Vivimos rodeados de tecnología y nos gusta que nuestro coche sea cada vez más moderno: que puedas abrirlo y cerrarlo desde el móvil, que te avise si te has dejado la ventanilla bajada, que actualice el software sin pasar por el taller, que te recuerde dónde lo aparcaste o si alguien lo abre sin tu permiso. Es decir, que el coche inteligente está a la orden del día, porque toda esa tecnología nos viene muy bien.
Eso sí, a cambio tenemos que pagar un peaje por utilizar esta tecnología, y es que nuestros datos personales quedan expuestos. Los coches son dispositivos conectados como otro cualquiera que registran más información de la que creemos. Así que, cada vez que nos ponemos al volante, ¿estamos alimentando una enorme base de datos?
Tu coche registra hábitos, movimientos y hasta cómo conduces

En cuanto un coche incorpora conexión a internet, servicios telemáticos, sincronización con el móvil, una app del fabricante o asistentes remotos, ya genera un flujo constante de información.
La ubicación GPS es una de las que primero se nos vienen a la cabeza, pero el sistema puede almacenar también trayectos frecuentes, horas de uso, velocidad media, intensidad de frenada, aceleraciones, consumo, presión de neumáticos, aperturas, uso del climatizador, historial multimedia e incluso comandos de voz. Si además conectamos el móvil, el ecosistema es aún más amplio con contactos, navegación, llamadas o aplicaciones enlazadas.
Es decir, el coche sabe perfectamente dónde estás y también aprende cómo te comportas al volante y cómo interactúas dentro del habitáculo. Un estudio de la Fundación Mozilla ha analizado 25 grandes marcas y ha concluido que todas recopilaban más información de la necesaria para prestar sus servicios digitales.
Además, el 84% reconocía compartir esos datos con terceros y el 92% daba al usuario poco o ningún control real sobre esa información. Es más, considera que los coches actuales son la peor categoría de producto analizada hasta la fecha en materia de privacidad, y eso incluye móviles, altavoces inteligentes o wearables, que no es poco.
No todos los datos se guardan por seguridad: también tienen valor comercial

Solemos pensar que el fabricante recopila información únicamente para detectar averías o mejorar la experiencia de uso. Y sí, en parte es así, pero no al 100%. Los datos de conducción tienen un valor enorme, porque permiten construir patrones.
Por ejemplo, si haces trayectos largos o cortos, si conduces de manera agresiva, usas mucho el coche en ciudad, aceleras con frecuencia, haces frenadas bruscas o recorres siempre las mismas zonas. A las marcas esos datos les sirven para afinar sus futuros lanzamientos, lanzar servicios de pago, proponer mantenimientos predictivos o estudiar cómo se usan realmente sus coches.
Pero no son los únicos beneficiados de estos datos. Básicamente, porque también interesan mucho a sus socios tecnológicos, que son los terceros que tienen acceso a nuestra información personal. Por ejemplo, los proveedores de mapas, plataformas de conectividad, empresas de analítica e incluso aseguradoras.
Así que el coche que tienes en el garaje, además de transportarte, también está generando un producto digital de mucho valor. Y no es una tendencia precisamente pequeña. El parque mundial de vehículos conectados ya supera los 300 millones de unidades y las previsiones apuntan a que superaremos los 400 millones en circulación en muy poco tiempo, según distintos análisis del sector.
El problema está en que los conductores no saben qué parte de esos datos están cediendo, porque la mayoría aceptamos en la app las condiciones del fabricante sin leerlas. Porque es un requisito para poder utilizar funciones conectadas o sincronizar el móvil al coche en segundos.

