Lamborghini Countach mantenimiento: Harry’s garage se despide de su QV para una costosa restauración

El conocido youtuber automovilístico despide a su Lamborghini Countach QV con un último paseo por Gales antes de afrontar una costosa puesta a punto estética. Lo que no esperaba era que un problema en la transmisión postergara los planes.

Harry Metcalfe, el alma detrás del canal Harry’s garage, sabe que mantener un icono como el Lamborghini Countach QV no es barato. Después de 16 años con su unidad de 1987, el británico afronta ahora dos frentes: la tan ansiada restauración estética y un contratiempo mecánico que nadie vio venir.

Una última excursión por las carreteras de Gales

La cita empieza con un paseo de despedida. Metcalfe conduce su Countach hasta el lago Bala, en el norte de Gales, escenario de veranos infantiles y carreteras que conoce al dedillo. El coche ha recorrido más de 30.000 kilómetros desde que lo compró, y aunque el motor, la suspensión y la caja de cambios se reconstruyeron a conciencia, la pintura ha ido acumulando achaques que ya no quiere ignorar.

El reciente ajuste del varillaje del acelerador ha transformado el comportamiento del V12, que ahora responde con precisión. En carreteras estrechas y con límites de 20 millas por hora que Harry se toma con humor, la sinfonía del motor y el tacto ligero de la dirección hacen que todo merezca la pena. Recuerda que una vez, hace años, se topó con una vaca en mitad de la calzada en esta misma zona; hoy solo cruza a algún coche despistado. Y en dias así, con el calor apretando, la ausencia de aire acondicionado se hace notar: bajar ambas ventanillas es la única opción.

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El V12 de 5.2 litros sigue demostrando una salud envidiable. Las cifras que Fast Lane obtuvo en su día —10 segundos para alcanzar las 100 millas por hora— se sienten con una contundencia que los frenos de la época no logran igualar. “Los frenos están, pero no son los de hoy; tocarlos y ya frenas, pero en una frenada fuerte no inspiran la confianza de unos carbocerámicos modernos”, comenta Metcalfe mientras corona uno de los puertos.

El repaso minucioso a las heridas de la carrocería

Tras el paseo, Harry detalla los desperfectos que le llevan a pintar el coche. Las piezas cuentan su propia historia: grietas de tensión en las esquinas de los paneles, corrosión incipiente en los bordes inferiores de las puertas donde se acumula el agua, ampollas en el alerón trasero causadas por la humedad que dilata la espuma interior, y un tapón de combustible que cada vez que lo mira pide a gritos una mano de pintura. “Lo veo tantas veces que ya me molesta de verdad”, confiesa.

El capó de carbono es otra decisión delicada. La fibra de la tapa del motor QV deja ver el trenzado, como el de un Ferrari F40. El especialista cree que, si se pinta, el dibujo volverá a marcarse en un año por el calor; Harry prefiere dejarlo como está, con sus pequeñas grietas que él asume como cicatrices de batalla. Esas marcas tienen pedigrí: según reveló Metcalfe en una conversación con el propio Horacio Pagani, fue el joven argentino quien, en sus inicios en Lamborghini, laminaba a mano estas piezas y las firmaba. “Probablemente esta la hice yo”, le confesó Pagani. Un detalle que añade presión a cualquier decisión sobre el acabado.

En el taller también reposa otro Lamborghini amarillo que está a punto de viajar a California para una celebración. Su restauración ha obligado a reconstruir completamente el marco de los pilotos traseros porque, tras un golpe, en fábrica le montaron unas ópticas del SV que nunca encajaron; ahora vuelve a lucir los grupos ópticos originales gracias a un trabajo de chapa casi artesanal. La escena sirve para subrayar el nivel de detalle que exige la marca del toro.

Un crujido en segunda que cambia todos los planes

Cuando todo parecía listo para dejar el coche en manos del pintor, un ruido estridente al engranar la segunda marcha despertó todas las alarmas. Metcalfe notó un crujido metálico que antes no existía y, al dar la vuelta para hacer las fotos del reportaje con el equipo de Evo magazine, supo que algo grave pasaba. La marcha atrás también se comporta de forma extraña, y ambos síntomas aparecieron de repente, lo que descarta un desgaste progresivo.

“No, esto realmente no va bien. Creo que se ha roto algo; no es un desgaste progresivo, fue repentino.”

— Harry Metcalfe, en Harry’s garage

El mecánico de confianza confirma que la caja de cambios reconstruida años atrás ha sufrido un fallo súbito, probablemente mientras el coche estaba en manos de Evo para una prueba de superdeportivos de los 80. Toca sacar de nuevo el motor y la transmisión con la grúa, desandar lo andado apenas un lustro después de aquella costosa intervención.

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La pintura —un trabajo de miles de euros que iba a realizar un especialista con amplia experiencia en Miura y Countach— queda en pausa hasta conocer el alcance económico del desaguisado mecánico. Metcalfe lo resume con una mezcla de resignación y humor: “Pensé que solo venía a por un poco de pintura… y ya veis”. La lección para cualquier propietario de clásicos es tan antigua como vigente: en un coche tan complejo, la próxima factura gorda nunca está lejos.

Mientras esperamos la actualización prometida en unas semanas, el Countach QV permanece en el taller, con su última salida aún resonando en la memoria del propietario y un interrogante de cinco cifras sobre la mesa. La historia, por supuesto, continuará en el canal.

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