Hay vehículos imposibles de amar y otros imposibles de odiar. El Mitsubishi Minicab que protagoniza el último análisis de JayEmm on Cars pertenece, sin discusión, al segundo grupo. Un pickup kei de 2024 que no llega a los cuatro metros de largo, que declara unos 50 caballos y que, sobre el papel, debería ser un trasto. Y sin embargo, el presentador termina el vídeo con una sonrisa de oreja a oreja.
La tesis de fondo va más allá del coche. Mientras la industria empuja hacia SUVs cada vez más grandes, más pesados y más caros, existe un público joven que ha dejado de mirar esos escaparates y se ha ido a buscar lo raro, lo pequeño y lo importado. El precio lo cambia todo: el ejemplar de este vídeo se importó nuevo por unas 14.000 libras, una cifra que en el mercado británico apenas compra un utilitario usado con años a las espaldas.
Qué es un kei y por qué vuelve a interesar
JayEmm recuerda al principio del vídeo que un kei no es una marca ni un modelo, sino una categoría japonesa. Una normativa que limita el tamaño del vehículo, la cilindrada del motor y su potencia, y que a cambio concede ventajas fiscales y de uso en Japón. En un entorno urbano denso, explica, ese formato tiene todo el sentido del mundo.
El presentador también dedica unos minutos a una observación sociológica. Cada vez menos jóvenes se sacan el carnet en Reino Unido, admite, y eso responde tanto a la falta de interés como a la falta de medios. Pero quienes sí conducen, sostiene, son más apasionados que nunca. Y sus gustos ya no pasan por los deportivos japoneses clásicos, hoy inalcanzables, sino por furgonetas viejas, Volvos desgastados y kei cars de todo tipo.
Del Bedford Rascal al Minicab de 2024
El vídeo repasa la genealogía del modelo. El Minicab existe desde los años sesenta y ha conocido ocho generaciones, algunas como vehículo propio y otras ya como resultado de acuerdos entre fabricantes. A partir de la séptima entrega pasó a compartir base con el Suzuki Carry, un modelo que acumula cerca de una docena de generaciones y que lleva en su forma actual desde 2014. JayEmm traza además el paralelismo con el venerable Bedford Rascal, que no era otra cosa que un Suzuki Super Carry con otra insignia.
Las medidas sorprenden. El coche mide poco más de 3,4 metros, apenas un pie más que un Mini original, pero su caja de carga es notablemente larga, hasta el punto de que el presentador asegura haber leído que supera en longitud a la de un Ford Ranger. Los laterales se abaten con rapidez, lo que multiplica su versatilidad, aunque la carga útil declarada en la pegatina trasera se queda en 350 kilos. El propietario, un entusiasta llamado Lewis, lo usa para todo: camping, recados y viajes al punto limpio.
Hay vehículos imposibles de amar y otros imposibles de odiar, y este es claramente uno de los segundos: lento, espartano y ruidoso, pero con un encanto que no admite discusión.
— JayEmm on Cars
658 cc, 50 caballos y una caja encantadora
Bajo el asiento está el motor: un tres cilindros de 658 centímetros cúbicos, sin sobrealimentación, que rinde unos 50 caballos. El peso, entre 700 y 800 kilos según versión, compensa en parte esa escasez. La tracción es trasera por defecto, con un sistema de cuatro ruedas motrices seleccionable para cuando el terreno se complica, aunque no hay diferencial autoblocante. El depósito, el radiador y los accesos mecánicos quedan a mano gracias a una trampilla en la caja.
En marcha, el veredicto del presentador es honesto: las prestaciones son limitadas y alcanzar los 80 km/h lleva su tiempo con el pedal a fondo. Al tratarse de un vehículo comercial, en Reino Unido arrastra límites de velocidad distintos a los de un turismo, algo que en la práctica apenas importa porque el coche rara vez supera esas cifras. En curvas la carrocería rebota y se mueve, y el eje trasero puede ponerse nervioso sobre asfalto húmedo. La dirección es ligera pero con cierto tacto, el cambio tiene un recorrido corto y agradable y el radio de giro es de taxi londinense. El ABS se bloqueó en una frenada suave, un síntoma de la escasa adherencia de sus neumáticos. El «modo sport», bromea, consiste en apagar el aire acondicionado.
El coste real de un capricho importado
Aquí está el dato que sostiene todo el argumento del vídeo. El propietario compró la unidad nueva tras ver cómo se importaban por lotes para ayuntamientos británicos que habían descubierto la utilidad de estos pequeños pickup. Por 14.000 libras tuvo un vehículo a estrenar. A eso se suma un seguro de unos 500 euros al año, cifra que en zonas rurales llegó a bajar hasta los 250, gracias a su condición de vehículo comercial. Y, sobre todo, JayEmm destaca que las aseguradoras de comerciales no ponen reparos a pegatinas, vinilos o cambios de color, algo que sí ocurre con los turismos y que abre la puerta a la personalización sin dramas.
No todo son ventajas. Las piezas pueden obligar a importarlas, el freno de mano no es especialmente convincente y el propietario, que hace muchos kilómetros, lo revisa con más frecuencia de la habitual. Tambien conviene recordar el reverso: para un conductor mayor, asegurar un comercial sale más caro que un turismo equivalente.
Qué significa esto para el comprador español
España no es Reino Unido, y aquí la homologación de un kei importado sigue siendo un laberinto administrativo y técnico que desanima a cualquiera. Aun así, el fondo del vídeo interesa: demuestra que existe demanda para vehículos pequeños, sencillos y baratos en un mercado saturado de SUV sobredimensionados. La categoría kei japonesa lleva décadas resolviendo movilidad urbana con menos recursos que nadie, y el auge de las importaciones de segunda mano hacia Europa sugiere que ese interés no es una moda pasajera.
La lectura editorial es clara. Mientras la oferta nueva se encarece y se complica, una parte de la afición está construyendo su propia respuesta al margen de los concesionarios: coches viejos, coches diminutos, coches que nadie mira dos veces. El Minicab es el ejemplo más extremo de esa lógica, porque ni siquiera es un coche en el sentido estricto. Es una herramienta con volante, y precisamente por eso resulta tan atractiva.
Al final del vídeo, JayEmm admite que esa misma mañana había conducido un Ferrari F355, uno de esos deportivos con los que sueña cualquier adolescente. Y confiesa que, aun así, el pequeño pickup japonés le había regalado una alegría más simple y más directa. Quizá la pregunta no sea si merece la pena comprar un kei truck, sino por qué hemos dejado de fabricar cosas así para el resto del mundo.
Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de JayEmm on Cars:

