El 17 de enero de 2026, en la subasta Mecum de Kissimmee, el Enzo de la colección Bachman voló hasta los 18 millones de dólares. La cifra triplicaba el récord anterior del modelo y no era un hecho aislado: aquella misma noche cayeron diecinueve plusmarcas de Ferrari, incluidos los cinco ‘halo cars’ de Maranello. El mercado de coches clásicos exóticos entraba en combustión, pero bastaron cuatro meses para que empezaran a asomar las primeras grietas. El índice Hagerty Price Guide detectó el sobrecalentamiento y, como ocurrió a principios de los noventa, la pregunta ya no es si habrá corrección, sino cuándo y con qué profundidad.
Las claves de esta historia
- Lo más importante: la escalada de precios de los coches exóticos en el arranque de 2026 no tiene parangón desde la burbuja de 1989-1990, y el índice de cotizaciones de Hagerty ya registra un enfriamiento progresivo.
- No te lo puedes perder: el Enzo de Phil Bachman, con especificación única y apenas unos centenares de kilómetros, se remató por casi 18 millones de dólares, tres veces más que cualquier Enzo anterior, pero pocas semanas después varios Ferrari de altos vuelos se quedaron sin comprador en Bonhams Miami.
- Cifras y cotización: según el informe Hagerty, modelos como el Porsche Carrera GT triplicaron su precio de martillo récord en apenas tres meses, mientras que en las subastas de mayo los mismos coches ya mostraban retrocesos de hasta el 25 % sobre los picos de enero.
Un trimestre de récords que desafiaron la lógica
La mecha se encendió en Kissimmee, con el lote de 45 Ferrari modernos del fallecido coleccionista Phil Bachman. Mecum informó de que, además del Enzo, el 288 GTO, el F40, el F50 y el LaFerrari marcaban nuevos techos. La resaca inmediata, sin embargo, fue contradictoria: algunos profesionales del sector insinuaban que un único postor había inflado los remates, que varias operaciones no se habían cerrado. «Cosas de una sola noche», se decía en los pasillos de la siguiente cita, la de RM Sotheby’s en Arizona. Pero allí, una semana después, un Enzo y un F50 volvieron a superar con holgura la valoración máxima de la guía Hagerty, aunque sin alcanzar las cotas de Florida.
A finales de enero, la ola cruzó el Atlántico. En París, un Enzo de solo 400 kilómetros se adjudicó por 8,1 millones de euros, y un 288 GTO de 1984 escaló hasta los 9,1 millones, nueva plusmarca mundial. A su lado, un FXX K Evo de 2018 alcanzó los 6,98 millones de euros. La fiebre ya no era selectiva: se contagiaba a cualquier Ferrari con pedigrí y tirada limitada.
De Kissimmee a Mónaco: la corrección asoma

Marzo fue el mes de la desmesura. En The Amelia, Broad Arrow pulverizó todos los registros previos con un Ferrari Monza SP2 de color rojo que dobló el récord de Abu Dabi y un Porsche Carrera GT que, a sus 6,7 millones de dólares, multiplicaba por tres cualquier cifra anterior del modelo. Un Miura SV de 1972, con carrocería de Bertone, rozó los 6,6 millones y batió el suyo propio. Las curvas de precios dibujaban parábolas de manual, tan verticales que los analistas de Hagerty empezaron a compararlas con la trayectoria de un cohete.
Pero en abril, en Mónaco, las estimaciones ya eran más conservadoras. Los Ferrari seguían vendiéndose, pero bajo la sombra de las cifras de enero. Un 918 Spyder con paquete Weissach y pintura PTS, que en Kissimmee había rozado los 6 millones, se quedó en 4,68 millones en Costa Mesa. Una semana después, en Miami, Bonhams no encontraba comprador para un LaFerrari, un F12 Berlinetta y un F12 MP4 Prototipo. «No alcanzaron la reserva», fue el estribillo de la jornada.
Cuando el valor de un clásico se mide más por el algoritmo que por la ingeniería, la corrección es solo cuestión de tiempo.
Lecciones del pasado y el nuevo perfil del coleccionista
El paralelismo con el final de los ochenta es inevitable. Ian Barkaway, hoy al frente de la restauración de Ferrari clásicos Barkaways, recuerda aquellos días en Kent High Performance: «Cambiábamos los ceros de los precios cada mes. Daytonas, Boxers, 308… la demanda se disparó y la gente juntaba tres o cuatro coches para comprar uno. Luego, en cuestión de meses, se derrumbó todo». Entonces, la burbuja nipona y la caída del Nikkei empujaron a los coleccionistas japoneses a vender con pérdidas millonarias, y los bancos estadounidenses ejecutaron los préstamos cuando el precio de los coches dejó de subir.
El analista Rick Carey, veterano estudioso del mercado, traza una línea roja entre las dos épocas: «En 1989 era un mercado de especuladores, como las meme stocks de 2021. Hoy el fenómeno es distinto: hay demasiado dinero persiguiendo derechos de presunción con muy poco conocimiento». Carey apunta a los nuevos millonarios de la inteligencia artificial y las criptomonedas, un caudal de riqueza que llega acompañado de la dictadura del like en redes sociales. «Buscan los coches que les dicen que hay que tener, sin saber muy bien por qué», añade.
Jim Weed, editor de Ferrari Market Letter, completa el diagnóstico: «Antes se coleccionaba por pasión; ahora se colecciona por temas. Uno quiere todos los amarillos, otro todos los verdes, otro todos los Ferrari con cero kilómetros. Y si te cuentan que necesitas el ‘juego completo’, tienes que comprar un Enzo. La oferta es ridículamente limitada —apenas 400 Enzo frente a 1.300 F40— y la demanda, alimentada por fortunas súbitas, no para de crecer».
La diferencia fundamental con 1990 es que hoy el mercado de valores parece más resiliente y la corrección está siendo, por ahora, gradual. Las subastas de primavera no se han desplomado: simplemente han dejado de subir. Pero con la rentabilidad de los activos financieros oscilando al ritmo de las noticias tecnológicas, muchos inversores siguen viendo en los coches exóticos un refugio tangible, libre de impuestos sobre plusvalías en no pocas jurisdicciones. Maranello, además, mantiene una política de restricción severa que convierte a los superdeportivos de ayer en objetos de deseo todavía más escasos.
La cuestión, según el índice Hagerty, no es si la burbuja estallará, sino si la corrección será un aterrizaje suave o un batacazo. Los datos de mayo dibujan un horizonte más racional, pero mientras la riqueza generada por la inteligencia artificial siga buscando un garaje donde aparcar, la historia más volátil del coleccionismo moderno puede deparar todavía algún récord más.


