Cumberford desvela que el diseño del Maserati Mistral Spyder de 1966 no es de Frua

Robert Cumberford, diseñador y crítico automovilístico, revela que el diseño del Maserati Mistral Spyder que presentó Pietro Frua en Turín en 1962 era, en realidad, el dibujo con el que él había participado en un concurso de Automobile Year. La confesión desmonta décadas de atrib

Robert Cumberford —diseñador, crítico y voz autorizada del automóvil desde hace más de medio siglo— ha confesado un secreto que desmonta una de las atribuciones más arraigadas del diseño italiano: el Maserati Mistral Spyder de 1966 no es obra de Pietro Frua. El dibujo original, presentado en un concurso de Automobile Year en enero de 1962, viajó de México a Turín sin firma y regresó convertido en carrocería ajena.

La revelación, publicada en la columna The Cumberford Perspective de Sports Car Market, toca de lleno al modelo que para muchos coleccionistas representa la quintaesencia del gran turismo italiano de los sesenta. El Mistral, con sus líneas tensas y su frontal de parrilla baja, fue durante décadas una pieza más del catálogo de Frua. Hasta hoy.

Las claves de esta historia

  • Lo más importante: El diseño del Maserati Mistral Spyder, que el mundo atribuía a Pietro Frua, procede de un dibujo que Robert Cumberford envió a un concurso de Automobile Year en enero de 1962.
  • No te lo puedes perder: Cumberford acusa a Frua de haber utilizado su legendaria «cámara espía Minox» para fotografiar el diseño en el Salón de Ginebra y presentarlo como propio en el Salón de Turín de ese mismo año.
  • Datos y producción: El Maserati Mistral (coupé y spyder) se fabricó entre 1963 y 1970 en unas 950 unidades, de las que apenas 125 corresponden al Spyder, una rareza que hoy cotiza al alza.

Un concurso, un dibujo y una cámara Minox

Cumberford se enteró del certamen con solo cuatro días de plazo y sin tiempo para solicitar planos de chasis. Trabajó a partir de un perfil lateral del Maserati 3500GT que había publicado Road & Track, un bastidor que nunca fue precisamente grácil. Para la composición rescató un apunte de un proyecto abandonado para la revista Playboy en 1961 y, sobre papel Canson verde de su estudio en Ciudad de México, plasmó un cupé de líneas afiladas que rompía con los volúmenes de la época.

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Los dibujos, codificados para preservar el anonimato, llegaron a Suiza en el último momento. Semanas después una postal confirmaba que su propuesta, entre 122, había sido aceptada. Una segunda comunicación le informó de que había quedado en sexto lugar, pero que los paneles se exhibirían en el estand de la publicación durante el Salón de Ginebra. Nunca imaginó lo que vendría a continuación.

La sorpresa fue mayúscula cuando una revista británica mostró un elegante cupé de color verde presentado por Carrozzeria Frua en el Salón de Turín de 1962. El coche compartía la parrilla completa por debajo del parachoques —solución que Cumberford cree inédita hasta entonces en un coche de calle—, la línea de cintura ligeramente quebrada y la caída del pilar trasero que conducía la mirada hasta el perfil de la zaga. Frua, según la acusación del diseñador mexicano, había empleado su famosa cámara Minox —conocida en los círculos de Turín como su «cámara espía»— para capturar el diseño durante la exposición de Ginebra y atribuírselo sin reparos.

El Mistral no pertenece ni a Frua ni a la tradición de Turín: pertenece a un concurso que quedó sexto y a una Minox que supo estar en el lugar adecuado.

Las líneas que definieron un diseño robado

El dibujo original de Cumberford se sostenía sobre una decisión radical: situar la parrilla del radiador íntegramente por debajo del parachoques. «Probablemente fue el primer coche de calle en hacerlo», recuerda él mismo. El fino parachoques corrido guiaba la vista hacia abajo desde un capó elevado por el motor DOHC de seis cilindros en línea, una atalaya mecánica que Frua remarcó añadiendo un abombamiento sobre el capó, quizá el único retoque que el carrocero introdujo respecto al original.

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La línea maestra del diseño —una barrida tensa que nacía justo encima del parachoques delantero y recorría todo el flanco— partía cada centímetro cuadrado de chapa hacia el centro del coche. El antepecho de las ventanillas se doblaba mínimamente en la puerta para ascender luego hacia el pico del perfil trasero, un gesto que dotaba al Mistral de una tensión visual inédita en la producción de Maserati. Las ópticas, elegidas con el pragmatismo de los carroceros italianos —que levantaban un coche entero por menos de lo que costaba desarrollar un faro— eran unidades comunes que Frua supo integrar con acierto.

En la zaga, la escueta tapa del maletero y la moldura de adorno que prolongaba la línea sugerida por los parachoques delantero y trasero ponían el acento en la horizontalidad, mientras las llantas Borrani de radios —más elegantes que las de aleación, aunque más pesadas y difíciles de mantener— subrayaban la vocación gran turismo del conjunto. «El interior —admite Cumberford— me gusta casi tanto como el exterior, y no tengo nada que ver con él». Aquella cabina genérica del lujo italiano, con su salpicadero repleto de relojes concentrados ante el conductor y la ausencia total de cinturones de seguridad, era el producto típico de los talleres de Frua; pero encajaba a la perfección con la personalidad del coche.

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Un legado que Frua supo explotar

El Mistral no fue simplemente un encargo más de Maserati. Su silueta, nacida de aquel dibujo anónimo de 1962, marcó la obra posterior de Pietro Frua y cimentó la reputación del modelo entre los grandes coleccionistas. En 1968, un Mistral coupé de 1964 —con idénticas líneas maestras— se alzó con el Best of Show del Concurso de Elegancia de Pebble Beach, el único automóvil de posguerra que lograría ese galardón hasta que un Ferrari 375 MM lo repitiera en 2014. La ironía quiso que el coche más celebrado del carrocero llevase, en realidad, la firma de otro.

La revelación de Cumberford enriquece la lectura de un episodio que los carroceros italianos de los cincuenta y los sesenta cultivaban con naturalidad: la apropiación de ideas ajenas, el préstamo sin crédito, la inspiración —o el plagio— como método de trabajo. Que un diseño enviado desde México, sobre papel verde y con destino a un concurso suizo, acabase definiendo una de las berlinas deportivas más admiradas de Maserati dice tanto del talento de su autor como de las costumbres poco ortodoxas de la industria turinesa.

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Conviene recordar que el propio Cumberford, hoy nonagenario, labró una carrera en el diseño y la crítica que no necesita de esta anécdota para sostenerse. Pero el dato añade un matiz de justicia poética a la historia del automóvil clásico. El Maserati Mistral Spyder no es un Frua cualquiera: es un Cumberford que viajó de incógnito y que, sesenta años después, recupera su nombre. Para más contexto sobre el modelo, puede consultarse su entrada en Wikipedia.