La solución que frena el robo de cobre en los cargadores eléctricos públicos

El módulo Voltpost Air esconde la manguera a tres metros de altura y la libera solo desde la app, con 9,6 kW por punto. Ya funciona en Brooklyn y suma siete proyectos en Estados Unidos durante 2026.

El robo de cobre en cargadores públicos tiene ya respuesta: esconder la manguera a tres metros de altura hasta que el usuario la reclama. La firma Voltpost ha presentado e instalado en Brooklyn, Nueva York, el Voltpost Air, un módulo de recarga para farolas cuyo cable viaja retraído dentro del cuerpo del aparato y desciende solo cuando el conductor lo ordena desde el móvil. La potencia máxima es de 9,6 kW por punto de carga, cifra propia de la carga lenta de barrio.

El movimiento no es un piloto aislado. La compañía ha escalado a lo largo de 2026 hasta Los Ángeles, Portland y Seattle, y suma otros siete proyectos repartidos entre California, Connecticut, Massachusetts, Michigan, Nueva York, Illinois y Washington D.C. En enero de 2026 cerró una alianza con AT&T y en julio firmó otra con InCharge Energy.

Así funciona un cargador con el cable fuera de alcance

Voltpost lleva tiempo comercializando módulos que se montan sobre farolas existentes, de metal o de madera, sin apenas alterar el paisaje urbano. Se instalan rápido, ocupan poco espacio y admiten configuración individual o doble: de un solo poste pueden salir dos puntos de carga.

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La novedad del modelo Air está en el guardado. El usuario activa la recarga desde la aplicación del teléfono y entonces se abre una trampilla que libera el cable retráctil. Al terminar la sesión, la manguera se repliega y queda recogida a tres metros de altura, lejos de quien pasa por la acera con otras intenciones.

El reconocimiento llegó antes que el despliegue masivo: Time situó al aparato entre los mejores inventos de 2025 y Fast Company colocó a la empresa entre las más innovadoras del año. El problema que ataca sí es medible. Un cargador inutilizado por vandalismo o por el saqueo de su cobre deja de facturar y obliga al operador a pagar la reparación.

Un cargador vandalizado cuesta dos veces: el usuario pierde la recarga y el operador pierde el ingreso y asume la reparación.

Frente a las estaciones convencionales de acera, con la manguera colgando a la altura de la rodilla y manipulable con cualquier herramienta, el Air no elimina el riesgo, pero encarece el intento. La diferencia operativa es esa: menos minutos de exposición y más dificultad física para consumarlo.

El cuello de botella del coche eléctrico nunca fue el coche, sino el enchufe: la implantación del vehículo eléctrico depende de que exista un punto de carga razonablemente cerca de casa.

Las claves técnicas

  • Qué es: un módulo de recarga para farolas con manguera retráctil que se guarda a tres metros de altura tras cada uso, con 9,6 kW de potencia por punto y hasta dos puntos por poste.
  • Qué problema resuelve: reduce la exposición al robo de cobre y al vandalismo que dejan fuera de servicio los cargadores a pie de calle, y con ello las recargas perdidas y el coste de mantenimiento que asume el operador.
  • Dónde y cuándo llega: el primer piloto ya funciona en Brooklyn (Nueva York); durante 2026 el sistema se ha extendido a Los Ángeles, Portland y Seattle, con siete proyectos adicionales en siete estados y Washington D.C.

Lo que cambia para el conductor y para el operador

cargadores eléctricos vandalismo

Para quien deja el coche en la calle, la potencia no es el problema. Nueve horas enchufado a 9,6 kW equivalen a unos 86 kWh, por encima de lo que necesita un compacto eléctrico para una semana de uso urbano. En la práctica, una noche de aparcamiento cubre los trayectos cortos de varios días.

Conviene separar magnitudes, porque generan confusión. Los 9,6 kW del Air son potencia en corriente alterna (AC), la que entrega el propio cargador y que no exige una acometida de alta potencia. La carga rápida en corriente continua (DC) se mide en el punto público y trabaja con cifras muy superiores, pero no es lo que necesita una farola de barrio.

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El formato aprovecha plazas de aparcamiento que ya existen y la red eléctrica de la propia farola, de modo que no obliga a abrir zanjas nuevas. Los registros oficiales del sector sitúan la red pública española por encima de 46.600 puntos de recarga, una cifra que crece cada trimestre, pero que sigue concentrada en entornos urbanos y de servicio.

Lo que todavía no resuelve el cable escondido

La idea de recargar en la farola no es nueva. Se ha probado desde hace años en varios países, en algunos casos incluso al margen de la normativa, y en todos los intentos apareció el mismo muro: el vandalismo y, cada vez con más frecuencia, el robo de cobre para revender el metal en el mercado negro.

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El diseño del Air reduce la exposición, no la elimina. Durante la sesión de carga el cable vuelve a estar a la vista y al alcance, de modo que la ventana de vulnerabilidad se estrecha, pero sigue abierta mientras el coche absorbe electricidad. Tampoco resuelve el abandono de mangueras dañadas ni el coste del mantenimiento preventivo, dos partidas que el operador seguirá apuntando en su cuenta de resultados.

A partir de ahí, el siguiente hito del calendario son los siete proyectos ya comprometidos en Estados Unidos, que servirán para medir si la fórmula aguanta la usabilidad diaria a escala de barrio. Por ahora, toda la evidencia disponible procede de Norteamérica. Si el modelo cruza el Atlántico, el debate será otro: cuántos ayuntamientos están dispuestos a ceder sus farolas para convertirlas en puntos de recarga.