En los años 90, la alianza entre Rover y Honda prometía unir lo mejor de dos mundos: la ingeniería japonesa y el carácter británico. De aquella colaboración nacieron modelos que hoy son leyenda, pero pocos tan especiales como el Rover 220 Turbo, conocido popularmente como Tomcat. El canal JayEmm on Cars ha puesto a prueba un ejemplar de 1996 y nos recuerda por qué este deportivo merece salir del olvido.
La plataforma R8 y la alianza con Honda
Según explica el presentador, en los años ochenta Rover buscó en Honda el socio ideal para fabricar coches fiables y con un punto de estilo británico. De aquel acuerdo nació la segunda generación del 200, con código interno R8, que compartía base con el Honda Concerto y estaba emparentada con modelos como el Civic CRX. La teoría era que el nuevo 200 se situase por debajo del 400 y relevase al viejo Metro como acceso a la gama, aunque el veterano utilitario se mantuvo en producción hasta 1994. Para JayEmm, aquella decisión, aunque rentable por tener los costes de desarrollo amortizados, solo sirvió para dañar la imagen de la marca.
El R8, sin embargo, heredaba las excelentes credenciales dinámicas de Honda, así que Rover decidió explotar su potencial deportivo en 1992 con un modelo que cambiaría su historia.
Nace el Tomcat: potencia con carácter británico
La versión coupé, denominada QE e internamente conocida como Tomcat, llegó con una carrocería de paneles casi totalmente exclusivos y tres opciones mecánicas. La gama arrancaba con un motor Honda 1.6 de 106 CV, pasaba por un Rover 2.0 atmosférico de 134 CV y culminaba con el 2.0 turbo de 197 CV, el Rover más rápido jamás fabricado. Para demostrarlo, la marca organizó el denominado “Tomcat affair”: una unidad ligeramente modificada viajó hasta Melbourne y batió varios récords de velocidad en su clase, algunos de los cuales permanecen vigentes.
El turbo, con 174 libras-pie de par (unos 230 Nm), transmitía la potencia al suelo a través de una caja manual de cinco marchas, ya que el cambio automático no se ofrecía con esta motorización. De serie equipaba diferencial autoblocante, y el interior no escatimaba en detalles: asientos de cuero, acabados en madera en el salpicadero, airbags, ABS, elevalunas eléctricos y un techo solar T-Bar basculante y desmontable. Esta unidad carece de aire acondicionado, pero los famosos coches FDH —un lote exportado a Japón que, por discrepancias normativas, acabó regresando al Reino Unido y vendiéndose allí— solían incluirlo. La leyenda dice que las matrículas identifican a estos particulares “boomerang” comerciales.
“Es un coche lleno de personalidad, un auténtico deportivo clásico de los 90. Se nota que invirtieron mucho tiempo y esfuerzo en el motor; en el resto, no tanto.”
— JayEmm on Cars
Al volante del mito: crudeza y sonrisas
El propietario de la unidad que conduce JayEmm compró el coche hace ocho años por 1.200 libras, cuando ya necesitaba mimos. Desde entonces ha invertido más de 11.000 libras en él. El resultado es un Tomcat con modificaciones puntuales, como un intercooler frontal de posventa (que ayuda en caliente) y un escape no original que, según el dueño, resulta demasiado ruidoso. El control de soplado del turbo, también aftermarket, se eliminó recientemente y el comportamiento ha mejorado bastante. JayEmm destaca que el motor entrega una potencia lineal y suave, tan bien afinado que apenas se percibe el turbocompresor; solo el abundante par a bajas vueltas delata su presencia. Incluso con neumáticos de marcas modestas, el agarre en seco sorprende.
Sin embargo, la dirección es el punto débil: vaga en el centro y poco comunicativa hasta que se carga en las curvas, momento en el que el eje trasero se muestra vivo y a veces sobresalta. La suspensión es blanda, con balanceo y cabeceo, pero la carrocería no es muy rígida —el techo practicable no ayuda— y el interior emite crujidos sobre pavimento roto. El olor a aceite quemado es casi constante. Los frenos requieren pisar con decisión pero luego responden bien. La caja de cambios, sin ser la de un Honda, tiene cierto juego, aunque nunca se duda de la marcha engranada. Aun así, JayEmm asegura que es un coche fácil y agradable de conducir a ritmo relajado: el motor responde con suavidad y los pedales están bien situados para el día a día.
JayEmm insiste en la escasez de repuestos, algo que el grupo de propietarios intenta paliar con una dedicación encomiable. Sin ellos, quedarían muchos menos Tomcat en circulación. El ejemplar de la prueba, por ejemplo, perdió el splitter delantero y una avería eléctrica improvisada con cinta aislante delató su día a día.
Mercado y legado: ¿un clásico a rescatar?
Encontrar un Rover 220 Turbo en venta es tarea difícil. Según el canal, los precios pueden oscilar entre las 6.000 y las 20.000 libras, pero apenas hay referencias porque las unidades que salen al mercado son contadas. El propietario no se plantea vender; su Jaguar XJ diésel es para los kilómetros, el Tomcat para las grandes sonrisas. JayEmm subraya la paradoja: un coche con alerón y motor turbo que mantiene la madera en el salpicadero, como si Rover no terminara de atreverse a abrazar su imagen deportiva (años después lo haría con los MG ZR, ZS y ZT).
Al final, el 220 Turbo es un recordatorio de que la mejor ingeniería no siempre casa con un ensamblaje refinado, pero que las sensaciones puras siguen enganchando. Quizá por eso, quienes lo prueban reconocen que, a pesar de sus defectos, este Tomcat merece un hueco en el corazón de los aficionados.
Puedes ver el vídeo completo a continuación.



