La leyenda urbana del único caso en el que puedes echar gasolina a tu coche diésel y no romperlo de inmediato

Echar gasolina en un coche diésel suele ser sinónimo de avería, pero existe un caso histórico en que tenía cierta lógica hacerlo. Te contamos cuándo era posible y qué riesgos tiene hoy en día.

La confusión entre diésel y gasolina ha dado pie a todo tipo de mitos en el mundo del motor. Uno de los más repetidos sostiene que añadir una pequeña cantidad de gasolina en un coche diésel puede ser beneficioso para la mecánica. Hay quienes lo vinculan con una limpieza de inyectores, quienes aseguran que mejora el arranque el invierno y quienes lo consideran un viejo truco de taller. Pero, ¿qué hay de cierto en ello?

En los coches modernos, echar gasolina en un motor diésel es una de las peores decisiones que se pueden tomar. Sin embargo, hay un matiz que explica por qué esta leyenda urbana sigue viva: hubo un momento, en motores antiguos y bajo condiciones muy concretas, en el que una mínima proporción de gasolina podía tener cierto sentido técnico.

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El origen de la leyenda sobre mezclar los combustibles

Fuente propia

Durante décadas, algunos conductores y mecánicos recurrían a soluciones improvisadas para combatir problemas derivados del frío extremo o de la calidad del combustible. En ese contexto, añadir una cantidad muy pequeña de gasolina al depósito se consideraba una ayuda para reducir la densidad del gasóleo cuando las bajas temperaturas favorecían la aparición de parafinas.

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Aquella práctica tenía sentido sobre todo en diésel antiguos con bombas de inyección mecánicas robustas y sistemas mucho menos sensibles que los actuales. Modelos que poco tienen que ver con los diésel modernos. El problema es que ese recurso puntual se convirtió con el tiempo en una recomendación generalizada y muchos pensaron que la gasolina servía para ‘limpiar’ inyectores.

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