USMCA: el presidente Trump no renovará el acuerdo y golpea a Ford, GM y Stellantis

El presidente de EE.UU. amenaza con imponer aranceles y cambiar las reglas de origen, elevando el contenido local exigido al 50%. La incertidumbre paraliza las cadenas de suministro de los tres grandes fabricantes estadounidenses.

La amenaza de Trump de no renovar el USMCA no es un farol negociador más. El presidente ha sido explícito: «No tengo intención de renovarlo. No sé si voy a hacerlo, porque Estados Unidos no necesita nada de Canadá ni de México». La frase, pronunciada en la Casa Blanca, golpea de lleno a los tres grandes de Detroit —Ford, General Motors y Stellantis— que han tejido sus cadenas de suministro sobre el andamiaje del tratado. Si el acuerdo caduca, los aranceles saltarían al 25% para camionetas y al 2,5% para turismos, según las reglas de la OMC. Pero el daño real no estaría en el arancel nominal, sino en la parálisis de una industria que mueve 1,3 billones de dólares anuales en comercio automotor.

La patada a la mesa de Trump: ¿negociación o ruptura real?

El USMCA tiene una cláusula de revisión que se activa este mismo año, y la administración estadounidense ha puesto sobre la mesa una exigencia que rompe el equilibrio trilateral: que al menos el 50% del valor de las piezas clave proceda exclusivamente de Estados Unidos. Hasta ahora, el tratado exigía un contenido regional del 75%, pero solo un 40-45% de las ‘core parts’ debían fabricarse en países de altos salarios (Canadá o Estados Unidos). La nueva propuesta desplazaría a Canadá y concentraría el beneficio en suelo americano, lo que tensa aún más la relación con Ottawa. De hecho, las fuentes apuntan a que la gran mayoría de las negociaciones se han focalizado en México, con el objetivo de aislar a Canadá.

El tono de la Casa Blanca es despectivo. Trump afirma que Estados Unidos no necesita coches canadienses, ni madera, ni energía, y que el déficit comercial debe transformarse en superávit. Sin embargo, los datos de la Oficina de Análisis Económico muestran que en 2025 el déficit en bienes con México y Canadá fue de 180.000 millones de dólares, y el sector automotriz representa un tercio de ese saldo. La amenaza de no renovar es, en gran medida, una palanca para forzar concesiones. Pero la línea entre el farol y la ruptura es muy fina.

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El coste para los fabricantes sería brutal. General Motors ensambla en México el 40% de los vehículos que vende en Norteamérica; Stellantis tiene plantas en Windsor (Canadá) y Saltillo (México) que nutren al mercado estadounidense con pick-ups y SUVs de alto margen; Ford, que ha invertido miles de millones en complejos mexicanos, vería cómo la rentabilidad de modelos como la Bronco Sport o la Maverick se esfumaría bajo un arancel del 25%. Un estudio de Wards Intelligence estimaba que un vehículo ensamblado en México y exportado a EE.UU. contiene, en promedio, un 40% de componentes estadounidenses, así que la propia industria americana saldría perjudicada.

El 50% estadounidense: una exigencia que puede fracturar la integración norteamericana

La cifra del 50% de contenido mínimo estadounidense es un torpedo bajo la línea de flotación del modelo de producción integrada. Durante tres décadas, las plantas de los tres países han funcionado como un solo sistema: un cable fabricado en Ciudad Juárez se instala en un asiento de Ontario y se monta en un SUV de Michigan. Elevar el umbral al 50% rompe esa lógica y obliga a las marcas a rediseñar sus cadenas de suministro, lo que llevaría años y decenas de miles de millones en inversiones. Como señaló Flavio Volpe, presidente de la Asociación de Fabricantes de Piezas de Automóviles de Canadá, «podríamos llegar a un punto en el que ya no tenga sentido fabricar en Canadá y luego exportar a EE.UU., y eso mataría 160.000 empleos canadienses».

La administración sabe que el tiempo corre a su favor. La revisión del USMCA está programada para 2026, y si no se alcanza un acuerdo antes del 1 de julio de 2026, el tratado entra en una cuenta atrás de 16 años hasta su extinción definitiva. Pero la amenaza de Trump no esperaría tanto: la Casa Blanca podría invocar la sección 232 del Trade Expansion Act, que permite aranceles por motivos de seguridad nacional, y fulminar el comercio automotor de un plumazo. Sin embargo, la historia reciente sugiere que el presidente suele echarse atrás en el último minuto; como recoge el artículo original, la expresión «Trump Always Chickens Out» circula entre los analistas de Washington. El problema es que esta vez no estamos en 2019, con una economía robusta, sino en 2026, con una inflación que aún colea y un sector manufacturero que ha perdido fuelle.

La integración de los tres mercados es tan profunda que un arancel del 25% a México encarecería los coches fabricados en Estados Unidos en un 6% de media.

Mientras, los concesionarios ya empiezan a hacer números. Si el USMCA desaparece, la Administración de Comercio Internacional calcula que el precio medio de un vehículo nuevo en Estados Unidos podría subir entre 3.000 y 5.000 dólares. Para una pick-up como la Ram 1500, ensamblada en Saltillo con un contenido estadounidense del 43%, el sobrecoste superaría los 7.000 dólares. La demanda se resentiría, y las marcas japonesas y coreanas, que también tienen plantas en México pero venden un menor porcentaje de pick-ups, podrían aprovechar la ventana. Toyota y Honda se frotan las manos en silencio.

El precedente del TLCAN: cómo un acuerdo roto puede reventar la recuperación de Detroit

Conviene recordar que el sector afronta una transición al vehículo eléctrico que ya está siendo más lenta de lo previsto. Ford anunció en abril un recorte de 5.000 millones de dólares en inversiones para BEVs; General Motors ha retrasado el lanzamiento de su plataforma Ultium para pick-ups; y Stellantis ha reconocido que sus objetivos de electrificación para 2030 podrían no cumplirse. En ese contexto, una guerra arancelaria sería dinamita pura. El Center for Automotive Research estima que la desaparición del USMCA restaría hasta un 1,2% al PIB del sector automotor estadounidense en los dos primeros años.

El precedente más cercano es el de 2018, cuando Trump impuso aranceles al acero y al aluminio, encareciendo la producción de coches en Estados Unidos en 1.500 millones de dólares al año. Entonces, la industria sobrevivió porque la demanda era fuerte y porque las negociaciones culminaron en el USMCA. Ahora, el escenario es más volátil: la competencia china avanza con EVs baratos que ya llegan a 20.000 dólares, y Europa ha levantado barreras de hasta el 38% para protegerse. Si Estados Unidos se encierra en una disputa doméstica, el coste de oportunidad se medirá en pérdida de cuota global.

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En los despachos de Detroit, la sensación es de incredulidad. Un alto ejecutivo afirmó a este medio, bajo condición de anonimato, que «nadie en el Consejo cree que vaya a cargarse el tratado, pero todos estamos preparando planes de contingencia». Esa contradicción —prepararse para lo peor sin creer que sucederá— es la que mejor define el momento. Las plantas de México y Canadá llevan meses acumulando inventario, por si acaso.

El reloj avanza hacia julio de 2026. Si la Casa Blanca confirma su posición en las próximas semanas, el impacto se sentirá primero en los mercados de divisas (el peso mexicano y el dólar canadiense ya han caído un 1,2% desde que se filtró la amenaza), y después en los tableros de producción. Porque, aunque Trump acabe cediendo, el mero anuncio ya ha hecho daño: los analistas de Bloomberg Intelligence rebajaron ayer sus previsiones de beneficio para Ford, GM y Stellantis en un 8% de media. La confianza, como el TLCAN, es difícil de reconstruir.

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Análisis de Impacto

  • Dato de mercado: Las acciones de Ford cayeron un 2,3% tras las declaraciones de Trump; las de Stellantis, un 1,8%. El peso mexicano ha perdido un 1,2% frente al dólar en dos días.
  • El rumor del paddock: Fuentes de la Asociación de Fabricantes de Vehículos de México aseguran que la administración ha ofrecido un «puente» temporal si el USMCA no se renueva, pero sin garantías reales.
  • Veredicto: La probabilidad de una ruptura total sigue siendo baja, porque el coste político y económico sería devastador; pero la exigencia del 50% de contenido estadounidense es un movimiento arriesgado que puede romper la confianza trilateral y acelerar la deslocalización inversa hacia Asia.