Cuesta imaginar una combinación más improbable que un automóvil de 1928 con motor turboalimentado, inyección electrónica y gestión MoTeC, todo ello bajo la batuta de Reeves Callaway y el encargo personal de un titán de la industria armera. El Stutz BB Black Hawk que ahora sale a subasta sin reserva reúne exactamente esos ingredientes y algunos más: el pedigrí de la colección A.K. Miller, una carrocería boattail que evoca a los Blue Angels y la firma de un ingeniero de armas que, entre pólvora y acero, decidió que su Stutz debía volar.
Las claves de esta historia
- Lo más importante: Un Stutz BB Black Hawk de 1928, con carrocería boattail para cuatro plazas, recibe un motor DV32 turboalimentado por Callaway Engineering a instancias de William B. Ruger, fundador de Sturm, Ruger & Co.
- No te lo puedes perder: El Van Ocho vertical de la casa, con 32 válvulas y doble árbol de levas, se transforma con un turbo Garrett T04B, inyección secuencial MoTeC, bielas de titanio fundidas en la fábrica Ruger y una transmisión automática GM 4L80E.
- Cifras y cotización: La subasta es sin precio de reserva; un Black Hawk estándar rara vez supera los 400 000 dólares, pero la rareza de este ejemplar y su pedigrí podrían disparar el martillo muy por encima de esa cifra.
Un Black Hawk que emergió del silencio de Vermont
En 1926, Frederick Moskowics tomó las riendas de Stutz Motor Car Company y apostó por un chasis bajo —el «Safety»— y el motor de ocho cilindros en línea Vertical Eight. Dos años más tarde, la variante Black Hawk del modelo BB aterrizó en la competición con una victoria en las 24 Horas de Le Mans de 1928, donde la pareja Brisson/Bloch finalizó segunda absoluta. La carrocería boattail de aluminio, con sus guardabarros tipo ciclo y las dos ruedas de repuesto laterales, esculpió una de las siluetas más elegantes de la década.
El chasis BBC18-BB23S permaneció alejado del circuito de coleccionistas durante décadas, custodiado por A.K. Miller en su colección de Vermont. Miller, un apasionado acumulador de la marca, conservó el vehículo con celo casi monacal. A principios de los años noventa, el diseñador de armas William B. Ruger —conocido por fundar Sturm, Ruger & Co.— lo adquirió directamente de aquel silo histórico. Para Ruger, la operación no era un capricho de coleccionista: representaba el punto de partida de una obsesión mecánica que duraría tres años.
Ruger no buscaba un Stutz de concurso. Quería un Stutz que encarnara su propia filosofía de ingeniería, la misma que había aplicado a sus revólveres y rifles: materiales de altísima calidad, precisión obsesiva y un rendimiento sin concesiones. El proyecto encargado a Callaway Engineering —artífice de algunos de los motores turbo más carismáticos del último medio siglo— ambicionaba reescribir los límites de un propulsor de preguerra.
Durante los años posteriores, la carrocería abandonó el rojo original y lució un gris bitono con el bastidor en rojo. Tras la muerte de Ruger en 2002, el automóvil cambió de manos y adoptó la librea que hoy presenta: amarillo con el chasis en azul y finas líneas de pinstripe, un guiño estético a los aviones Blue Angels de la Armada estadounidense. El interior se retapizó en cuero burdeos, y aunque el conjunto muestra algunas burbujas sobre el capó y arañazos propios del uso, la firma de Reeves Callaway en el salpicadero da testimonio de la identidad del proyecto.
Un Black Hawk jamás fue un automóvil de producción masiva; pero un Black Hawk con ADN de Callaway y el sello de William Ruger es, sencillamente, irrepetible.
Callaway Engineering y el DV32: de los 32 válvulas a la sobrealimentación

El motor DV32, diseñado por Charles «Pop» Greuter como una evolución del Vertical Eight, ya era en origen una joya: 5,4 litros, doble árbol de levas en cabeza, cuatro válvulas por cilindro operadas por varillas y balancines, y un cárter con nueve apoyos de bancada. Callaway lo sometió a una metamorfosis radical: montó un turbocompresor Garrett T04B con colectores de acero inoxidable a medida, modificó la culata con lumbreras siamesas para cada par de válvulas, e instaló bielas de titanio fundidas en la propia factoría Ruger, pistones forjados de aluminio, válvulas de acero inoxidable y un sistema de encendido Accel. La joya de la corona era la inyección electrónica secuencial gobernada por una unidad MoTeC con software específico de Callaway. La potencia declarada superaba los 300 CV, una cifra que ponía al Black Hawk de 1928 a la altura de deportivos décadas más jóvenes.
El coche no solo ganó en músculo; también recibió la fiabilidad de una transmisión automática GM 4L80E de cuatro velocidades, un radiador de aceite bajo el piso con fijaciones Aeroquip, frenos hidráulicos con doble bomba y servofreno, un freno de disco manual en la transmisión y un sistema eléctrico de 12 voltios. La integración de todo ello en un chasis de 1928 —con ejes rígidos y ballestas semielípticas— fue una proeza de ingeniería que documenta minuciosamente el cuaderno de bitácora que acompaña a la subasta.
La mecánica preguerra, cuando se empuja hasta los límites del siglo XXI, crea una paradoja fascinante: la misma elegancia de los años veinte, con la voz ronca de un turbo Garrett.
Del Copperstate 1000 a la alfombra azul de la subasta
Tras su primera transformación, el Black Hawk se alineó en el Copperstate 1000 de 1996, un rally de regularidad que pone a prueba a máquinas antiguas en los paisajes de Arizona. La participación fue exitosa y evidenció la robustez del conjunto. Poco después, el coche regresó a Callaway para recibir las mejoras de transmisión y frenos que ya hemos descrito, completando un desarrollo que cubrió más de media década.
Ahora, en junio de 2026, y tras la adquisición por parte del vendedor actual, el Stutz se ofrece sin precio de reserva. La subasta desvela la obra completa: el cuentakilómetros marca 2 100 millas, aunque el kilometraje real del chasis sigue siendo una incógnita; las llantas de alambre pintadas en azul montan neumáticos Lester 6.00/6.50-20, y las dos ruedas de repuesto laterales subrayan el empaque visual de una época. El dosier adjunto reúne fotografías, esquemas y propuestas del proyecto Callaway-Ruger, un archivo que convierte la compra en una adquisición casi museística.
Singularidad y mercado: ¿cuánto vale un icono preguerra con corazón del siglo XXI?
Los Stutz BB Black Hawk originales son, ya de por sí, aves raras. Se fabricaron durante apenas dos años y se estima que sobreviven pocas decenas. Sin embargo, la versión estándar, por muy impecable que esté, rara vez ha superado la barrera de los 400 000 dólares en subasta pública. Este ejemplar no pertenece a esa categoría. La intervención de Callaway, lejos de restar valor, ha generado un restomod avant la lettre con una documentación exhaustiva y una procedencia intachable: el diseñador de armas que fundió bielas de titanio en su propia empresa para su automóvil personal.
El mercado de clásicos preguerra ha mostrado un interés creciente por máquinas que combinan la estética de los felices veinte con la mecánica de altas prestaciones del siglo XXI, siempre que las modificaciones estén firmadas por un ingeniero de renombre y respalden la historia. Callaway goza de un prestigio similar al de un carrocero de culto; su rúbrica en el salpicadero es un pasaporte al universo de los coleccionistas que buscan lo extraordinario. La ausencia de precio de reserva, además, invita a una puja abierta que podría encumbrar al Black Hawk como uno de los Stutz más cotizados de la era moderna.
No hay un precedente exacto con el que comparar. La mezcla de chasis Boattail Speedster, motor DV32 turbo y pedigrí Ruger-Callaway es una combinación de elementos que, por separado, ya son escasos; juntos, resultan inéditos. El cuaderno de a bordo del proyecto, las fotos de la restauración y la firma de Reeves Callaway aportan una capa de transparencia que los compradores de alto nivel exigen. Quien se lleve el martillo no estará adquiriendo un Stutz más, sino la crónica de una obsesión mecánica que solo un visionario como William Ruger pudo orquestar.

