La leyenda urbana del único caso en el que puedes echar gasolina a tu coche diésel y no romperlo de inmediato

Echar gasolina en un coche diésel suele ser sinónimo de avería, pero existe un caso histórico en que tenía cierta lógica hacerlo. Te contamos cuándo era posible y qué riesgos tiene hoy en día.

La confusión entre diésel y gasolina ha dado pie a todo tipo de mitos en el mundo del motor. Uno de los más repetidos sostiene que añadir una pequeña cantidad de gasolina en un coche diésel puede ser beneficioso para la mecánica. Hay quienes lo vinculan con una limpieza de inyectores, quienes aseguran que mejora el arranque el invierno y quienes lo consideran un viejo truco de taller. Pero, ¿qué hay de cierto en ello?

En los coches modernos, echar gasolina en un motor diésel es una de las peores decisiones que se pueden tomar. Sin embargo, hay un matiz que explica por qué esta leyenda urbana sigue viva: hubo un momento, en motores antiguos y bajo condiciones muy concretas, en el que una mínima proporción de gasolina podía tener cierto sentido técnico.

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¿Por qué la gasolina puede destruir un diésel moderno?

Fuente propia

La clave está en entender que el gasóleo no solo alimenta la combustión, también lubrica componentes esenciales. En un motor diésel actual, la bomba de alta presión y los inyectores trabajan bajo condiciones extremas, con tolerancias mínimas y presiones elevadísimas. Todo el sistema depende de la capacidad lubricante del combustible para evitar desgaste.

La gasolina hace justo lo contrario. Tiene un comportamiento más disolvente y reduce esa lubricación. Al entrar en un circuito diseñado para gasóleo, puede provocar rozamientos internos entre piezas metálicas, generar partículas contaminantes y comprometer el sistema de inyección. En muchos casos, una simple equivocación al repostar gasolina puede acabar en una reparación de miles de euros.