Comprar un coche de segunda mano puede ser una de las decisiones más inteligentes hoy en día. Permite esquivar la pérdida de valor que sufre cualquier vehículo nada más salir por la puerta del concesionario. Sin embargo, esta operación siempre viene acompañada de una sombra que persigue a los compradores: el kilometraje.
Todos nos hemos preguntado alguna vez cuánta vida le queda de verdad a ese motor que estamos mirando, o si estamos a punto de tirar el dinero en un pozo sin fondo de averías.
El dulce momento de los coches de segunda mano

Si tienes presupuesto suficiente, un coche de segunda mano con menos de 100.000 kilómetros es jugar sobre seguro. En este punto, el coche ya ha sufrido su mayor depreciación económica, por lo que el precio suele ser muy competitivo comparado con uno nuevo. Lo mejor de estos vehículos es que su desgaste suele ser mínimo. El interior todavía huele a nuevo, los asientos mantienen su firmeza y la mecánica apenas ha necesitado más que un par de revisiones rutinarias de filtros y aceite.
Sin embargo, hay una trampa muy común en la que puedes caer si te dejas llevar solo por los números bajos. Un coche con muy pocos kilómetros que ha pasado mucho tiempo parado o que solo se ha usado para trayectos muy cortos por ciudad puede estar en peor estado que uno que ha rodado el doble por autopista. Los trayectos cortos no permiten que el motor alcance su temperatura óptima de funcionamiento, lo que genera residuos y un desgaste prematuro en piezas críticas. Por eso, aunque veas un número bajo, siempre debes preguntar por el tipo de vida que ha llevado ese vehículo antes de llegar a tus manos.
La mayoría de expertos coinciden en que esta franja es ideal para quienes buscan un coche que les dure muchos años sin problemas graves. Es el momento en el que todavía no han aparecido los mantenimientos caros y pesados. Pero recuerda que estás pagando un extra por esa tranquilidad. Si tu presupuesto es más ajustado, quizás te interese mirar un poco más allá, porque es justo al cruzar la barrera de los cien mil cuando aparecen las verdaderas oportunidades de ahorro si sabes dónde mirar y qué preguntar al vendedor.
La barrera de los ciento cincuenta mil kilómetros y el equilibrio perfecto

Hay un punto mágico en el mercado de segunda mano que se sitúa entre los cien mil y los ciento cincuenta mil kilómetros. Aquí se produce un salto importante en el precio hacia abajo, lo que lo convierte en la franja más interesante para un comprador que busca maximizar su inversión. En este rango, el coche todavía tiene mucha vida por delante, por lo menos otros diez años de uso normal, pero el vendedor ya no puede pedir precios tan altos porque el comprador medio empieza a sentir cierto respeto por esas cifras. Es el lugar ideal para encontrar coches de gamas superiores a precios de utilitarios básicos.
Pero no todo es alegría en este tramo porque este es el momento de los grandes mantenimientos. Es la época en la que toca cambiar la correa de distribución en muchos modelos, una operación que suele ser costosa. También es cuando los amortiguadores empiezan a perder su eficacia, los discos de freno pueden necesitar una sustitución y los neumáticos ya habrán pasado por su segundo o tercer juego.
Si compras un coche de segunda mano en este rango, tu misión principal es revisar el libro de mantenimiento. Si todas estas operaciones ya se han realizado, te llevas un coche renovado a precio de saldo. Si, por el contrario, el historial está en blanco o el vendedor no sabe decirte cuándo se hizo la última revisión importante, debes tener mucho cuidado.
¿Cuándo deja de ser una opción interesante?

A medida que nos acercamos y superamos los ciento sesenta mil kilómetros, el panorama cambia. Entramos en la zona de riesgo controlado. Los precios son extremadamente bajos, lo que puede resultar muy tentador si necesitas un coche con urgencia y no tienes mucho dinero ahorrado. Sin embargo, debes ser consciente de que en cualquier momento pueden aparecer averías que no son simples mantenimientos. Hablamos de elementos como el alternador, el motor de arranque o el sistema de refrigeración, que empiezan a decir basta tras miles de horas de funcionamiento.
A partir de este límite, el coche ya no es interesante para alguien que necesite fiabilidad absoluta para ir a trabajar cada día a muchos kilómetros de distancia sin posibilidad de fallo. Es una opción válida si eres capaz de asumir que, de vez en cuando, el coche te pedirá pasar por el taller para sustituir alguna pieza por desgaste. El problema real llega cuando una de estas averías afecta a componentes principales. Si el coche te ha costado tres mil euros y la reparación de la caja de cambios o de un turbo te cuesta dos mil, te encuentras ante un dilema económico muy difícil de resolver.
Comprar un coche con un kilometraje muy alto solo tiene sentido bajo dos condiciones muy específicas. La primera es que conozcas muy bien al dueño anterior y sepas que ha sido un maníaco del cuidado y del mantenimiento. La segunda es que se trate de un modelo concreto que tenga fama de ser casi indestructible. Hay motores diésel de hace unos años que son auténticas rocas y que pueden llegar al medio millón de kilómetros, pero son la excepción y no la regla. Si no se cumplen estas premisas, superar este límite suele ser comprar problemas ajenos.

