No resulta extraño que en los albores del automóvil varias empresas compartieran denominación con la revista que profetizó el nombre del invento. Autocar fue una palabra nueva, sugerente y casi genérica, y por eso apareció tanto en la cabecera de un pionero estadounidense como, décadas después, en la del primer fabricante israelí de automóviles. Esta es la historia de cómo la ambición de un país recién nacido alumbró el Sabra y el Carmel, dos modelos tan curiosos como desconocidos fuera de Oriente Próximo.
Las claves de esta historia
- Lo más importante: Autocars Ltd, fundada en los años 50 en Haifa, se convirtió en el primer fabricante israelí de automóviles de turismo y produjo el deportivo Sabra y la berlina Carmel.
- No te lo puedes perder: El Sabra combinaba un chasis evolucionado por Reliant y un motor Ford de 1,7 litros, todo envuelto en una carrocería de plástico que encarnaba la filosofía ligera de la época.
- Cifras y producción: En 1963 la planta alcanzó un ritmo anual superior a las 2.000 unidades; hasta su cierre en 1980, Autocars fabricó decenas de miles de vehículos.
De Pittsburgh a Haifa: el nombre que cruzó el Atlántico
Antes de que Israel soñara con coches propios, el nombre Autocar ya había echado raíces en Estados Unidos. En 1897, el ingeniero Louis Semple Clarke presentó The Pittsburgher, su primer vehículo, y dos años después fundó The Autocar Company con un capital de un millón de dólares (unos 30 millones de euros actuales). Henry Sturmey, editor fundador de la revista The Autocar, visitó la fábrica en 1899 y relató un ambicioso plan: una nueva planta de tres acres y medio capaz de ensamblar diez vehículos diarios. Aquel pequeño runabout de 4 CV, dos cilindros y dos plazas costaba 500 dólares antes de impuestos y, pese a un neumático propenso a desinflarse, Sturmey lo encontró «excelente en carreteras muy malas». Sin embargo, para 1911 The Autocar Company había abandonado los turismos y se había convertido en un fabricante de camiones de servicio severo, actividad que mantiene hasta hoy desde Alabama.
Décadas después, el término «Autocar» ya sonaba anticuado. Pero en 1956, dos emprendedores israelíes, entre ellos Yitzhak Shubinsky, lo rescataron para bautizar su proyecto: Autocars Ltd. Había nacido la primera compañía automovilística del joven Estado de Israel.
El Sabra: un coche nacido de un encuentro fortuito
La semilla del Sabra se plantó en 1960. Shubinsky acudió al Racing and Sports Car Show de Londres y allí vio, en proximidad casi casual, un chasis novedoso y una carrocería de plástico de un kit car. La idea fue inmediata: combinarlos para crear un deportivo ligero destinado a la exportación a Estados Unidos. Para ejecutarla, Shubinsky recurrió al especialista británico Reliant, que ya colaboraba con Autocars en la fabricación de la furgoneta de plástico Sussita. Tras revisar a fondo el chasis y acordar la compra de motores Ford de 1,7 litros y cuatro cilindros, Reliant dio forma al Sabra, un descapotable de dos plazas con carrocería de fibra de vidrio.

La revista Autocar probó el modelo y dictaminó: «Tiene un rendimiento aceptable, es fundamentalmente seguro, divertido de conducir y económico de mantener». No era una declaración entusiasta, pero sí lo suficientemente sólida para un producto que pretendía ganarse un hueco entre los pequeños deportivos británicos de la época. En paralelo, Reliant produjo su propia versión bajo el nombre de Reliant Sabre, con idéntica base pero vendida en el mercado doméstico.
El Carmel y la quimera del mercado americano
En 1963, la planta de Haifa ya funcionaba a un ritmo de más de 2.000 unidades anuales y acababa de presentar el Carmel, una berlina que Autocar calificó como «el primer automóvil de pasajeros puramente israelí». La observación resultaba generosa: el Carmel guardaba un parecido asombroso con el Reliant Regal, aunque montaba una cuarta rueda y recurría a componentes locales. Un fabricante de muebles metálicos se encargó de los bastidores del chasis, mientras otros proveedores israelíes suministraban vidrio, tapicería, muelles de suspensión y materiales de guarnición.
A lo largo de la década llegaron más evoluciones. Autocars incorporó piezas de Triumph y del fabricante japonés Hino, buscando siempre la fórmula para mantener el precio bajo y la producción constante. Sin embargo, el gran objetivo —conquistar los concesionarios americanos— nunca se materializó. Apenas un puñado de Sabra y Carmel cruzó el Atlántico, y la ilusión exportadora se fue apagando.
Autocars Ltd demostró que una nación sin tradición automovilística podía diseñar, fabricar y exportar vehículos con personalidad propia.
El final de una anomalía industrial
La aventura de esta particular compañía encarna, en menos de veinticinco años, todos los dilemas del pequeño fabricante periférico durante la segunda mitad del siglo XX. Su modelo de negocio dependía de tres pilares frágiles: una ingeniería prestada por un especialista foráneo (Reliant), unos motores adquiridos a un gran grupo (Ford) y un mercado interior minúsculo que obligaba a mirar hacia la exportación. Cuando el sueño americano se deshizo, la viabilidad económica quedó en entredicho.
Comparado con otros intentos coetáneos —desde Saab en Suecia hasta Autobianchi en Italia—, Autocars carecía de la masa crítica industrial y de la red comercial que aseguraran la continuidad. En 1970 el nombre Autocars desapareció y la empresa acabó cerrando en 1980, después de haber fabricado decenas de miles de vehículos que, pese a todo, movilizaron a una generación de israelíes. Hoy apenas sobrevive algún Sabra en manos de coleccionistas, y el nombre que unió Pittsburgh, Tamworth y Haifa apenas resuena fuera de los archivos de la revista que lo vio nacer.

