Imola ya tiene un hito: coches autónomos rodando a menos de un segundo del ritmo humano. El pasado 5 de septiembre, el circuito italiano acogió el primer test europeo de la liga A2RL, con monoplazas sin piloto que completaron una carrera de 12 vueltas, dejaron un choque por alcance y mostraron un ritmo de evolución que sorprendió incluso a los responsables de la categoría.
Qué se vio en Imola: una carrera real sin nadie al volante
La imagen parecía una competición de monoplazas convencional, hasta que se miraba al habitáculo: no había nadie. No fue un experimento de laboratorio, sino una carrera de doce vueltas sobre uno de los trazados más técnicos del automovilismo mundial. En la pista, un coche se detuvo y otro lo golpeó por detrás, el primer incidente real entre dos vehículos de competición sin conductor en Europa.
Los tiempos confirmaron la mejora. La pole se firmó en 1:37.394, según los tiempos oficiales de la prueba, a menos de un segundo de la referencia humana que manejaba la organización durante el fin de semana. Ya no se trata de prototipos rodando con cautela, sino de monoplazas que aceleran, trazan y compiten con una agresividad cada vez más parecida a la de un piloto.
El ganador fue el equipo emiratí Kinetiz, que cruzó meta casi 11 segundos por delante del alemán Constructor Racing. Parte de la carrera se decidió por un fallo técnico que dejó fuera a los favoritos, otro recordatorio de que el error mecánico y el software siguen formando parte del espectáculo.
De Abu Dabi a Europa: la lógica de una categoría que acelera
La liga nació en Abu Dabi con un objetivo explícito: empujar los límites de la inteligencia artificial y la robótica sobre ruedas. Imola fue su primera gran salida internacional y sirvió para demostrar que los equipos ya no dependen de adaptar lógica exterior: todos compiten con el mismo chasis y dedican casi todos sus recursos a entrenar el software de percepción y decisión.
Los monoplazas son Dallara SF23 modificados, denominados EAV-24 y EAV-25, con motor Honda K20C1 turboalimentado de 2,0 litros y 550 caballos. Cada coche equipa siete cámaras Sony, cuatro radares ZF y tres escáneres lidar, además de ordenadores con GPU de alto rendimiento. El reparto técnico es idéntico para todos; lo que marca la diferencia es el algoritmo.
Esa uniformidad convierte a la categoría en un laboratorio acelerado: la evolución no depende de una pieza más ligera ni de una mejora de motor, sino de cuánto aprende el sistema cada mes. Y los tiempos de Imola indican que la curva de aprendizaje es vertical.

La próxima cita de la liga regresará al circuito de Yas Marina, en Abu Dabi, todavía sin fecha cerrada. Antes de esa vuelta a casa, el test europeo deja una fotografía útil para entender qué es viable y qué falta por madurar. El público del sur de Europa pudo comprobar, además, que la categoría no necesita pilotos para generar incidentes y remontadas.
Lo que el test de Imola dice de la conducción autónoma (y lo que puede venir)
Rodar a menos de un segundo del ritmo humano en Imola no es una anécdota menor. El trazado italiano castiga la frenada, la tracción y la gestión de neumático; acercarse a la referencia de un piloto de competición en ese escenario implica que los sistemas de percepción y control trabajan ya con márgenes de error muy reducidos. No es conducción autónoma de autopista, sino gestión deportiva del límite.
En términos de conducción autónoma, Imola no es un lugar fácil. Las curvas Rivazza y Acque Minerali obligan a leer adherencia y a decidir en milisegundos; que un software sostenga ritmo de competición allí indica que la percepción 360 grados y la planificación de trayectoria ya no son el cuello de botella. El siguiente reto es la interacción: leer al rival, anticipar un bloqueo o decidir cuándo ceder espacio sin contacto.
Para el aficionado español, la lectura es doble. Por un lado, la tecnología que se exhibe en circuito es hermana de los sensores y algoritmos que, con más prudencia, van llegando a la calle. Por otro, demuestra que la competición sin conductor puede tener tensión real: un fallo de software no es una simulación, es una carrera decidida por una colisión y una diferencia de once segundos.
Lo que hace un año parecía un ensayo conservador se ha medido ya en Imola: menos de un segundo de diferencia, doce vueltas de carrera y ningún humano al volante.
Habrá que observar qué calendario confirma la categoría y cuándo llega el siguiente salto: adelantar en curva, gestionar banderas o resolver un safety car virtual sin intervención humana. Cada uno de esos pasos dirá más del futuro del coche autónomo que muchos anuncios comerciales.
📌 Datos clave internacional
- La cifra a enmarcar: 1:37.394, la pole de la primera carrera europea de monoplazas autónomos, a menos de un segundo del ritmo humano.
- Consejo práctico: si sigues las pruebas de coches autónomos, fíjate en los tiempos por vuelta y no solo en la velocidad punta: muestran la evolución real del software de competición.
- Así te afecta: el test de Imola acelera los sensores y algoritmos que, con más calma, llegarán a la conducción autónoma de calle y a los coches que se compren o alquilen en Europa.


