La administración estadounidense ha vuelto a poner sobre la mesa el concepto Freedom Car, una idea que pretende blindar el derecho del conductor a un coche desconectado y sin sistemas de automatización obligatorios. La propuesta, desvelada en una carta del secretario de Transporte, Sean Duffy, a los legisladores encargados de la ley de infraestructuras, ha generado más debate sobre la privacidad real del automovilista que sobre su eficacia legal. El texto prohíbe que cualquier autoridad federal, estatal o local exija por ley que los vehículos estén equipados con sistemas de conducción automatizada o puedan transmitir datos de forma inalámbrica.
Qué es exactamente el ‘Freedom Car’
La iniciativa, recogida como un epígrafe dentro de un documento de trabajo de la administración estadounidense, se formula bajo el título Freedom Car – Derecho a Conducir Desconectado y No Automatizado. No es una ley, ni un reglamento concreto, sino una declaración de intenciones que aspira a incluirse en la futura ley de carreteras. La redacción literal, según la información oficial publicada en Estados Unidos, establece que se pretende impedir que ninguna instancia gubernamental obligue a los fabricantes a incorporar tecnologías de comunicación inalámbrica o conducción autónoma en los coches vendidos en el país.
Ironía histórica: de la apuesta al rechazo tecnológico
El nombre no es casual. En 2002, las autoridades estadounidenses lanzaron el programa FreedomCAR (siglas de Cooperative Automotive Research) con el objetivo de impulsar la tecnología de pila de combustible de hidrógeno. Aquella iniciativa, liderada por el entonces secretario de Energía, Spencer Abraham, pretendía reducir la dependencia del petróleo extranjero mediante una apuesta decidida por una tecnología limpia y de vanguardia. Hoy, un cuarto de siglo después, la misma etiqueta de ‘libertad’ se utiliza para frenar por ley la llegada masiva de la tecnología conectada y automatizada. La paradoja es evidente: entonces se subvencionaba un mandato tecnológico; ahora se blinda al conductor contra cualquier imposición pública, aunque el mercado ya empuja en la dirección opuesta.

Prohibir que el gobierno imponga la conectividad no sirve de nada si los fabricantes deciden que todos los modelos la traigan de serie y las aseguradoras penalizan a quien no la usa.
El punto débil: quién decide la conectividad de tu coche
El planteamiento de la administración Duffy choca con una realidad industrial: la población de vehículos sin conexión digital se reduce año tras año. En 2026, aún es viable circular con un modelo de 2005 bien mantenido, pero los analistas advierten que, en dos décadas, encontrar un coche que no recolecte datos del usuario podría ser casi imposible. La propuesta Freedom Car solo veta las órdenes gubernamentales, pero deja todo el poder en manos de los fabricantes. Si las grandes marcas deciden, de forma colectiva, que todos sus vehículos vendrán conectados de fábrica, las generaciones futuras no tendrán opción real de elegir un coche ‘desconectado’.
El papel de las aseguradoras añade otro frente. En buena parte de los estados, el seguro es obligatorio, y las compañías ya ofrecen descuentos a cambio de instalar dispositivos de seguimiento. Una evolución plausible es que las aseguradoras se nieguen a cubrir coches que no transmitan datos, escudándose en la mejora de la seguridad vial. Así, las autoridades de transporte estadounidenses podrían ver cómo la desconexión voluntaria se convierte en un lujo prohibitivo, sin haber aprobado una sola norma al respecto.
El debate que llega a España y a Europa
La polémica estadounidense interpela directamente al conductor español, inmerso en un ecosistema donde la conectividad avanza a pasos agigantados. En la Unión Europea, el sistema eCall de llamada automática de emergencia ya es obligatorio, y la normativa sobre protección de datos (RGPD) establece ciertas salvaguardas. Sin embargo, la digitalización del automóvil sigue sin ofrecer al comprador la posibilidad real de elegir un vehículo sin módem integrado. La Administración europea debate cómo compaginar la seguridad, la movilidad conectada y la privacidad, mientras los fabricantes lanzan al mercado coches cada vez más inteligentes y recolectores de información.
Lo que ocurra al otro lado del Atlántico puede marcar tendencia. Si el gobierno estadounidense logra consolidar un marco que limite las exigencias públicas, pero no ponga coto a las decisiones de la industria, el resultado podría ser un mercado donde la conectividad sea obligatoria de facto, sin que el ciudadano haya podido votar con su cartera. La lección para el consumidor español es clara: más allá de las promesas de desconexión, la batalla real se libra en las estrategias comerciales de las marcas y en la regulación de los datos que recopilan.
📌 Datos clave internacional
- La cifra a enmarcar: el parque de vehículos sin conexión digital sigue menguando; mientras no haya leyes que obliguen a los fabricantes a ofrecer modelos desconectados, la conectividad se convertirá en la norma de fábrica por decisión empresarial.
- Consejo práctico: si viajas o compras coche en Estados Unidos, infórmate sobre qué datos recopila el vehículo y cómo proteger tu privacidad, porque la teórica ‘libertad de desconexión’ puede no traducirse en una oferta real de modelos sin módem.
- Así te afecta: el debate estadounidense anticipa dilemas que pronto llegarán a Europa. La regulación europea de datos, como el RGPD, te da más garantías que una simple prohibición de mandatos gubernamentales, pero el consuelo se diluye si los fabricantes deciden que todos los coches nacen conectados.

