La leyenda urbana del único caso en el que puedes echar gasolina a tu coche diésel y no romperlo de inmediato

Echar gasolina en un coche diésel suele ser sinónimo de avería, pero existe un caso histórico en que tenía cierta lógica hacerlo. Te contamos cuándo era posible y qué riesgos tiene hoy en día.

La confusión entre diésel y gasolina ha dado pie a todo tipo de mitos en el mundo del motor. Uno de los más repetidos sostiene que añadir una pequeña cantidad de gasolina en un coche diésel puede ser beneficioso para la mecánica. Hay quienes lo vinculan con una limpieza de inyectores, quienes aseguran que mejora el arranque el invierno y quienes lo consideran un viejo truco de taller. Pero, ¿qué hay de cierto en ello?

En los coches modernos, echar gasolina en un motor diésel es una de las peores decisiones que se pueden tomar. Sin embargo, hay un matiz que explica por qué esta leyenda urbana sigue viva: hubo un momento, en motores antiguos y bajo condiciones muy concretas, en el que una mínima proporción de gasolina podía tener cierto sentido técnico.

3
El único caso en que podría tener sentido

diésel congelado invierno
Fuente propia/IA

Aquí está el origen de la famosa excepción. Algunos vehículos diésel matriculados hace décadas podían tolerar una proporción mínima de gasolina, normalmente entre un 1% y un 2% del depósito. Se usaba sobre todo en climas extremadamente fríos para facilitar el arranque o evitar problemas derivados de la cristalización del combustible.

Era una solución de emergencia, pensada para motores muy concretos. E incluso entonces tenía riesgos, porque abusar de la mezcla podía afectar juntas, retenes y provocar una combustión incorrecta. Hoy en día, con los avances en carburantes y aditivos específicos, echar gasolina en esas circunstancias ya no tiene sentido. Ese recurso excepcional, actualmente es una práctica obsoleta.