RADwood Build Challenge: Lotus Esprit, Silverado y Accord SiR pelean por 50.000 dólares

Hagerty cierra su RADwood Build Challenge con 100.000 dólares en dos cheques, una votación a base de monedas de madera y tres coches que acaban en subasta sin reserva el 5 de noviembre.

Hay finales que se resuelven con una hoja de cálculo y finales que se resuelven con una moneda de madera. El de la RADwood Build Challenge que firma Hagerty pertenece a la segunda categoría. Tres constructores, dos cheques de 50.000 dólares cada uno —100.000 en total— y un jurado popular armado de paciencia y ganas de votar. Así se cerró el sexto y último episodio de la serie, grabado en el recinto de RADwood, frente a la bahía de San Francisco.

Esprit, Silverado y Accord: tres formas de mirar al pasado

El británico de la función era un Lotus Esprit de 1989 con motor turbo e intercooler, presentado por Mike Brown. Llegó con los dolores de cabeza habituales de refrigeración: purgado al vacío, ventiladores resucitados y un sistema que, según admitió, seguía soltando líquido por su cuenta. Entre risas lo describió como un vómito protector, aunque matizó que el coche es británico y eso explicaba casi todo. Las llantas HRE aparecieron en el último minuto, los pasos de rueda hubo que recortarlos para que las ruedas delanteras giraran y los asientos y el volante se montaron contra reloj. Dentro, una cinta VHS Sony T120 original como recordatorio de la inspiración.

Vinna Tra eligió el camino opuesto: un Chevy GMT400 con detalles de torneado en la carrocería y una batea que se terminó de pintar de naranja mientras llegaba el camión de transporte. Los adhesivos setenteros y noventeros, dijo, son lo más de la época que se puede poner a un coche. Su argumento es simple: entre un deportivo inglés y una berlina japonesa, su camioneta es la que mejor representa el espíritu de la fiesta.

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Larry Chen se marchó al Japón de los noventa con un Honda Accord SiR de 1996 vestido como un hipotético 711 de los JTC de mediados de la década. Reconoció que el motor atmosférico de competición de entonces rondaba los 400 caballos y que su H22 turbo no llegaría tan lejos en tan poco tiempo, así que hizo trampa confesa: sopló el motor. Él mismo se definió como narrador antes que mecánico y admitió que fue su equipo quien convirtió la idea en coche.

Los tres ejemplares aparcaron uno junto al otro en el campo de RADwood y ahí se acabó la teoría. Un deportivo con fama de diva, una camioneta con vocación de cartel publicitario y una berlina con abuela de competición. Sin embargo el Esprit llegó hasta allí con la mecánica al límite, y eso también formaba parte del espectáculo.

Nunca pretendí ser mecánico. Soy un narrador al que le gustan los coches, pero también quiero participar: tengo un gran equipo que hace realidad mi visión.

— Larry Chen

La moneda de madera como urna: así votó el público

Hagerty no complicó la papeleta. Cada visitante recibió una moneda de madera y la depositó en la caja del proyecto que le pareció más redondo. Ganaba la caja con más monedas. Ni jurado técnico ni criterios ponderados: una urna de feria para una competición de feria. Con 100.000 dólares en juego, el reparto era doble: un cheque para el vencedor y otro para la organización benéfica que él mismo escogiera.

El recuento llegó al final de la jornada, con el público todavía dentro del recinto. El ganador tomó el micrófono, agradeció los votos y anunció que su cheque iría a la RPM Foundation, una entidad dedicada a enseñar oficios de restauración y mecánica a las nuevas generaciones. Su razonamiento, en resumen: si esos conocimientos no se transmiten, la afición se apaga con quienes la sostienen hoy.

De la urna a la subasta: los tres coches buscan comprador

La competición no termina con el trofeo. Los tres ejemplares salen a subasta sin precio de reserva en Hagerty Marketplace, con cierre el 5 de noviembre de 2026. El presentador lo repitió en el cierre del episodio: quien quiera llevarse el Esprit, el GMT400 o el Accord SiR tendrá que pujar, y pujar a menudo. Es una fórmula que convierte el programa en escaparate comercial sin disimularlo, algo que el canal hace sin pudor desde el primer capítulo.

El Lagonda, el Delta y el resto del reparto del fin de semana

El evento tuvo su propia vida al margen de los tres proyectos. Goodyear entregó su premio de llantas a un Lancia Delta, y el reconocimiento al coche más radical del aparcamiento recayó en un Aston Martin Lagonda de 1982, propiedad de un aficionado que lo compró hace un par de años a un museo del automóvil francés y que lo describió como el sueño de su infancia en los ochenta. Entre el público aparecieron también una pick-up con décadas de historia conservada tal cual y un Corolla wagon con mariposas, llantas de varias piezas y un azul que recordaba a otro fabricante. Nadie discutió la mezcla: cápsulas del tiempo, homenajes y coches que han envejecido mejor de lo previsto.

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Qué dice este formato sobre el coleccionismo youngtimer

Hay una lectura de mercado que va más allá del espectáculo. Los tres coches elegidos —un deportivo británico con reputación de fragilidad, una plataforma GMT400 y una berlina japonesa de los noventa— son exactamente el tipo de vehículo que durante años se vendió por poco dinero y que hoy empieza a mirarse con otros ojos. El formato de Hagerty, con subasta sin reserva al final del programa, funciona como un mecanismo de descubrimiento de precio en tiempo real: el mercado opina con la cartera mientras el público opina con la moneda de madera. Dos termómetros distintos para el mismo fenómeno.

También hay una advertencia. Un build espectacular no siempre es un buen activo: el valor de estos coches depende de la documentación, de la calidad del trabajo y de que el siguiente propietario comparta el gusto por el resultado. La diferencia entre un homenaje bien ejecutado y una modificación difícil de colocar es, muchas veces, una carpeta de facturas. En un segmento donde la originalidad empieza a pagarse cara, conviene tenerlo presente antes de pujar por impulso.

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Para el aficionado español hay otra idea útil: el coleccionismo de los ochenta y noventa ya no es una rareza de nicho, es un circuito con patrocinadores, entradas gratuitas y una comunidad que se reconoce en el aparcamiento. RADwood nació en California a finales de la década pasada y hoy es una cita de fin de semana que mueve prensa, marcas y subastas. Que una firma de neumáticos pague la fiesta y que un medio especializado la retransmita dice bastante del tamaño del negocio. Y de paso, deja una lección para quien organiza eventos de clásicos en Europa: el criterio del público, bien canalizado, es barato y tremendamente eficaz.

Al final, la pregunta que queda flotando no es cuál de los tres coches se llevó el trofeo, sino cuál habría elegido usted con una moneda de madera en la mano. Y, si la respuesta le incomoda, siempre queda la subasta: el 5 de noviembre el mercado dirá en voz alta lo que el público susurró en el campo.

Puedes ver el episodio completo aquí:

Youtube video