La Cannonball NY LA más lenta de la historia se ha firmado con un Geo Metro descapotable de 1992 y 43 CV. Su autor, Mitchell Kohrmann, empleó 49 horas y 11 minutos en cruzar Estados Unidos de costa a costa.
El recorrido canónico son 2.838 millas, unos 4.567 kilómetros entre el garaje Red Ball, en pleno Manhattan, y el motel Portofino, a pocos metros del océano Pacífico. La tradición exige arrancar y detenerse exactamente ahí, y Kohrmann la respetó al minuto. De ahí sale una media de 93 km/h contando repostajes y tráfico: una cifra que cualquier conductor español identifica con un viaje largo por autovía, no con una gesta.
El coche es un Geo Metro de primera generación, en versión descapotable LSi. Bajo el capó, un tricilíndrico de 1.0 litros que salió de fábrica con 55 CV. Antes de arrancar, Kohrmann lo subió a un banco de potencia y el resultado fue 43 CV a las ruedas. Su propia estimación es que, a las altitudes que iba a encontrar al cruzar las Montañas Rocosas, el motor entregaría el equivalente a 26 CV. Con eso hay que subir los puertos de la cordillera.
La idea no era batir nada. Según el relato del propio protagonista, se trataba de una Cannonball para la gente corriente: sin depósitos suplementarios, sin un coche preparado y sin vigías avisando por radio de los controles de policía. Un tipo, un utilitario barato y piezas que cualquier taller de carretera puede conseguir el mismo día.
Qué es la Cannonball y por qué se corre sin pelear el récord
La Cannonball es la travesía clandestina que desde 1971 cruza Estados Unidos de océano a océano, heredera de las locuras de los setenta y convertida hoy en un ritual de Internet. Los intentos serios se resuelven en poco más de un día de conducción, con vehículos trucados, relevos y una logística que cuesta más que el propio coche. Ese es el juego al que Kohrmann se apuntó con las reglas invertidas.
Recorrió el país entero a una media de 93 km/h para demostrar que la Cannonball también cabe en un presupuesto normal, sin espías ni depósitos extra.
El Metro tiene su propia historia. Era un Suzuki Cultus rebautizado: General Motors lo vendió bajo la marca Geo, creada solo para comercializar coches japoneses con otro logotipo. Se fabricó entre los años modelo 1989 y 1994, hubo una segunda generación hasta 2001 y en 1998 ya adoptó la marca Chevrolet. Su historia como modelo rebautizado explica buena parte de su encanto actual.
Costaba nuevo algo menos de 10.000 dólares, en torno a 9.000 euros al cambio actual, y en algunas versiones homologaba hasta 50 millas por galón, es decir, unos 4,7 litros a los 100 km. Frugal hasta el extremo, lento hasta la exageración: el retrato perfecto de un coche pensado para gastar poco y no para emocionar.
Lo que cuesta cruzar el país en un coche de 43 CV

Echando cuentas, la aventura sale sorprendentemente barata. A ese consumo teórico, los 4.567 kilómetros piden unos 215 litros de gasolina. Con el combustible en torno a 1,5 euros el litro, el viaje completo se resolvería por unos 320 euros de carburante, menos de lo que cuesta un fin de semana de hotel en la costa. Ahí está la gracia del experimento: el coste no es el obstáculo, la paciencia sí.
La contrapartida es la seguridad. Sin airbags, sin estructuras de deformación programada y con una carrocería de menos de cuatro metros, circular por autopistas estadounidenses a velocidad legal es un ejercicio de confianza en el prójimo. Merece la pena decirlo sin adornos: hacer esto con un coche de 1992 no es una heroicidad deportiva, es una decisión consciente de asumir riesgo.
El detalle que eleva la historia es la ruta. Salir del Red Ball Garage y terminar en el Portofino Inn no es capricho: es el guion que siguen los intentos de récord desde hace medio siglo, y respetarlo convierte una excentricidad en un homenaje. Kohrmann no inventó una carrera nueva, recorrió la de siempre a cámara lenta.
Lo que este viaje dice del motor estadounidense y de lo que hacemos en España
Estados Unidos mide sus gestas automovilísticas en tiempo. La Cannonball nació como una provocación contra los límites de velocidad y acabó siendo un termómetro de ingeniería y de temeridad. Que ahora el mismo recorrido se reivindique como experiencia accesible, sin ambición de cronómetro, dice bastante de cómo ha cambiado la cultura del motor: el récord ya no impresiona a nadie y el relato sí.
En España no tenemos una Cannonball ni falta que hace, pero la liturgia del viaje largo comparte algo esencial. Aquí se cruzó el país durante décadas con utilitarios de 40 o 50 CV, de la mano de modelos que hoy son objeto de culto, y esa memoria explica por qué un coche lento despierta más simpatía que un deportivo intocable. La diferencia es normativa y de infraestructura: nuestras autovías no perdonan un tricilíndrico justo de potencia en un puerto de montaña, y el parque móvil español acumula ya una antigüedad media que supera ampliamente la década, con todo lo que eso implica en seguridad pasiva.
Si alguna vez te planteas una travesía larga con un coche modesto, la lección del Metro es doble. Primero, que el consumo homologado de fábrica es el mejor escenario posible y conviene calcular con margen. Segundo, que la media real manda: 93 km/h de promedio son perfectamente alcanzables en un viaje español de Madrid a A Coruña sin correr, y es ahí donde se decide si el trayecto se disfruta o se sufre.
El próximo hito de la Cannonball no está en el cronómetro. Está en cuántos conductores corrientes se atrevan a repetir el camino sin ninguna ambición de récord, con un coche que no presume de nada y un presupuesto de gasolina de tres cifras.
📌 Datos clave internacional
- La cifra a enmarcar: 4.567 kilómetros entre Nueva York y Los Ángeles en 49 horas y 11 minutos, a una media de 93 km/h, con un motor de 43 CV medidos en banco.
- Consejo práctico: si preparas una travesía larga con un coche de poca potencia, calcula el combustible con margen sobre el consumo homologado (4,7 litros a los 100 km era el mejor escenario de este Metro) y evita los puertos de montaña con el motor al límite.
- Así te afecta: en España no hay Cannonball, pero la lección sirve para cualquier viaje largo con un utilitario modesto: la media real pesa más que la potencia y cada litro cuenta en el bolsillo.

