites de lo posible. La que acaba de publicar Hagerty en su serie The Driver’s Seat es una de ellas. Henry Catchpole se ha puesto al volante del Ford Galaxie 500 de 1963 preparado por Ruffian Cars, y lo que encuentra es mucho más que un restomod: es una declaración de principios esculpida en chapa, fibra de carbono y 700 CV de pura ingeniería de competición.
El salto del píxel al metal: de videojuegos a bestias de competición
Chris Ashton, el cerebro tras Ruffian Cars, no viene del mundo de la mecánica tradicional. Antes de construir coches, diseñaba videojuegos. Él mismo lo explica en el vídeo: cuando imaginas un juego que no existe, te acostumbras a pensar en cosas que todavía no son reales y luego averiguar cómo fabricarlas. Ese mismo proceso mental es el que ha aplicado a cada uno de sus vehículos. Su historia comenzó a los 14 años, arreglando un Mustang del 67 que apenas se mantenía en marcha. Aprendió a soldar porque los pisos estaban oxidados, y desde entonces no ha parado.
La formación artística de Ashton también tiene mucho que ver. Estudió arte y diseño gráfico antes de meterse en la industria del videojuego, y eso se nota: en cada detalle busca respetar la visión original del diseñador, antes de que llegaran los bean counters o las normativas de seguridad. Así lo cuenta él mismo durante su charla con Catchpole, mientras recorren el improvisado museo de Ruffian.
Primeros proyectos: Mustang y GT40, la antesala del Galaxie
Los primeros pasos de Ashton como constructor fueron un Mustang de 1970 y un Superformance GT40. El Mustang, que tardó tres años en terminar en el garaje de su casa, fue pura autoformación: las aletas ensanchadas fueron sus primeras chapas perfiladas a mano, y los colectores de escape —feos pero funcionales— aún siguen montados. El coche explotó en internet tras presentarse en el SEMA dentro del Treadpass de Toyo, y eso le dio el empujón para encargar el GT40 como chasis rodante.
Con el GT40 apostó fuerte. Aprendió a soldar con TIG para fabricar unos colectores 180 grados que emulan el sonido de un flat‑plane V8 y revi’ sencillamente a 8.000 rpm. Las ópticas delanteras le llevaron un año de diseño e impresión 3D, y la carrocería ensanchada transformó un sueño de infancia en una bestia con acento de Le Mans. Ambos proyectos le enseñaron que no quería pasarse la vida arrastrándose bajo los coches: si quería construir más, necesitaba un equipo.
Un Galaxie 500 para la pista: encargo de un padre y espíritu de Goodwood
El Galaxie no nació de un capricho personal de Chris, sino de una conversación con su padre. Cuando le preguntó qué coche construiría, la respuesta fue “un Galaxie del 64”. A Ashton no le sonaba de nada, así que se puso a investigar y topó con los vídeos de Goodwood donde enormes Galaxies de los sesenta se batían contra diminutos europeos. Como él mismo relata, era para reírse a carcajadas: David contra Goliat en cada curva. La decisión fue instantánea: haría un coche gigante pensado para circuitos grandes, un armatoste de 5,3 metros de largo y casi dos de ancho con alma de coche de carreras.
El chasis fue un reto mayúsculo. Nadie fabricaba una plataforma de altas prestaciones para estos modelos, salvo para restauraciones o lowriders. Tras tomar decenas de medidas, encargaron un diseño completo a un especialista y lo construyeron sobre una mesa de fabricación de más de cuatro metros. La jaula de seguridad, la suspensión de tres brazos y el esquema de color inspirado en el camuflaje naval Measure 12 Modified del USS Alabama convierten al Galaxie en un objeto difícil de clasificar. Una mezcla de trophy truck y coche de carreras clásico que, a la vez, conserva el espíritu del modelo de serie.
Ingeniería de nivel competición en un coche de calle
Bajo la imponente carrocería late un motor de 526 pulgadas cúbicas —unos 8,6 litros— firmado por 460, que entrega unos 700 CV y 650 Nm de par. La caja de cambios es una T56 de seis velocidades con un pomo de carbono diseñado por Jake Palm, un artesano que empezó forjando cuchillos y ahora trabaja a tiempo completo en Ruffian. Pero lo que realmente define al Galaxie es su distribución de pesos: el motor se ha desplazado diez pulgadas hacia atrás y una pulgada a la derecha para lograr un 50/50 tanto delante‑detrás como izquierda‑derecha, contando con la batería y el conductor. Para rematar, calza neumáticos de 325 en las cuatro esquinas, lo que garantiza la misma huella de contacto en cada rueda.
La suspensión es otro ejercicio de compromiso. Amortiguadores Penske regulables, un esquema trasero de tres brazos con muelle adicional que ayuda a mantener la zaga asentada durante la frenada, y un bastidor delantero específico hacen que el coche trague baches en calle con una sorprendente nobleza. Ashton admite que, con un equipo de seis personas y mucho aprendizaje sobre la marcha, tardaron un año y medio en terminarlo.
“No es un espectáculo de estilo sobre sustancia. Es pura imaginación e integridad.”
— Henry Catchpole, Hagerty
Al volante del megacoupé: agilidad que desafía al tamaño
Henry Catchpole lo deja claro nada más salir del taller: el Galaxie parece un portaaviones, pero se conduce con una agilidad pasmosa. La dirección, sin asistencia, es tan directa y bien ajustada que invita a buscar curvas. Los frenos muerden con contundencia y la respuesta del acelerador convierte cada recta en un homenaje a la física de altas prestaciones. Catchpole llega a decir que, tras unos minutos al volante, uno olvida las dimensiones y solo piensa en llevarlo a un circuito. No es una mera máquina de postureo: el tacto es el de un coche de carreras con matrícula.
El interior, mientras, es un catálogo de contrastes curiosos: asientos que te abrazan como un baquet de competición dentro de una cabaña inmensa, instrumentación dual con cuentarrevoluciones que remata la estética de guerra naval, y un detalle que encantará a los puristas: las manivelas de las ventanillas tienen una barra extra soldada, un guiño a la época en que se usaban los antebrazos para levantarlas.
Ruffian Cars: el taller donde los sueños toman forma
El Galaxie no es el único habitante del taller. A su lado descansan el Mustang y el GT40, y ya asoma entre las sombras un proyecto aún más desconcertante: un coche de 1935 con un motor V10 que obligó a construir una mesa de fabricación aún mayor. Ashton confiesa que cada creación obedece a una idea concreta, sin concesiones al mercado. Y esa, quizá, sea la clave de que sus coches hayan pasado de ser caprichos de garaje a iconos virales en dos ediciones consecutivas del SEMA.
Puedes ver el análisis completo y las imágenes del taller en el vídeo original de Hagerty:


