“Recuerdo la primera vez que vi el Splinter. Fue en una pantalla, claro, gracias al último vídeo de Hagerty. Y aunque llevo años viendo coches restaurados en graneros, nunca imaginé que un sueño de juventud convertido en superdeportivo de madera me dejaría tan descolocado”. En su último reportaje, el equipo del canal nos presenta a Joe Hammer, el hombre que dedicó siete años y 20.000 horas de trabajo a construir el coche de madera más radical que haya pisado un concurso de elegancia.
Joe Hammer concibió el Splinter en 2006, mientras estudiaba diseño industrial en la Universidad Estatal de Carolina del Norte. Durante la entrevista con Hagerty, explica que aprovechó el posgrado como su última y quizá única oportunidad para diseñar y fabricar su propio coche. Lo que empezó como bocetos tomó forma definitiva a finales de 2008, pero el proyecto se alargó hasta 2015. Durante ese tiempo, Joe trabajaba de noche y los fines de semana, compaginando el taller con un empleo convencional. No fue un simple trabajo académico: se convirtió en una obsesión que hoy descansa en un barn muy distinto a los que acostumbramos ver en el canal.
Un chasis que desafía la lógica del metal
A primera vista, cualquiera pensaría que un coche de madera pesa toneladas. Pero Joe Hammer desmonta ese mito en su charla con Hagerty. El Splinter apenas marca 1.200 kilos en báscula, una cifra que rivaliza con deportivos de fibra de carbono. La madera, argumenta Joe, tiene mejor relación resistencia-peso que el acero o el aluminio. Eso le animó a fabricar no solo la carrocería, sino también el chasis principal y casi todos los brazos de la suspensión con madera. Los pocos elementos metálicos que asoman —como los bujes o las rótulas— están ahí por necesidad funcional, no para ocultar tubos de acero. Incluso las llantas son de madera: unas piezas de tres componentes con centro de chapa de roble rotatoria, apretado todo con pernos y mucha paciencia.
Es un detalle que subraya la artesanía obsesiva de cada rincón. “Las ruedas fueron el primer gran reto”, confiesa el creador en el vídeo. Eran tantos los fragmentos que cuando terminó la primera no creía posible acabar el resto del coche. Pero lo hizo, pieza a pieza, con moldes, patrones y mucha lija.
Lo más hipnótico del Splinter es su carrocería. Esa textura que parece cinta de contacto no es otra cosa que madera tejida a mano. Joe y su equipo desarrollaron una técnica similar al moldeo por transferencia de resina asistido por vacío (VARTM) que se usa con fibra de carbono, pero en lugar de hilos de carbono emplearon finísimas láminas de chapa de madera. Construyeron un telar propio, porque no existía un manual de cómo tejer madera para un coche. Trabajaron con cintas de apenas un octavo de pulgada de ancho, cientos de ellas en paralelo, y lograron algo que ni Ferrari ni Peugeot han conseguido sin trampas: una simetría perfecta en el patrón diagonal, sin cortes ni solapamientos. Es un alarde que a mí me dejó pegado a la pantalla.
‘No soy un tipo de la madera; soy un tipo de los coches, y la madera fue un desafío interesante para mí.’
— Joe Hammer
650 CV empujando 1.200 kilos: cifras de pura adrenalina
Que el Splinter sea un superdeportivo de exposición no significa que renuncie a las prestaciones. Bajo su piel de madera anida un motor LS7 de 7 litros, convenientemente modificado con levas, muelles y un sistema de admisión artesanal. Los colectores de escape de flujo cruzado a 180 grados, la suspensión neumática en las cuatro esquinas y la caja de cambios manual de seis velocidades completan una receta para volar bajo. Joe insiste en que no quería ver ni un gramo de plástico en el vano motor; hasta los más mínimos detalles están pensados para que el coche parezca atemporal, sin que un sensor delató su año de fabricación.
Ahora bien, el Splinter apenas ha rodado. Joe calcula que tiene poco más de veinte kilómetros en el odómetro. Una vez tuvo que matricularlo para cruzar la aduana alemana; las autoridades no aceptaron que lo declarase como escultura o pieza de arte. “Alemania no tiene sentido del humor”, bromeó con el equipo de Hagerty.
Cuando se le pregunta si construiría otro igual, Joe Hammer es tajante: destruyó todo el utillaje precisamente para no caer en la tentación. Calcula que, cobrando un dólar la hora, el coste sería astronómico. Las 20.000 horas de trabajo, repartidas entre siete años, hablan de un proyecto tan personal como irrepetible. Ahora con dos hijas pequeñas, confiesa que su proyecto actual no es otro coche, sino su familia. Aunque no descarta fabricar otro vehículo más adelante, esta vez con más distancia al suelo y quizá sin esa obsesión por la madera integral.
Lo que queda es la fascinación de un objeto que convierte un material cotidiano en una declaración de ingeniería y belleza. En cada arista del Splinter hay noches sin dormir, dedos llenos de astillas y la terquedad de quien pudo graduarse a base de serrín.
Puedes ver el vídeo completo de Hagerty a continuación:


