El pasado 7 de agosto se cumplieron exactamente cien años desde que el circuito de Brooklands acogiera el primer Gran Premio de Gran Bretaña, una carrera que, pese a contar con apenas nueve participantes y desarrollarse veinticuatro años antes del nacimiento de la Fórmula 1, sentó las bases del automovilismo británico. Para conmemorarlo, el Brooklands Museum reunió durante el fin de semana a más de 120 monoplazas históricos de todas las épocas, desde un Austin de 1908 hasta un Haas de Fórmula 1 contemporáneo, devolviendo al viejo óvalo el eco de motores que parecía extinguido.
Las claves de esta historia
- Lo más importante: El centenario rescató del olvido el origen del Gran Premio de Gran Bretaña en Brooklands (1926), dos décadas antes de que Silverstone asumiera el nombre y la carrera entrara en el calendario del mundial de F1.
- No te lo puedes perder: La recreación de la salida original, al minuto exacto del aniversario, contó con el mismo modelo Delage que venció en 1926 y con el Thomas Special 2, inscrito entonces pero no completado a tiempo, que por fin pudo ocupar su plaza en la parrilla un siglo después.
- Cifras y producción: 120 monoplazas de Grand Prix y Fórmula 1 abarcaron 117 años de evolución técnica (1908-2025); una concentración que superó con creces las expectativas del museo y que resultó irrepetible en la historia del trazado.
El primer Gran Premio de Gran Bretaña: Brooklands 1926
El 7 de agosto de 1926, el imponente óvalo de hormigón situado en Weybridge, al sur de Londres, se convirtió en el escenario de una carrera que, aunque modesta en participantes, tendría un valor fundacional. Solo nueve coches tomaron la salida de aquel British Grand Prix inaugural, pero en la lista figuraban nombres que ya eran leyenda: Malcolm Campbell, Henry Segrave, George Eyston y el francés Robert Benoist. La victoria fue para el Delage 15S8 pilotado por Robert Senechal y Louis Wagner, quienes acabaron con quemaduras en los pies debido a la proximidad del escape al habitáculo, un detalle que ilustra la rudeza de la competición de la época.
Brooklands ya llevaba casi dos décadas en funcionamiento cuando acogió aquella prueba. Inaugurado en 1907, fue el primer circuito permanente del mundo construido específicamente para carreras, con un peralte de hormigón que desafiaba la física y congregaba a multitudes. Sin embargo, el nombre ‘Gran Premio’ no se había utilizado hasta aquel 1926, y la carrera solo se repitió en 1927 antes de desaparecer del calendario. La fórmula del Gran Premio de Gran Bretaña no resucitaría hasta la segunda posguerra, cuando Silverstone, un antiguo aeródromo militar, recogió el testigo y lo insertó en el flamante campeonato mundial de Fórmula 1 en 1950.
De la gloria al silencio: el declive del circuito
Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial en 1939, Brooklands se transformó en un centro neurálgico de producción aeronáutica. Sus instalaciones albergaron fábricas de bombarderos y cazas, y el rugido de los motores de competición fue sustituido por el de los aviones que defendían el cielo británico. La actividad fabril se prolongó hasta los años ochenta, consagrando al lugar como el enclave donde más aviones se han construido en un solo punto del planeta. Al término de la contienda, el circuito jamás reabrió sus puertas a las carreras: grandes tramos del célebre peralte fueron demolidos para dar paso a desarrollos urbanísticos, y la memoria de aquella primera cita con el Gran Premio se fue diluyendo con el paso de las décadas.
Lo que sobrevivió —un sector de la inclinada pista de hormigón, los edificios de paddock y algunos garajes originales— quedó bajo la custodia del Brooklands Museum, una entidad benéfica que ha sabido mantener viva la llama del automovilismo y la aviación británicas. Su colección permanente ya alberga piezas extraordinarias, pero el objetivo del centenario era ambicioso: reunir más de un centenar de monoplazas de Grand Prix en el mismo lugar donde arrancó la historia. El resultado final superó la cifra prevista.
El centenario que devolvió la memoria
La jornada del sábado 8 de agosto de 2026 —víspera de la efeméride exacta— fue la guinda del pastel. Sobre el asfalto original que aún se conserva, y al minuto exacto en que se dio la salida cien años atrás, el Brooklands Museum recreó la parrilla de 1926. Allí se alineó una Delage 15S8 hermana de la vencedora, cedida para la ocasión, y el Thomas Special 2, el bólido que Parry Thomas inscribió en aquella carrera pero que no llegó a completar a tiempo. La reciente restauración de este último permitió que, por fin, ocupara su lugar en la parrilla, un siglo después de aquel intento fallido.
Mientras los monoplazas más veteranos rodaban por los tramos conservados del viejo óvalo, con sus irregularidades y su pátina centenaria, los ejemplares modernos —incluidos un McLaren y un Haas de F1— lo hacían en el trazado de pruebas adyacente de Mercedes-Benz World. Entre las demostraciones dinámicas, dos motores se robaron el protagonismo sonoro: el BRM V16 de 1.5 litros, con su aullido sobrealimentado, y el Honda V12 de 3.5 litros, cuyo timbre metálico retumbó en las instalaciones como un eco del pasado. El contraste entre el silencio habitual del museo y aquella sinfonía de combustión interna resultó sobrecogedor.
El rugido del BRM V16 y del Honda V12 resonó sobre el mismo asfalto que pisaron Campbell y Segrave, devolviendo a Brooklands, por unas horas, su condición de catedral de la velocidad.
Un patrimonio que trasciende las carreras
Más allá del automovilismo, Brooklands es un santuario de la aviación. El museo atesora, entre otras joyas, un ejemplar del Concorde y uno de los dos únicos bombarderos Wellington que se conservan en el mundo. Incluso alberga un museo del autobús londinense, lo que da fe de la vocación multidisciplinar del lugar. Sin embargo, la verdadera estrella sigue siendo el peralte de hormigón que se eleva desafiante: cualquier visitante puede ascender por su inclinada superficie y detenerse a imaginar las fuerzas que soportaban aquellos pioneros al negociar la curva a más de 160 km/h. Como recuerda el propio museo, más contexto sobre la historia de Brooklands revela que fue el escenario de récords de velocidad absolutos y de epopeyas como las del propio Parry Thomas.
El centenario del Gran Premio de Gran Bretaña ha sido, ante todo, un ejercicio de justicia histórica. Durante décadas, la narrativa oficial situó a Silverstone como la cuna del automovilismo británico de primer nivel, cuando en realidad el germen se plantó en este óvalo de Surrey. La efeméride de 2026 no solo ha corregido esa omisión, sino que ha demostrado la capacidad de convocatoria que aún poseen los recintos históricos cuando se les dota de un relato potente y de una cuidada selección de máquinas. La presencia de 120 monoplazas, desde los primitivos Austin hasta la tecnología híbrida contemporánea, traza un arco evolutivo que ningún libro de texto podría igualar en impacto visual y sonoro.
Conservar lo que queda del peralte original no es solo un gesto nostálgico: es un acto de resistencia frente al olvido de una era en la que la aviación y el automovilismo compartían alma.
Con toda probabilidad, la concentración fue irrepetible en esta escala. Brooklands no volverá a albergar un evento de semejante magnitud en mucho tiempo, pero el centenario deja un legado intangible: la certeza de que el nombre del Gran Premio de Gran Bretaña no nació en 1948, sino que tiene raíces mucho más profundas, ancladas en el hormigón del viejo óvalo. Para el aficionado que peregrine hasta Weybridge, la visita se ha vuelto un deber histórico: subir al peralte, recorrer los garajes originales y, si cierra los ojos, tal vez aún pueda sentir el calor de los escapes del Delage que, hace exactamente un siglo, escribió la primera página de esta centenaria historia.

