El presidente de la FIA asegura tener 160 coches americanos con motor V8 en su colección privada. Lo contó él mismo, sin paños calientes, durante una conversación distendida en el Gran Premio de Estados Unidos celebrado en Austin a finales de octubre: los coches europeos, vino a decir, le parecen cajas de cerillas.
No es la ocurrencia de alguien ajeno al sector. Mohammed Ben Sulayem, excampeón de rally y hoy máximo responsable de la federación internacional, se mueve entre despachos y garajes con la misma soltura. En los primeros defiende devolver a la Fórmula 1 mecánicas más simples y con V8; en los segundos atesora una de las colecciones más heterogéneas del planeta.
El origen de esa querencia está en su infancia. Creció en los Emiratos Árabes Unidos, con carreteras amplias, combustible barato y espacio de sobra para coches largos y pesados. Es la misma ecuación que explica el mercado estadounidense: allí el V8 no es un capricho, es una forma de entender la carretera. ‘Me encantan los V8 americanos’, resumió durante la charla.
La comparación con las cajas de cerillas tiene más de sentencia estética que de chiste. El dirigente emiratí sostiene que los coches estadounidenses tienen presencia —volumen, ruido y una sensación de libertad— y que el automovilista europeo ha ido perdiendo ese atributo entre normativas y plataformas compartidas.
Donde Europa mira gramos de CO2 y eficiencia, el presidente de la FIA mira un coche que ha dejado de imponer; la brecha es cultural antes que técnica.
De dónde sale la devoción por el V8 americano
Ben Sulayem no se limita a comprar. Buena parte de su parque son restomods, clásicos desmontados y reconstruidos con mecánica y frenos modernos. Él mismo describe el proceso: cortar el chasis delantero, recolocar el motor, ajustar suspensiones, dirección y frenos hasta que el coche gire y frene como uno actual.
Ahí está su disfrute. Pagar a un especialista varios cientos de miles de euros por un coche terminado le parece aburrido; el viaje, dice, está en probar y corregir. En ese camino los nombres se repiten: Cadillac, Chrysler Imperial y Lincoln, los grandes sedanes que en Estados Unidos llaman road boats, barcos de carretera. Si solo pudiera quedarse con uno, se queda con un Cadillac.
La colección completa es otra cosa. Conviven un Mercedes-AMG One, un Ferrari Daytona SP3, un Bugatti Bolide, un Koenigsegg Agera RS, un Lexus LFA o un GMA T.50 con un Jaguar XJ220, un Mercedes 300SL y un Ferrari F40. Hay incluso una pickup Studebaker única con mecánica de BMW M3. El valor del conjunto no está confirmado: las estimaciones que circulan lo sitúan en unos 90 millones de euros, en torno a 100 millones de dólares, sin cifra oficial.
Cajas de cerillas: la frase que incomoda en Europa
La salida de tono también tiene lectura deportiva. El presidente de la FIA lleva meses defendiendo un reglamento de motores más barato y sencillo para la Fórmula 1, y ha llegado a plantear el regreso del V8 a medio plazo. Su frase sobre las cajas de cerillas encaja con ese relato: menos tecnología exótica, más sonido y más espectáculo.
En Europa suena a provocación. El mercado del continente ha convertido el downsizing en doctrina: cilindradas cada vez menores, hibridación obligatoria, ciudades que penalizan el consumo y un motor V8 prácticamente extinguido en los catálogos generalistas. El coche medio europeo es más eficiente que nunca y también más discreto.
Conviene separar el gusto personal del diagnóstico. Que un dirigente prefiera un Cadillac de los años sesenta no invalida la electrificación europea; simplemente evidencia que el automóvil no significa lo mismo a ambos lados del Atlántico. Allí el tamaño es estatus. Aquí, cada vez más, es un problema de aparcamiento y de etiqueta ambiental.
Lo que el pulso del V8 dice del motor europeo y de España
En España el V8 es hoy una rareza de importación. El impuesto de matriculación penaliza las emisiones de CO2, el precio de los carburantes no invita a grandes cilindradas y los fabricantes han retirado del catálogo casi todos los bloques de ocho cilindros que hace una década eran habituales en las gamas altas. Lo que queda se compra por pasión, casi siempre de segunda mano, y se mantiene por afición.
Por eso la comparación escuece y divierte a partes iguales. Escuece porque señala una verdad incómoda: el coche europeo ha ganado eficiencia y ha perdido presencia física. Divierte porque quien lo dice dirige la federación que regula el motorsport mundial desde un garaje lleno de barcos de carretera.
La conexión con el lector español está en el retrovisor. Quien creció escuchando un V8 sabe que ese sonido no se sustituye con una cifra de potencia. Quien no, probablemente lo descubra en un clásico popular o en una concentración de fin de semana. Mientras Europa legisla a golpe de gramos de CO2, Estados Unidos sigue vendiendo pickups de gran cilindrada y la afición reivindica el ruido como patrimonio industrial.
El próximo hito está en la Fórmula 1. Con la temporada 2026 afrontando su recta final, el debate sobre los motores de la próxima década seguirá sobre la mesa y el dirigente emiratí mantendrá ahí su pulso con los fabricantes. Si algún día vuelve el V8 a la parrilla, la frase de las cajas de cerillas habrá sido bastante más que una ocurrencia de sobremesa.
📌 Datos clave internacional
- La cifra a enmarcar: 160 coches americanos con motor V8 en la colección del presidente de la FIA, un garaje que las estimaciones no oficiales valoran en unos 90 millones de euros.
- Consejo práctico: si te atrae el sonido del V8, calcula antes el coste fiscal y de carburante en España; importar un clásico americano exige homologación y sale caro.
- Así te afecta: confirma que la gran cilindrada quedará en España como afición de segunda mano mientras Europa legisla por emisiones, y que el gusto americano y el europeo siguen separándose.

