El Vaticano reúne casi un siglo de papamóviles: del Mercedes 600 Pullman Landaulet al Clase G blindado

Mercedes-Benz suministra vehículos al pontífice desde 1930, cuando Pío XI recibió un Nürburg 460 Pullman con interior de brocado de seda. La muestra reúne ocho unidades, del 300d Landaulet de 1960 al S500 de 1997, junto a un Benz Patent-Motorwagen de 1886.

Ocho papamóviles del Vaticano se exhiben desde el 29 de octubre en los Museos Vaticanos, reunidos bajo un mismo techo. La muestra se titula A Century of the Popemobile y conmemora casi cien años de colaboración entre Mercedes-Benz y la Santa Sede.

Las claves de esta historia

  • Lo más importante: Mercedes-Benz entrega vehículos al Papa desde 1930, cuando Pío XI recibió un Nürburg 460 Pullman; ocho de esos coches forman la exposición abierta ahora en los Museos Vaticanos.
  • No te lo puedes perder: el 230 G de 1980 con su cúpula acristalada elevada, y el detalle de que León XIV, primer papa estadounidense y aficionado al automóvil según la prensa, ha recibido un Ford Explorer a medida y ha visto el nuevo Ferrari Luce.
  • Cifras y producción: ocho Mercedes-Benz históricos —Nürburg 460 Pullman (1930), 300d Landaulet (1960), 600 Pullman Landaulet (1965), 230 G (1980), S500 Landaulet (1997) y dos M-Class modificados (2002 y 2012)— junto a un Benz Patent-Motorwagen de 1886.

El Nürburg 460 Pullman que abrió el siglo

El coche más antiguo de la muestra es un Mercedes-Benz Nürburg 460 Pullman entregado a Pío XI en 1930. Su denominación remite al ocho cilindros de 4,6 litros que la casa de Stuttgart montaba en el modelo, y su interior lucía tapicería de brocado de seda, molduras de madera y metal profusamente trabajadas y un techo ornamentado. Nada de ello era decoración gratuita: el automóvil pontificio debía ser, antes que un medio de transporte, una habitación móvil a la altura del ceremonial romano.

Conviene subrayar el alcance del dato: el 460 fue el primer automóvil usado de forma habitual por un Papa. Hasta entonces, el pontífice se desplazaba en litera o en carroza, y el salto al motor de explosión no fue una anécdota de modernidad, sino una cesión calculada al siglo XX. De ahí que 1930 funcione como punto de partida de casi un siglo de relación entre Mercedes-Benz y el Vaticano, una continuidad poco frecuente en la industria del automóvil.

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La limusina conserva el gesto de otra época. La carrocería Pullman, con su batalla larga y su volumen cerrado, respondía a una liturgia en la que el Papa debía ser visto a través de un cristal y no expuesto al aire de la plaza. Ese paradigma tardaría tres décadas en resquebrajarse.

Del 300d al 600 Pullman: la liturgia del landaulet

En 1960, Juan XXIII recibió un Mercedes-Benz 300d Landaulet con las ventanillas traseras desmontables. El término landaulet designa una carrocería cerrada cuya capota se repliega total o parcialmente sobre las plazas posteriores; en el vocabulario pontificio acabó designando algo más preciso: la posibilidad de que el pontífice permaneciera sentado, cubierto y visible al mismo tiempo. Puede ampliarse la definición en la entrada dedicada a esta carrocería.

El papamóvil no nació de una moda, sino de una tensión irresoluble: proteger al pontífice sin esconderlo de los fieles.

Cinco años más tarde, Pablo VI estrenó un 600 Pullman Landaulet con techo sobreelevado y capota plegable. El 600 —el W100 de la casa, con su V8 de 6,3 litros— era el buque insignia del catálogo, y la versión papal añadía una cúpula posterior que permitía al pontífice incorporarse sin perder la verticalidad que exigía el protocolo.

Mercedes-Benz no vende coches al Vaticano: administra un símbolo que ha tardado casi un siglo en afinarse.

El 600 fue, en su versión de calle, uno de los automóviles más costosos de su época y un escaparate de la ingeniería alemana: suspensión neumática, chasis auxiliar e hidráulica de alta presión para mover asientos, ventanillas y hasta la capota. La variante papal heredó esa complejidad y le añadió el problema inverso al de un coche de representación al uso: no ocultar al ocupante, sino exhibirlo con dignidad y resguardo. Ahí estaba ya el germen del vehículo que todo el mundo reconoce hoy.

La progresión tiene una lógica casi arquitectónica. Del cristal fijo se pasó a las ventanillas desmontables; de éstas, a la capota practicable sobre un techo elevado; y de ahí, a la estructura de vidrio autoportante. Cada paso respondía a la misma pregunta: cuánto hay que abrir para que el Papa sea visto sin quedar expuesto.

El Clase G que convirtió la visibilidad en ingeniería

El punto de inflexión llegó en 1980, con el Mercedes-Benz 230 G entregado a Juan Pablo II. No era un coche de campo para excursiones privadas: la caja cuadrada y el techo alto del todo terreno permitían montar una cúpula transparente elevada sin arruinar las proporciones, y ofrecían una superficie acristalada que protegía y dejaba ver a partes iguales.

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Conviene recordar que esa cúpula es anterior al atentado que Juan Pablo II sufrió en la plaza de San Pedro en mayo de 1981. La protección ya figuraba en el pliego de condiciones antes de que la historia la volviera urgente, y de todos los vehículos papales es el que quedó fijado en el imaginario colectivo.

La estirpe continuó con el S500 Landaulet de 1997 y con los M-Class modificados de 2002 y 2012, en los que el acristalamiento se integró en la carrocería en lugar de añadirse como un apéndice postizo. A la lista se suman, en la muestra, dos piezas que enmarcan el relato: el Benz Patent-Motorwagen de 1886 y un Clase S actual. El primero certifica el origen de la marca; el segundo, que la relación con el Vaticano no es arqueología, sino un vínculo vigente.

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Lo que esta muestra dice del patrimonio y del mercado

Los papamóviles constituyen una categoría de coleccionismo atípica, casi de laboratorio. Su valor no descansa en la mecánica —el 300d o el 230 G son modelos perfectamente conocidos—, sino en la trazabilidad: saber que un chasis fue entregado a la Santa Sede y en qué fecha equivale, en términos de mercado, a un historial deportivo completo. Ahora bien, esa trazabilidad rara vez se convierte en oferta pública. Hasta donde alcanza la documentación accesible, estos vehículos permanecen en manos del Vaticano o de colecciones institucionales, de modo que el aficionado rara vez encontrará uno en un catálogo de subasta.

Para Mercedes-Benz, la exposición es también arqueología de marca. La casa de Stuttgart no exhibe únicamente coches: exhibe una relación que atraviesa dos repúblicas, un concilio y varias crisis internacionales, y lo hace en un marco de visibilidad difícil de igualar. El acceso queda cubierto con la entrada ordinaria a los Museos Vaticanos, según se desprende de la información de la propia institución, lo que convierte la muestra en una pieza de museo dentro del museo.

El presente añade un matiz curioso. León XIV, primer papa nacido en Estados Unidos, se ha reunido con responsables de Mercedes-Benz para agradecerles la continuidad del vínculo, según Vatican News. La agencia Associated Press lo describe como gran aficionado al automóvil, y a la anécdota del Ford Explorer a medida que le regaló el consejero delegado de Ford, Jim Farley, se suma su interés por el nuevo Ferrari Luce tras su presentación. Un pontífice que mira a Detroit, Maranello y Stuttgart en la misma semana.

Queda una pregunta que la exposición no resuelve: qué se conserva y qué se restaura en un vehículo que nunca ha sido un objeto privado. La respuesta, en este caso, la ha dado el propio Vaticano al reunir ocho piezas y exhibirlas juntas, con sus interiores de gala y su historia intacta. Quien pase por las salas encontrará algo más que una colección de coches: encontrará la crónica material de cómo la Iglesia decidió dejarse ver.