«No imaginas lo que ocurre cuando un hombre así abre el grifo», confesó Carroll Shelby en una ocasión al recordar la decisión de Henry Ford II de gastar lo que hiciera falta para derrotar a Ferrari en Le Mans durante los años sesenta. Aquella batalla, que los aficionados conocen como las guerras Ford-Ferrari, enfrentó a dos de las compañías más poderosas de la historia en una rivalidad que aún hoy captura la imaginación colectiva. Con el anuncio de Ford de regresar a la clase reina de la resistencia en 2027, los capítulos de esta saga no dejan de escribirse. Ahora, unos documentos rescatados del archivo de la marca por Road & Track arrojan nueva luz sobre aquella gesta: facturas, recibos y registros que revelan, con la frialdad de la contabilidad, el coste exacto de la victoria que ningún fabricante estadounidense había logrado jamás.
Las claves de esta historia
- Lo más importante: Los archivos de Ford, inéditos hasta la fecha, contienen facturas y recibos que detallan el gasto real de la campaña del GT40 en 1966, incluida la fastuosa celebración posterior a la victoria.
- No te lo puedes perder: La anécdota del Lincoln Continental que recogió a Bruce McLaren y Chris Amon en Nueva York con dos banderas en las aletas —la neozelandesa y la de los Estados Unidos— ilustra la dimensión del triunfo.
- Cifras y cotización: Aunque el programa costó una fortuna que Henry Ford II aprobó con un lacónico «abran el grifo», los documentos permiten ahora reconstruir partidas concretas: desde el chárter de un avión para la prensa hasta los gastos de la cena de gala.
El grifo que Ford abrió para doblegar a Ferrari
La obsesión de Henry Ford II por ganar las 24 Horas de Le Mans tiene un origen tan célebre como cinematográfico: el desaire de Enzo Ferrari durante las negociaciones para vender la casa de Maranello a la compañía del óvalo. Aquella afrenta desató una respuesta industrial y deportiva sin precedentes. Ford puso en marcha el programa GT40 con un cheque en blanco virtual. Los registros ahora recuperados confirman lo que los protagonistas siempre insinuaron: el gasto era secundario frente al objetivo de ver un coche americano en lo más alto del podio de La Sarthe. Facturas de motores, chasis y logística transatlántica se apilan en los legajos como testigos mudos de una movilización que en 1966 culminó con el histórico triplete de los GT40 Mk II, copando las tres primeras posiciones y dejando a los Ferrari 330 P3 fuera de combate.
Carroll Shelby, artífice de la puesta a punto de los coches vencedores, recordaba con ironía que el presidente de Ford no preguntaba cuánto costaba, sino simplemente si se podía ganar. Los documentos del archivo corroboran esa actitud: hay reembolsos por facturas de hotel para ingenieros desplazados, pagos a proveedores europeos de última hora y notas de gastos que incluyen desde el alquiler de pistas de pruebas hasta las cenas de trabajo. Todo se pagaba sin regateo, convencidos de que el único presupuesto que importaba era el que medía la distancia con Ferrari en la bandera a cuadros.
De la pista a la fiesta: lo que dicen los recibos
El triunfo merecía una celebración a la altura, y los recibos que han emergido del archivo de Ford no defraudan. Bruce McLaren, quien compartió el volante del GT40 ganador con Chris Amon, relató años después cómo vivió aquella resaca de gloria: «Eran banderas a cuadros, champán y coches con chófer». Los documentos, de hecho, muestran que tras la carrera ambos pilotos fueron trasladados en avión a Estados Unidos para una gira de celebraciones. El Lincoln Continental que les esperaba en el aeropuerto de Nueva York lucía, en cada aleta, una bandera de Nueva Zelanda y otra de las barras y estrellas. Un detalle que revela hasta qué punto Ford instrumentalizó la victoria como un orgullo corporativo, pero también como un guiño a la internacionalidad del proyecto.

Los gastos de la cena de gala, las invitaciones a directivos y la contratación de un chárter para la prensa especializada figuran entre las partidas documentadas. Nada se escatimó para que la prensa mundial cubriera el hito. Los centros de coste se multiplican en los formularios amarillentos, pero todos están tachados con la anotación manuscrita «aprobado»: la rúbrica de un imperio industrial que había conquistado la carrera más mítica del automovilismo.
Lo que significó aquel triunfo para la resistencia americana
La victoria de 1966 fue algo más que un desquite empresarial. Rompió la hegemonía europea en las 24 Horas y situó a la ingeniería estadounidense en un territorio que parecía reservado a los purasangres de Maranello, Stuttgart o Coventry. Los documentos conservados —cuya publicación parcial autorizó la marca hace apenas unas semanas— permiten ahora calibrar la magnitud del esfuerzo logístico y financiero. No se trató de un capricho de un magnate excéntrico, sino de un despliegue casi militar de recursos de investigación, desarrollo y producción en serie limitada.
Ford no solo ganó Le Mans; compró la convicción de que un fabricante generalista podía derrotar a la artesanía italiana si destinaba los recursos suficientes y contrataba al talento adecuado.
La estrella del programa no fue solo el dinero; fue la capacidad de reunir a ingenieros británicos y estadounidenses, a pilotos de distintas nacionalidades y a un reglamento —el de prototipos— que entonces permitía audacias como los motores de siete litros. Las facturas que ahora ven la luz desmitifican el «milagro» y lo sustituyen por un dato aún más valioso: la obstinación metódica de un gigante que no escatimó ni en tornillos ni en copas de champán.
Con el horizonte de 2027 y el regreso de Ford a la clase Hypercar del WEC, los archivos de 1966 cobran un valor añadido: no son solo reliquia, sino preámbulo. La historia de Le Mans sabe de ciclos, y aquella temeridad contable que desembocó en la gloria del GT40 vuelve a resonar en los despachos de Dearborn. Quizá, como entonces, alguien haya dicho de nuevo «abran el grifo». Y los recibos, cuando se examinen dentro de sesenta años, contarán otra historia fascinante.

