Hay pocas cosas que definan mejor a Londres que sus taxis negros. Pero esos taxis no son berlinas cualquiera pintadas de oscuro: son vehículos tan especializados que nadie los compraría para uso particular. Doug DeMuro ha tenido acceso a un London Taxi TXII de 2005 cedido por el Petersen Museum de Los Ángeles y, en su último análisis, desmenuza por qué esta máquina de transportar personas sigue siendo una de las creaciones más curiosas del automóvil. Spoiler: la obsesión por la practicidad esconde un corazón analógico que enamora a pesar de todo.
El taxi que no nació para ser coche
DeMuro recuerda que, mientras en casi todo el mundo se adapta un vehículo de calle con un taxímetro y una luz en el techo, en Londres se fabrican desde hace décadas coches exclusivos para el servicio de taxi. El Austin FX4 marcó una época con más de 40 años en activo, pero a finales de los noventa ya se le notaban las costuras. Entonces, el gobierno, los taxistas y la empresa LTI trabajaron juntos para crear este TXII, un modelo que inicialmente generó rechazo —nadie quería jubilar al clásico— pero que pronto se ganó a conductores y pasajeros gracias a un arsenal de soluciones inverosímiles en un coche compacto de apenas 4,5 metros.
Accesibilidad total en 4,5 metros
La puerta trasera ya avisa de que no es un coche normal. Es una plancha rectangular enorme, sin el recorte que bordea el paso de rueda. El objetivo, explica el youtuber, era que una silla de ruedas pudiera entrar sin obstáculos. En el umbral se esconde una rampa desplegable que se activa con un interruptor con el pictograma de una silla de ruedas; una vez extendida, el pasajero con movilidad reducida sube sin necesidad de traslados complicados. Esa altura extra de la carrocería, que a primera vista resulta desproporcionada, cobra de repente todo el sentido.
Un interior con trampolín y butaca infantil
Dentro, el espacio trasero es un alarde de versatilidad. En la banqueta caben tres adultos, pero frente a ellos hay dos asientos abatibles ocultos. Al desplegarlos, el TXII transporta a cinco pasajeros en la parte posterior, una densidad de ocupación propia de un monovolumen en un coche del tamaño de un Toyota Corolla. Si solo viajan tres, los asientos extra se pliegan y dejan un hueco descomunal para maletas, para la silla de ruedas o para que un niño vaya cómodamente instalado en el asiento infantil integrado que se despliega desde el reposabrazos central. Una solución imperfecta pero ingeniosa para los padres que viajaban con niños sin llevar su propia silla.
DeMuro también señala el material de los tapizados: un textil pensado para limpiar fluidos con facilidad, que perdona derrames y contratiempos nocturnos sin dramas. Además, un altavoz detrás de la banqueta y un puerto de carga completan un habitáculo que no deja nada al azar.
‘Es lento, ruidoso y el maletero es una broma, pero lo quiero con locura’, resume DeMuro.
— Doug DeMuro
Controles que hablan sin palabras
Donde el TXII se vuelve más entrañable es en la disposición del salpicadero. Doug destaca que todos los mandos evitan el lenguaje escrito y se apoyan en pictogramas universales. El climatizador trasero, por ejemplo, tiene solo tres ruletas —encendido, frío/calor y dos velocidades de ventilador— para que cualquier turista, hable el idioma que hable, sepa cómo usarlo. Lo mismo ocurre con el intercomunicador que conecta al pasajero con el conductor a través de un cristal de separación: basta un botón y una luz roja que advierte cuando la comunicación está activa para evitar confidencias incómodas.
En el techo, un reloj visible desde las plazas traseras, un espejo de cortesía para cada pasajero y un tapizado acolchado que no se descuelga con los años completan un entorno que pocos vehículos de calle se molestan en ofrecer. Hasta el intermitente cambia el típico clic metálico por un timbre electrónico que, según DeMuro, está diseñado para que ni el conductor más despistado olvide apagarlo.
Al volante: lento, ruidoso… e irresistible
Cuando Doug DeMuro por fin se pone al volante, la honestidad es demoledora. El TXII monta un motor diésel veterano de 2.4 litros que entrega su potencia con pereza. La insonorización es casi testimonial, la dirección resulta vaga y el maletero, minúsculo, apenas sirve para una rueda de repuesto. Sin embargo, confiesa que la conducción relajada, la visibilidad panorámica que regala esa silueta tan alta y el carisma de cada detalle hacen que se baje del coche con una sonrisa. “Es imposible no quererlo”, admite, aunque él mismo se ría de su propia contradicción.
Por qué importa en 2026
Hoy, ya en plena era del eléctrico TX que recorre el centro de Londres, este TXII parece una pieza de museo. Pero cada solución que DeMuro nos muestra sigue siendo una lección de sentido común: la rampa sin estridencias, los pictogramas para los pasajeros que no hablan inglés, el reloj donde todos pueden verlo. En un tiempo en el que la industria persigue las pantallas gigantes y los asistentes por voz, el veterano taxi londinense recuerda que la mejor tecnología empieza por entender qué necesita realmente la gente. Y a veces, como demuestra este cacharro, la respuesta está en un botón con un dibujo y una alfombra lavable.
Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de Doug DeMuro en YouTube.

