Hay colecciones de coches que se miden en caballos de potencia y hay una, en pleno desierto de Abu Dhabi, que se mide en metros de altura y en tonos del arcoíris. La del jeque Hamad bin Hamdan al Nahyan —conocido como el jeque Arcoíris— no contiene un solo Ferrari, ni un solo Lamborghini, y sin embargo es una de las más fascinantes del mundo.
Las claves de esta historia
- Lo más importante: La colección del jeque Arcoíris, alojada en el Emirates National Auto Museum, renuncia por completo a los superdeportivos para abrazar rarezas, vehículos gigantescos y excentricidades cromáticas sin equivalente en el coleccionismo mundial.
- No te lo puedes perder: El Dhabiyan, un todoterreno de 10,8 metros de largo construido sobre un camión militar Oshkosh M1075 con carrocería de Jeep Wrangler y un motor diésel Caterpillar de 15,2 litros y 600 CV.
- Datos y producción: El museo alberga más de 200 vehículos. Entre ellos destacan siete Mercedes-Benz 500 SEL de 1983, idénticos salvo por el color: uno por cada tono del arcoíris, encargados para la boda del jeque.
La pirámide del desierto y sus guardianes de seis metros
El Emirates National Auto Museum se alza en mitad de la nada, a una hora de Abu Dhabi por carreteras rectas que cortan el desierto. El edificio tiene forma de pirámide y, antes de cruzar la puerta, el visitante ya entiende que no está en un museo del automóvil al uso. Una réplica descomunal de un Land Rover Series 3 empequeñece a cualquier Nissan Patrol que se aparque a su lado. No está sola: unos metros más allá aguarda la réplica de un Willys Jeep de 6,4 metros de altura —cuatro veces el tamaño del original—, certificada por Guinness como la mayor del mundo y técnicamente manejable desde un asiento oculto tras la parrilla.
Frente a la entrada principal hay un Mercedes-Benz W116 convertido en monster truck, construido para usarse aunque lleve años sin girar una rueda. Pero la pieza que resume la filosofía del jeque es el Dhabiyan: un Oshkosh M1075 del ejército estadounidense sobre el que se ha injertado la carrocería de un Jeep Wrangler. Mide 10,8 metros de largo, 3,2 de alto, monta faros de Ford F-Series Super Duty, pilotos traseros de Dodge Dart y un motor diésel Caterpillar de 15,2 litros que entrega 600 CV. No es una réplica: es el todoterreno más grande del mundo y funciona.
La obsesión cromática del jeque Arcoíris
El apodo no es caprichoso. Hamad bin Hamdan al Nahyan siente una fascinación documentada por los colores del arcoíris —llegó a mandar excavar canales en una isla privada que dibujaban su nombre, Hamad, visibles desde el espacio— y esa pulsión cromática impregna buena parte de la colección. Un Mercedes-Benz SL de la serie R107 ha sustituido cada pieza cromada por oro macizo; los portaestandartes delatan que participó en desfiles oficiales. Hay un W126 500 SEL con la carrocería ensanchada, escapes laterales y una pintura multicolor que se prolonga al interior: el salpicadero es naranja, los asientos delanteros amarillos, los traseros verdes y la bandeja azul.
La apoteosis llegó con su boda. El jeque encargó siete Mercedes-Benz 500 SEL idénticos, todos de 1983 con motor V8, y pidió que cada uno se pintase con un color del arcoíris y se tapizase a juego. Los siete se conservan en el museo, impecables, cada uno con su soporte para fusil en el maletero. La anécdota dice mucho del personaje, pero también de una manera de coleccionar que no busca la pieza única sino la serie completa, la variación sistemática, casi obsesiva.
Coleccionar no es acumular caballos ni cifras de remate: es trazar un mapa personal de lo que merece ser recordado, por excéntrico que parezca.
El recorrido por la zona noble de Mercedes-Benz incluye un 600 de batalla corta de 1977 en un estado impecable —el modelo que compartieron garaje David Bowie, Elvis Presley, Coco Chanel y Mao Zedong—, un V123 de batalla larga que hoy descansa sobre calzos de madera y un 500 SEC de 1983 transformado por Styling Garage con puertas de ala de gaviota, aletines ensanchados y una palanca de cambios tallada en un solo bloque de madera con forma de halcón. Cerca aguarda el 1001 SEL de Gemballa: oro, cuero, televisor y cortinillas de privacidad. No lleva un motor de diez litros, como el nombre sugiere. La leyenda —recogida por la mayoría de historiadores del modelo— cuenta que un cliente consideró que el resultado duplicaba en calidad al Mercedes original y lo bautizó como 1000 SEL. Las variantes posteriores escalaron hasta 100000 SEL, con emblema incluido.
Lo que ningún otro jeque colecciona: microcoches y kei cars
Conviene detenerse en lo que esta colección no tiene. En un museo financiado por una fortuna estimada en 20.000 millones de dólares, cualquiera esperaría hiperdeportivos, Ferrari de edición limitada, Bugatti de preguerra. No hay ninguno. Esa ausencia es deliberada y define la personalidad de la colección con más fuerza de la que tendría cualquier V12.
En lugar de caballos, el jeque Arcoíris atesora rarezas que ningún otro coleccionista de su nivel se molesta en preservar. Ahí está el Erad Junior, un microcoche francés de 1988 más pequeño que un Smart ForTwo, matriculable sin carné de conducir y equipado con faros de Peugeot 205 para ahorrar costes. Se fabricaron muy pocas unidades y la del museo es probablemente la única que ha tenido la suerte de vivir bajo techo. A su lado, un Premier Padmini S1 descapotable: la versión india del Fiat 1100D, fabricada bajo licencia hasta el año 2000, remozada en 1996 con un motor más potente y una caja de cambios Nissan, y transformada artesanalmente en descapotable en algún taller de Dubái.
El Teilhol Tangara, un todoterreno playero francés basado en el Citroën 2CV que apenas se fabricó entre 1987 y 1990, está presente en una de sus rarísimas versiones con tracción a las cuatro ruedas. Un Citroën DS de inyección aparca junto a su antecesor, el Traction Avant —dos de los escasos representantes franceses de la colección— mientras un Mini Moke con los plásticos de fábrica aún en los asientos y bombillas amarillas de homologación francesa recuerda que no todo aquí lleva el arcoíris por bandera.
La representación japonesa es igualmente atípica. Un Honda N600 —heredero del N360 de 1967, el modelo que puso a Honda sobre el mapa— convive con un Subaru 360 californiano, el kei car que la revista Consumer Reports calificó en su día como «el coche más inseguro del mercado americano» y que Malcolm Bricklin importó a Estados Unidos vendiéndolo como «barato y feo». Hay también un Daihatsu Midget II de 1996, tan estrecho que cabe en la caja de una Ford F-150, un Toyota Crown Super Deluxe de 1971 con papeles de exportación belgas aún pegados a la luneta, y un Nissan Cedric de 1999 con aspecto de no haber rodado jamás.
El criterio que unifica estas piezas no es la potencia, ni la exclusividad convencional, ni siquiera el precio de mercado. Es la singularidad entendida como rareza pura, a menudo involuntaria: coches que nacieron utilitarios, que fracasaron comercialmente, que circularon por mercados periféricos o que sobrevivieron contra todo pronóstico. La colección del jeque Arcoíris recuerda, en el fondo, que el valor patrimonial de un automóvil no siempre cotiza en las páginas de resultados de las casas de subastas. Y que un Premier Padmini, el taxi indio por excelencia durante tres décadas, puede encerrar tanta historia como cualquier gran turismo italiano.
El museo está abierto al público, a una hora de Abu Dhabi, bajo una pirámide que se divisa desde lejos en el desierto. Sin un solo superdeportivo. Sin una sola ficha de subasta millonaria. Y precisamente por eso, es una de las colecciones de automóviles más honestas que existen.


