Jim Glass tenía catorce años cuando se sentó por primera vez en un coche de carreras. No tenía carnet de conducir. Su madre, convencida con mucha paciencia, le firmó una autorización y lo dejó correr. Aquel episodio da título al vídeo de Petrolicious: The Permission Slip. Seis décadas después Glass sigue compitiendo, ahora al volante de un Chevrolet Camaro Trans-Am de 1967 que él mismo resucitó.
La historia de este Camaro no es la de una restauración de museo, sino la de un coche de carreras con memoria. Glass creció en una familia del barro, entre circuitos de tierra y fines de semana que giraban alrededor de la competición. Por eso, cuando un amigo le habló de un Camaro abandonado, supo que podía devolverlo a la vida.
De los circuitos de tierra a un hallazgo pintado de blanco
Según relata Glass en la pieza de Petrolicious, el coche apareció cubierto de una capa gruesa de pintura blanca aplicada con aerosol. No era un acabado bonito pero, en sus palabras, aquel blanco tipo óxido protegió la carrocería durante años. Tras comprarlo, lo sometió a un chorreado de arena, repintó la carrocería y reensambló el conjunto con la seguridad de quien sabe exactamente qué tiene entre manos.
No era un Camaro cualquiera. Formaba parte de la primera hornada de coches preparados para la Trans-Am, la serie que en 1966 juntó a Ford, General Motors y Chrysler en carreras por carretera. Glass explica que los coches estaban tan cerca del showroom como era posible: apenas con las modificaciones de seguridad imprescindibles. La consecuencia fue inmediata. El público podía ver en pista el mismo modelo que veía en el concesionario.
La Trans-Am y la conexión con el coche de calle
Durante la entrevista Glass describe la primera temporada como un experimento de seis carreras que ganó popularidad con rapidez. Los aficionados se identificaban con lo que veían correr. Si tenías un Mustang, había un Mustang en pista. Si tenías un Camaro, pasaba lo mismo. Esa identificación, sostiene, es lo que hizo especial a la serie.
Ese vínculo también dio pie a historias menos puristas. Glass recuerda que algunos equipos aligeraban las carrocerías, doblaban metal y buscaban bajar el centro de gravedad, una práctica que acabó siendo controlada. No lo cuenta como un reproche. Lo presenta como parte del relato de una categoría que, desde el principio, fue intensa en pista y en los talleres.
Si tenías un Mustang, había un Mustang en la pista. Si tenías un Camaro, pasaba lo mismo. Eso es lo que hizo la serie tan especial.
— Jim Glass, entrevistado por Petrolicious
Un chasis con historia tras el volante
El Camaro de Glass tiene un pedigrí particular. El propietario asegura que el coche nunca se alejó más de cincuenta millas de Kentucky y que en 1972 fue conducido por un piloto que después se proclamaría campeón en 1976. No es solo una anécdota: es la clase de historial que convierte a un vehículo de competición en un archivo rodante.
Al restaurarlo, Glass contó con la ayuda de un amigo con el que había construido un Cobra kit car. Ese contacto le orientó con los ajustes y la transmisión. También encontró uno de los motores DZ 302 originales que General Motors preparó para estos Camaro. La historia se cerró con un detalle simbólico: décadas después de rotular el coche por primera vez, ese mismo amigo volvió a hacer la rotulación. Cuarenta años de diferencia.
Conducir un coche que no perdona
Glass describe la conducción de este Camaro como una experiencia completamente analógica. No hay dirección asistida ni frenos asistidos. El coche pesa alrededor de tres mil libras y se desliza por las curvas de Lime Rock con una inercia que exige atención absoluta. Cualquier coche moderno, dice, puede ir más rápido. Pero aquí hay que pilotar de verdad.
El conductor lo resume con una imagen familiar: después de tanto tiempo, ponerse al volante es como calzarse unas zapatillas viejas. Esa familiaridad no implica comodidad pasiva. En cada segundo, la información llega a través del asiento y las manos. Es una conversación mecánica que no admite distracciones.
Qué nos recuerda este Camaro en 2026
La Trans-Am nació en 1966 organizada por la SCCA, en pleno auge de los muscle cars estadounidenses. Los fabricantes vieron en las carreras de coches de producción una manera de vender modelos aspiracionales. Lime Rock Park, en Connecticut, se consolidó como uno de los trazados históricos de la especialidad. El propio Glass comenta que la próxima cita en Lime Rock supondrá su vigésimo quinto Fall Festival. En 2026, figuras como Jim Glass mantienen vivo ese legado.
Para el público actual, acostumbrado a los hipercoches y a la asistencia electrónica, este Camaro plantea una pregunta incómoda. ¿La velocidad moderna ha apagado la parte física de la conducción? Glass no lo dice de forma condescendiente; simplemente subraya que un coche clásico exige estar presente. Es una postura que conecta con la filosofía de preservación de coches históricos de competición.
La restauración de Glass también demuestra que conservar un coche de carreras no significa congelarlo en un garaje. Significa devolverlo a su hábitat: la pista. El hecho de que un especialista en rotulación repita su trabajo cuarenta años después es un recordatorio de que la autenticidad se construye con personas, no solo con piezas.
Al final, The Permission Slip cuenta una historia que va más allá del Camaro. Habla de permisos que nos damos para seguir haciendo lo que amamos. Jim Glass lo obtuvo a los catorce años con la firma de su madre. Y, a juzgar por cómo describe sus próximas carreras en Lime Rock, no piensa devolverlo.
Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de Petrolicious en YouTube.


