El 75 aniversario de Pebble Beach devuelve la mirada a su origen olvidado: las carreras que se disputaban entre los pinos de Del Monte. Antes de que el césped del golf links se convirtiera en el escaparate más codiciado del automovilismo clásico, aquel rincón de la costa californiana era un bosque, unos coches ligeros y un público que aún no sabía que asistía al nacimiento de un canon.
Las claves de esta historia
- Lo más importante: el concurso de elegancia más influyente del planeta nació al calor de unas carreras de deportivos que se corrieron por el bosque de Del Monte entre 1950 y 1956.
- No te lo puedes perder: el libro Heroes of the Forest recupera aquella competición efímera y a los pilotos que la hicieron posible, hoy casi borrados de la memoria.
- Datos y producción: 75 años de concurso; el Revs Institute de Miles Collier custodia más de un centenar de automóviles históricos y un archivo propio, y Chip Connor acumula más de 30 premios en Pebble Beach.
El bosque antes del césped
Entre 1950 y 1956, el bosque de Del Monte acogió una prueba de coches deportivos por caminos flanqueados de pinos, cipreses y secuoyas. Fue una competición efímera y fundacional a la vez: de su ambiente, de su público y de su necesidad de un escaparate social nació el concurso de elegancia de Pebble Beach, que hoy domina el mes de agosto en Monterey. El libro Heroes of the Forest rescata aquel paréntesis, según la crónica que Sports Car Market ha dedicado al aniversario del certamen.
La mecánica de aquel arranque admite poca discusión. Una carrera por las carreteras del bosque exigía hoteles llenos, público con poder adquisitivo y una excusa social que justificara el viaje; el concurso puso el escaparate donde la prueba ponía el ruido. Cuando la competición se apagó en 1956, el escaparate ya caminaba solo y había aprendido a juzgar sin cronómetro.
El resto lo hicieron los nombres propios. Bajo la batuta de Jules Heumann y Lorin Tryon el certamen alcanzó preeminencia global, y con Glenn Mounger y Sandra Button en la dirección consolidó esa posición hasta convertirse en el árbitro oficioso de qué merece ser conservado.
Los custodios de la memoria
Miles Collier, fundador del Revs Institute de Nápoles, ha descrito como nadie la liturgia del concurso. Su colección supera el centenar de automóviles históricos y sostiene un archivo propio; él habla del Tour of Elegance del jueves como del momento en que los coches ya están sobre el césped y el público todavía no, con la luz dorada y el recinto vacío. La única hora en que un clásico se muestra tal cual es.
Un concurso no se sostiene sobre el cromo de los ganadores, sino sobre la memoria de quienes corrieron cuando aún no había premio que ganar.
La prueba de que esa memoria sigue viva la encarna Chip Connor, que llegó a la bahía de San Francisco a finales de los sesenta con una maleta y una Honda CB450 de 1968, recién salido de Japón. En 1969 rodó hasta Monterey en aquella moto y quedó prendado de la bahía, de los pinos y de las secuoyas.
No ha faltado al concurso desde 1983. Exhibió su primer coche, un Cord L-29 cabriolet de 1931, en 1987, y en 1997 ganó el Best of Show con un Talbot-Lago Teardrop de 1937, un triunfo que no esperaba y del que extrajo una lección: gestionar las expectativas y sumergirse en la gente y en los coches. Acumula más de 30 premios en Pebble Beach y también ha vuelto a casa con las manos vacías.
El otro gran valedor de esa memoria es Ken Gross, juez del concurso desde hace 36 años y miembro del comité de selección desde su creación. Ha comisariado clases que habrían escandalizado a los puristas de los sesenta —Tatra, Tucker, Moretti, Miller de competición, Ford GT40, Porsche 917, sport classics y prototipos en cuña—, pero su debilidad confesa son los hot rods históricos.
Costó años convencer a Heumann y Tryon; fue Bruce Meyer quien los persuadió, y desde 1997 el césped admite ’32 Ford roadsters y coupés, hot rods de competición como el ‘Eliminator’ de Duffy Livingstone, customizaciones de preguerra y una clase entera de Mercury seccionados de 1949 a 1951, con el Mercury de James Dean en ‘Rebel Without a Cause’.
A la nómina se sumaron el ‘Kookie Kar’ de Norm Grabowski, el T-bucket con llamas de la serie ’77 Sunset Strip’ que ganó su clase en 2019 en manos de Ross Myers, y el ‘Outlaw’ de Ed Roth.
Meyer, que asiste al concurso desde 1974 —el primer año de las Monterey Historic Races— y que ganó su clase con un Duesenberg a finales de los ochenta, sostiene que ampliar el canon salvó al certamen de convertirse en un museo inmóvil. La cultura del hot rod había lanzado a pilotos como Phil Hill, Dan Gurney y Carroll Shelby y había hecho célebres a constructores como George Barris, Dean Jeffries y Gene Winfield.
El premio al participante histórico más relevante lleva el nombre del escritor Dean Bachelor, aficionado por igual a los hot rods y a los Ferrari. Glenn Mounger, presidente emérito, insiste en el otro factor: la comunidad. Propietarios rivales que se prestan un fusible para que el coche del vecino no pierda un punto, familias que sacan a la luz por primera vez un coche heredado, jueces que repiten la misma frase cada año. Ese detalle, más que cualquier trofeo, explica la longevidad del concurso.
Lo que 75 años enseñan sobre el gusto
Leído en conjunto, el recorrido de Pebble Beach es un tratado involuntario sobre cómo cambia el gusto. En los años setenta el canon era previsible: Delage, Delahaye, Duesenberg, Packard, Pierce-Arrow. Cuatro décadas después, el mismo jurado que premiaba esas berlinas de carrocero discute el valor de un T-bucket con llamas pintadas a mano o de un custom californiano de posguerra. No es una concesión a la galería; es el reconocimiento de que la historia del automóvil no cabe en una sola jerarquía.
Conviene recordar que el concurso no inventó nada: ordenó lo que el bosque ya había puesto en marcha. Las carreras de Del Monte duraron siete años y dejaron un puñado de fotografías, unos programas de mano y una generación de aficionados que aprendió a mirar los coches con criterio. ‘Heroes of the Forest’ devuelve esos nombres al presente y, de paso, recuerda que el prestigio de Pebble Beach no procede del terciopelo ni del patrocinio, sino de haber sido primero una carretera.
El dilema pendiente es el de siempre, y el aniversario lo agudiza: conservar el rigor sin momificar el espectáculo. Cada clase nueva que se abre tensa la cuerda entre los puristas y quienes entienden el clasicismo como cultura viva. Pebble Beach ha resuelto esa tensión durante 75 años del único modo posible: dejando que el césped hable antes que el reglamento.

