Un día, mientras trabajaba en NASCAR, el presentador de Barn Find Hunter se topó con alguien que, bajo el traje de presidente de Penske Racing, escondía a un auténtico hot rodder. Cuatro décadas después, Don Miller le abre las puertas de su refugio personal: un garaje conocido como ‘the halfway house’, donde los coches cuentan más historias que las carreras que los vieron nacer.
Don Miller explica en el vídeo que este espacio es un taller compartido con su amigo Ray, donde la mitad de los vehículos son suyos y la otra mitad de su socio. El nombre lo dice todo: está a medio camino entre su casa y la de Ray, pero también funciona como lugar de restauración, tanto de máquinas como de personas. «Restauramos algunos de los coches que pasan por aquí, y también restauramos a alguna que otra persona», bromea Miller, dejando claro que el automovilismo de base nunca se apaga.
La colección personal de Miller tiene dos joyas con cicatrices. La primera es un Mercury del 51 que él mismo transformó durante dos décadas instalando un motor flathead de competición. Su mujer lo apodó ‘Christine’ porque, como el coche maldito, cada vez que Pat se subía no arrancaba. «Es la vida con los coches viejos», recuerda con humor. El segundo tesoro es su primer coche de carreras real, un Chevy II que encontró tras salir del servicio militar en 1961 y compitió con él hasta 1971. Empezó con un motor experimental de fábrica de 283 pulgadas cúbicas, luego lo potenció con un bloque más grande. «En aquella época nadie tenía un duro, así que todo lo hacíamos nosotros», confiesa.
La llamada de Roger Penske que lo cambió todo
Antes de fichar por Penske, Miller ya había revolucionado las carreras de aceleración. Él y Ed Evski se cansaron de competir sin recompensa y crearon la Midwest RDA, para que los pilotos empezaran a correr por dinero. La idea funcionó y llamó la atención de Roger Penske. En 1971, el magnate le ofreció un puesto, pero exigía mudarse a Reading, Pensilvania. «Acababa de mudarme a St. Louis y mi mujer me habría matado», recuerda Miller. Parecía un callejón sin salida hasta que, a las once de una noche, sonó el teléfono. «Penske se rió y me dijo: ¿Y si pudieras hacer el trabajo desde St. Louis?». Aceptó sin preguntar sueldo ni condiciones, y de la noche a la mañana se convirtió en el noveno miembro de un equipo que por entonces solo sumaba nueve personas.
Así arrancó una etapa en la que Miller gestionó el marketing y las ventas mientras pilotos como Mark Donohue, Danny Sullivan o John Watson se subían a los monoplazas. El equipo tocó todas las disciplinas: sport prototipos, IndyCar y los devastadores Can-Am, con aquellos ‘M car’ que Miller describe como «una bala». También hubo espacio para un coche de Fórmula 5000 con motor AMC que, años más tarde, él mismo vería restaurado en Lime Rock. Pero, inevitablemente, su dedicación absoluta al equipo le obligó a colgar los guantes como piloto de drag. Aunque, según confiesa, de vez en cuando cargaba a su mujer Pat en el coche y se escapaban juntos a la recta del cuarto de milla. «Ella me decía: toda la semana de carreras y ahora llegas a casa y quieres más carreras, ¿qué te pasa?», sonríe Miller.
O eres un piloto de verdad o solo crees que lo eres. Tú eres un piloto y voy a darte la oportunidad de demostrarlo
Roger Penske, según recuerda Don Miller durante el episodio de Barn Find Hunter
El legado de un pionero: de la UDA al libro de memorias
Hoy, jubilado de la competición, Miller ha volcado todas esas vivencias en un libro titulado Miller’s Time: A Lifetime at Speed, a la venta a través del Salón de la Fama del Automovilismo de Carolina del Norte, entidad que él mismo fundó y donde tambien los aficionados pueden hacerse con un ejemplar. La historia de cómo un grupo de aficionados sin recursos transformó el drag racing amateur en un deporte con premios en metálico conecta con la filosofía de la serie Barn Find Hunter: hay historias escondidas en cada garaje.
El momento de la grabación es de lo más oportuno: en pleno 2026, el legado de Roger Penske sigue vivo con sus equipos en IndyCar y NASCAR, mientras Don Miller, ya retirado, demuestra que la gasolina de la pasión nunca se evapora. Su ‘halfway house’ es la prueba de que los verdaderos coleccionistas no guardan los coches bajo una lona, los mantienen respirando.
El episodio completo de Barn Find Hunter deja una sensación de que el automovilismo, más allá de las victorias, se construye con llamadas a las once de la noche y con un Mercury que se niega a arrancar. Quizá en ese garaje a medio camino entre dos casas se esconde la respuesta a por qué algunos nunca dejan de mirar hacia el asfalto.

