El Nissan Micra de 1989 que resucita tras 20 años en un garaje: el ‘barn find’ que emociona a los clásicos

La historia de un Nissan Micra K10 que permaneció más de 20 años encerrado en un garaje de Preston, el emotivo intento de devolverlo a la vida y el vínculo familiar que lo convierte en mucho más que un coche.

Hay historias de coches clásicos que nacen de una subasta millonaria, de un garaje secreto en Montecarlo o del empeño de un coleccionista obsesivo. Pero la que nos ocupa hoy es más real, más íntima. Implica a un Nissan Micra matriculado en 1989, a una familia de las afueras de Preston y a un nieto que, hasta hace apenas unos días, casi no recordaba haber viajado en él.

El canal The Late Brake Show ha desenterrado uno de esos hallazgos de granero —o ‘barn find’— que estremecen a los aficionados del automóvil. Su presentador, Johnny Smith, relata que el coche fue adquirido nuevo por un hombre que, trágicamente, falleció apenas un año después. La familia decidió conservar el vehículo en el garaje familiar, donde ha permanecido más de dos décadas acumulando polvo y recuerdos, hasta que el nieto, Chris, contactó con el programa buscando consejo sobre qué hacer con él.

Un encargo familiar que terminó en duermevela

Durante la conversación inicial, Chris explica que su abuelo compró el Micra en 1989 con un propósito muy concreto: dar la bienvenida a su primer nieto. De hecho, el primer viaje del pequeño Chris desde el hospital hasta casa fue en aquel coche. “Es mi primer viaje en automóvil”, confiesa emocionado. La fatalidad quiso que el abuelo muriera al año siguiente, pero el vehículo no desapareció. La abuela, que ahora tiene 96 años y padece demencia, apenas lo utilizaba para recados puntuales durante las vacaciones escolares. Esos trayectos esporádicos, con los niños en el asiento trasero y la abuela al volante, son los únicos recuerdos borrosos que Chris conserva.

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Lo insólito es que el Micra apenas ha visto la luz en estos años. Según detalla Johnny Smith, el coche salió brevemente del garaje a mediados de la década de 2000, cuando un tío de Chris atravesó dificultades económicas y lo utilizó durante un año. Después, volvió a dormir. En total, el Micra ha pasado el equivalente a dos décadas encerrado. El cuentakilómetros apenas marca 49.000 millas, una cifra ridícula para un vehículo con 37 años a sus espaldas.

“Si este coche hubiera soportado 30 inviernos en carretera, no estaría aquí. Por eso casi no quedan unidades.”

— Johnny Smith, creador de The Late Brake Show

El ‘barn find’ en estado puro

Cuando la puerta del garaje —oxidada y quejumbrosa— se abre por fin, la imagen es la de una cápsula del tiempo ochentera. El pequeño hatchback japonés, en color burdeos, aparece cubierto por una pátina de polvo y manchas de humedad, pero asombrosamente entero y sin modificaciones. No hay taladros para altavoces, ni paragolpes rotos. Chris comenta que la familia siempre fue muy cuidadosa y que, a pesar de la falta de uso, el coche nunca fue canibalizado ni alterado.

Smith inspecciona los bajos y los pasos de rueda y se sorprende de lo sano que está. La peor zona es una pequeña burbuja de corrosión en la esquina de la puerta del conductor y un parche de soldadura en la esquina trasera, probablemente un arreglo de la última ITV. Pero los largueros, los estribos y el vano motor se conservan notablemente libres de óxido. “Es tremendamente recto”, sentencia Smith, antes de señalar que la escasez del modelo hace que este hallazgo sea aún más especial. El K10, la primera generación del Micra, fue un coche que estuvo en todas partes hasta que, de repente, desapareció. Las versiones más modernas y redondeadas (K11) aniquilaron su legado visual.

Bajo el capó: la mecánica de un superviviente

La gran incógnita es si el motor 1.2 de 8 válvulas —con su particular carburador controlado electrónicamente— despertará después de tanto tiempo. El ritual de resurrección que sigue el equipo de The Late Brake Show es ya una seña de identidad: bujías fuera, un poco de aceite en los cilindros, revisión del distribuidor y del rotor, y combustible fresco introducido desde un depósito auxiliar. Smith apuesta por no arriesgarse a usar la gasolina rancia del tanque original.

Con todo listo y una batería nueva prestando corriente, Chris se sienta al volante mientras Smith maneja la bomba de combustible manual. El momento de la verdad llega con un primer giro de llave: el motor tose, expulsa una nube de polvillo acumulado en el primer cilindro y, tras unos segundos de titubeo, arranca. No consigue mantener el ralentí de forma estable —el mecanismo del starter automático podría estar agarrotado—, pero el rugido es suficiente para arrancar una sonrisa a los dos. “Ya hemos ganado”, celebra Smith con la contenida emoción de quien ha revivido decenas de coches sin esperar milagros.

Más que un coche, un catalizador emocional

El verdadero valor de este tipo de hallazgos, en palabras del presentador, no está solo en sacar un coche del olvido, sino en actuar como catalizador para las familias. Chris y sus padres estaban vaciando la casa de la abuela y el destino del Micra era una pregunta incómoda. La experiencia de verlo rodar y de oírlo funcionar, sin embargo, tiene un poder transformador. “Mi esperanza es que esto motive a los propietarios a devolverlo a la carretera si deciden quedárselo o, al menos, a que el coche emprenda su siguiente viaje”, reflexiona Smith. La implicación es clara: el Micra ya no es un trasto que estorba, sino un proyecto con alma y un enlace tangible con la historia familiar.

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Para los aficionados a los clásicos japoneses, el dato más curioso es que los bajos del K10 sirvieron de plataforma para las exóticas recreaciones de la fábrica Pike de Nissan: modelos como el Figaro, el Be-1 o el S-Cargo compartían genes con este humilde utilitario. Así que tras el polvo de un garaje de Preston se esconde, en cierta forma, el germen de toda una generación de coches de culto.

El futuro inmediato del Micra pasa por una limpieza a fondo y una evaluación más exhaustiva, pero el paso más difícil ya está dado. Ha vuelto a latir un corazón que llevaba dos décadas en silencio. Y cuando el nieto que usó aquel coche para volver a casa recién nacido lo vea rodar de nuevo, el círculo estará más que cerrado.

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