El Vaticano expone el papamóvil Mercedes-Benz: casi un siglo de coches papales desde 1930

Ocho Mercedes-Benz históricos, del Nürburg 460 Pullman de Pío XI al Clase M de 2012, recorren la relación entre la marca y la Santa Sede. La muestra, abierta el 29 de octubre en los Museos Vaticanos, incluye también un Benz Patent-Motorwagen de 1886.

El papamóvil Mercedes-Benz cumple casi un siglo al servicio del Vaticano, y los Museos Vaticanos lo celebran con ocho vehículos históricos de la marca que han transportado a los pontífices.

Las claves de esta historia

  • Lo más importante: ocho Mercedes-Benz históricos, del Nürburg 460 Pullman entregado a Pío XI en 1930 a los Clase M de 2002 y 2012, trazan casi un siglo de relación entre la casa de Stuttgart y la Santa Sede.
  • No te lo puedes perder: el 230 G de 1980 con cúpula transparente sobreelevada, probablemente el papamóvil más reconocible de todos, expuesto junto a un Benz Patent-Motorwagen de 1886 y un Clase S actual.
  • Datos y producción: la muestra abrió el 29 de octubre en los Museos Vaticanos y se visita con la entrada general del complejo; el 460 de 1930 fue el primer automóvil de uso regular por un papa.

Ocho Mercedes-Benz para casi un siglo de pontificado

La exposición se titula Un siglo del papamóvil y abrió sus puertas el pasado 29 de octubre en los Museos Vaticanos, donde cualquier visitante con la entrada general del complejo puede recorrerla. Junto a los ocho Mercedes-Benz históricos se exhiben un Benz Patent-Motorwagen de 1886 y un Clase S contemporáneo: ciento cuarenta años de evolución técnica puestos a dialogar con una de las carrocerías más singulares que la marca ha construido jamás.

El ejemplar más antiguo es un Mercedes-Benz Nürburg 460 Pullman entregado a Pío XI en 1930. Su interior —tapicería de brocado de seda, molduras de madera y metal, techo ornamentado— describe un automóvil concebido como salón móvil antes que como medio de transporte. Aquel 460 fue, el primer automóvil usado de forma regular por un papa, y marca el arranque de una relación que casi un siglo después sigue viva.

Publicidad

Conviene detenerse en el matiz, porque la precisión importa. No fue el primer coche que llevó a un pontífice; fue el primero en quedar adscrito a su uso cotidiano. La diferencia es enorme. A partir de ese momento el automóvil deja de ser una curiosidad mecánica y se integra en la liturgia del poder, también en su logística: chófer, garaje, protocolo y rutina de garaje.

El paso siguiente no fue técnico, sino escenográfico. En 1960, Juan XXIII recibió un Mercedes-Benz 300d Landaulet con las ventanillas laterales traseras desmontables; cinco años más tarde, Pablo VI estrenó un 600 Pullman Landaulet con techo sobreelevado y capota plegable, construido sobre el buque insignia de la casa. Ambas soluciones perseguían lo mismo: que el pontífice pudiera ser visto sin renunciar al confort de una gran berlina de representación.

El landaulet, esa carrocería de capota parcial sobre la plaza trasera, había sido durante décadas la solución preferida de las casas reales europeas. Mercedes-Benz la aplicó al 300d y al 600 con una lógica doble: cerrado en los desplazamientos, descubierto en las plazas. El Vaticano afinó el invento con el techo sobreelevado, que permitía al pontífice permanecer de pie y saludar sin agacharse.

Del brocado de seda al cristal sellado hay una sola pregunta de fondo: cuánto debe ver el pontífice y cuánto deben verlo a él.

Del brocado de seda a la cúpula transparente

En 1980 llegó el salto que convirtió el papamóvil en icono de masas: un Mercedes-Benz 230 G para Juan Pablo II, el todoterreno de la casa —germen del futuro Clase G— carrozado con una cúpula transparente sobreelevada en la zaga. No había intención alguna de pisar el barro; había protección y visibilidad a partes iguales. De todos los vehículos papales, es probablemente el más reconocible.

La nómina continúa con un S500 Landaulet en 1997 y con sendos Clase M modificados en 2002 y 2012, ya con el blindaje y la logística de los grandes desplazamientos como prioridad. El Vaticano habla de ocho Mercedes-Benz históricos; la relación difundida detalla siete, de modo que la octava pieza queda por identificar sobre el terreno.

En rigor, ninguno de estos vehículos responde a una categoría de carrocero; responden a una función. Sobre esa función se ha escrito buena parte de la relación entre la Santa Sede y la industria alemana: el atentado de mayo de 1981 en la plaza de San Pedro acabó de fijar la doctrina del habitáculo cerrado que el 230 G había ensayado un año antes.

Publicidad

Lo que la muestra dice de Mercedes-Benz y del Vaticano

Pocas firmas pueden acreditar una continuidad semejante con la primera magistratura de una institución milenaria. Mercedes-Benz lleva desde 1930 proveyendo automóviles de uso papal, y lo ha hecho atravesando tres regímenes tecnológicos: el chasis de lujo de entreguerras, la berlina de representación de los sesenta y el todoterreno blindado del cambio de siglo. La exposición tiene, por eso, algo de genealogía y no solo de desfile.

Hay un detalle de museografía que merece atención. Colocar el Patent-Motorwagen de 1886 —el artefacto que suele datarse como el primer automóvil— junto a un Clase S actual permite a la marca contar su propia versión del relato: la del inventor que, además, vistió a los papas. La operación no es inocente. Tampoco es falsa. Benz patentó y construyó un triciclo de motor térmico en 1886, y la casa que hoy lleva su nombre ha sabido convertir ese origen en argumento de autoridad.

Publicidad

Para Mercedes-Benz, el retorno simbólico es evidente. Ninguna campaña publicitaria iguala la imagen de un 600 Pullman con la capota plegada y un pontífice saludando de pie. La casa incorporó hace décadas los encargos papales a su propio relato patrimonial, y una muestra así prolonga esa operación en el escenario más adecuado posible: un museo que cada año recibe a millones de personas que no fueron a ver coches.

Falta, en cambio, el dato que más interesa al coleccionista: en qué estado se exhiben las piezas. La información difundida no aclara si los ocho Mercedes-Benz se muestran en su estado original, con la pátina acumulada por décadas de servicio, o tras restauraciones más o menos profundas. En un 600 Pullman Landaulet de fábrica, la respuesta cambia por completo la lectura: no es lo mismo un coche que conserva la tapicería de época que uno rehecho con criterio.

La coincidencia temporal añade interés. León XIV, primer papa nacido en Estados Unidos y aficionado declarado a los motores, recibió hace poco un Ford Explorer a medida de manos de Jim Farley y se interesó por el Ferrari Luce tras su presentación; también se ha reunido con directivos de Mercedes-Benz para agradecer la relación histórica de la marca con el Vaticano. Un pontífice que mira los coches por dentro rompe, sin proponérselo, el monopolio simbólico de Stuttgart.

No se ha anunciado fecha de clausura. Quien vaya buscando récords de subasta o cotizaciones no encontrará nada de eso: estos coches no se venden ni se tasan, y probablemente nunca salgan al mercado. Su interés es otro y es mayor, el de una serie de encargos únicos que documentan cómo cambió la manera de mostrar a un pontífice. Bastante antes de que existiera el restomod, el Vaticano ya practicaba el encargo a medida.