El Austin-Healey 3000 Mk II de rallies: una bestia domada por Tyrrell’s Classic Workshop

La unidad de competición que llegó al taller con la suspensión rebajada y los frenos en las últimas salió renovada para afrontar rallyes de regularidad, con su ADN de fábrica intacto y unas holguras de panel que son puro pedigrí.

Tyrrell’s Classic Workshop no suele recibir Austin-Healey. La sencillez mecanica de estos roadsters británicos los convierte en el juguete perfecto para aficionados al bricolaje, capaces de meterles mano sin miedo. Pero el ejemplar que Iain Tyrrell saca hoy a la carretera es una rara avis: una unidad de competición de fábrica, con pedigrí del departamento de competición de BMC y un historial que quita el hipo.

No es un Austin-Healey 3000 cualquiera. Salió de la línea de producción en 1962 con destino directo al equipo de competición de la British Motor Corporation. Allí lo desmontaron por completo, le instalaron aletas delanteras de aluminio con rejillas para refrigerar un motor muy caliente, y lo transformaron en una máquina de ganar rallyes. En Tyrrell’s Classic Workshop, su nuevo propietario lo ha traído para devolverle el mordiente que la dejadez y las manos inexpertas le habían robado.

De la línea de producción al departamento de competición

Tal como explica Tyrrell, el departamento de competición de BMC, ubicado en Abingdon, cerca de Oxford, seleccionaba coches directamente de la cadena de montaje para convertirlos en armas de rallyes. Los históricos 3000 rojos con techo blanco del Monte Carlo —los famosos «Monte mines»— se labraron una leyenda que incluso llevó a las autoridades francesas a inventar nuevas normas de iluminación para tratar de frenarlos.

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Esta unidad concreta no compitió directamente en el principado, pero tuvo una misión igualmente exigente. Fue asignada a un piloto de BMC en Italia, quien la utilizaba a fondo para desplazarse entre pruebas y para testar las mejoras que luego aplicaban a los coches de competición oficial. Tyrrell describe aquellos viajes como un auténtico banco de pruebas, con el coche rodando rápido entre Italia y el Reino Unido en misiones de desarrollo que validaron su fiabilidad antes de que sus hermanos de rally saltaran a la fama.

Un motor con apetito de competición

Bajo el capó, el seis cilindros en línea de 3 litros recibió un tratamiento radical. Pistones, árboles de levas y culatas específicas elevaron la potencia de los 130 CV de serie hasta unos 170 o 180 CV. Pero lo más llamativo es la alimentación: tres imponentes carburadores SU HD8 de 2 pulgadas, exactamente el mismo montaje que llevaba el Jaguar E-type. Solo que el E-type cubicaba 4,2 litros, lo que significa que este 3 litros respiraba con una libertad que asombró al propio Tyrrell.

El resultado es un motor increíblemente respirante, con una sed de mezcla que lo convierte en un bruto temperamental. El eje trasero, además, adoptaba el esquema «underslung» —con el diferencial invertido para mantener el centro de gravedad bajo, como en algunos Ferrari 250 GT— y la suspensión posterior se recalzó con ballestas de 14 hojas, una barbaridad comparada con las nueve que montaban los Rolls-Royce y Bentley contemporáneos. Esta rigidez de competición apenas concede balanceo en curva.

“Este coche se construyó para una sola cosa, y nada más que para una sola cosa: ganar”.

— Iain Tyrrell

La puesta a punto para las HERO rallies

Cuando la unidad llegó al taller, el anterior propietario la había configurado para circuitos lisos: altura rebajada, sin protección de cárter y frenos en un estado deplorable. El nuevo dueño, que la adquirió sin verla, la destina a rallyes de regularidad históricos, los HERO rallies, donde los badenes y las carreteras rotas son el pan de cada día.

En Tyrrell’s Classic Workshop elevaron la suspensión delantera hasta la altura original, soldaron soportes al chasis y montaron un robusto cubrecárter metálico. Los frenos, sin servoasistencia, exigen un pisoteo enérgico: discos delanteros puros y duros, sin ayudas modernas. Además, se instaló el equipo electrónico de cronometraje obligatorio para las pruebas de regularidad, completando un trabajo que devuelve al coche su esencia de batalla.

Al volante: el arte de bailar con los pedales

La prueba dinámica que ofrece el vídeo es pura adrenalina. Iain Tyrrell se muestra sorprendido por la respuesta nerviosa del eje delantero, una dirección de desmultiplicación muy directa que convierte cada giro en una danza. «Bailar con los pedales» es la expresión que mejor define la experiencia: punta de pie para rozar el freno en las curvas, talón para acelerar y punta‑talón en cada reducción, con un doble embrague que arranca sonrisas.

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Y luego están las holguras de los paneles. Un certificado de autenticidad, según Tyrrell: las aletas finas de aluminio, los agujeros taladrados aquí y allá, los ajustes que hoy nos parecerían chapuceros. Esa imperfecta presentación es la prueba de que el coche se fabricó para funcionar, no para exponerse en un salón. «Así salió del taller de competición», asegura el especialista, y por eso este coche vale mucho más que una restauración perfecta.

El Austin-Healey 3000 fue un éxito comercial arrollador, con el 80% de la producción destinada a Estados Unidos, un mercado que abrazó su mezcla de estilo británico y robustez mecánica. Pero las unidades de competición como esta pertenecen a una casta distinta, valoradas en seis cifras y buscadas por coleccionistas que entienden que la pátina de la competición genuina no se falsifica. Demasiadas réplicas restauradas a un brillo impecable esconden la verdadera esencia que este coche exhibe con orgullo: paneles que no alinean porque nunca estuvieron diseñados para hacerlo.

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Para los aficionados a los clásicos deportivos, el mensaje es claro: no hace falta un coche impecable para disfrutar de una conducción sublime. A veces, los paneles que no alinean esconden la historia más auténtica.

Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de Tyrrell’s Classic Workshop en YouTube.

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