Cuando en 1956 Fiat presentó el 600 Multipla, el catálogo italiano sumó un modelo que desafiaba las proporciones habituales: un vehículo de apenas 3,53 metros de largo capaz de alojar a seis ocupantes gracias a una arquitectura de motor trasero y un habitáculo diáfano. La revista británica Autocar, que ha rescatado ahora su propio archivo, lo definió entonces como «la aproximación más cercana a meter un cuarto de galón en una pinta». Una declaración de principios sobre el aprovechamiento del espacio que, con el paso de las décadas, convertiría a aquel utilitario en el antecedente directo del monovolumen moderno.
Las claves de esta historia
- Lo más importante: El Fiat 600 Multipla demostró en 1956 que un vehículo de menos de 3,60 metros podía ofrecer seis plazas reales y una modularidad interior sin precedentes, gracias a una plataforma de motor trasero y a la eliminación del túnel de transmisión.
- No te lo puedes perder: La prensa de la época quedó fascinada por su capacidad de transformación: los asientos traseros se plegaban en segundos y el piso plano permitía —según un propietario entusiasta— dormir, comer e incluso jugar a las cartas dentro del coche.
- Cifras y cotización: Se produjeron casi 250.000 unidades entre 1956 y 1965. En el Reino Unido se vendió por 799 libras (unas 17.000 libras actuales) y su consumo medio era de 5 litros a los 100 kilómetros.
La fórmula mágica: motor trasero y piso plano
El secreto del Multipla residía en una receta de ingeniería que hoy parece sencilla, pero que en los años cincuenta suponía un ejercicio de optimización casi obsesivo. Sobre la misma plataforma del Fiat 600 berlina, con una batalla de 2.000 milímetros, los ingenieros de Turín reubicaron todos los elementos mecánicos para liberar el habitáculo. El pequeño motor de cuatro cilindros y 633 cc, que rendía 22 CV en la versión original, seguía colgado tras el eje posterior, una decisión que eliminaba el voluminoso túnel de transmisión y permitía un piso completamente plano desde el parabrisas hasta la zaga.
Como describía Autocar en su primera prueba, «apenas se desperdicia una pulgada cúbica de espacio». La ausencia de un bloque motor en el morro dejó que los asientos delanteros se situasen justo sobre las ruedas delanteras, y detrás de ellos se extendía una superficie diáfana susceptible de configurarse a voluntad. Con los cuatro asientos traseros abatidos, la plataforma se convertía en una cama de casi dos metros; con ellos desplegados, seis adultos podían viajar sin la sensación «de sardinas en lata», citando de nuevo a la revista británica.
La ligereza de la carrocería monocasco, que apenas superaba los 700 kilos en orden de marcha, hizo el resto. Esa frugalidad mecánica se traducía en cifras de conducción modestas —una velocidad de crucero real de 70-80 km/h— pero en un consumo ridículo: 5,0 litros cada 100 kilómetros, según las mediciones de la época. «El coche mantiene indefinidamente los 45-50 mph», relataba un propietario en una carta publicada por Autocar, «y el consumo medio ha sido ligeramente mejor de 47 millas por galón».
Un coche para vivir dentro: la experiencia de los primeros usuarios
Más allá de los datos técnicos, lo que realmente asombró a la prensa y a los compradores fue la capacidad del Multipla para transformar un espacio minúsculo en un entorno casi doméstico. La carta remitida por un tal M. Ogle, publicada en la revista poco después del lanzamiento británico en 1957, es un testimonio revelador de esa versatilidad. «Mi esposa y yo dormimos en el coche sobre colchonetas de aire, e incluso comimos dentro los días de lluvia, con una mesa plegable que se puede instalar en el interior», escribió. Los viandantes, añadía, se quedaban «verdaderamente asombrados, y con razón: dudo que haya otro coche en el mundo tan adaptable».
Esa flexibilidad se conseguía sin renunciar a ciertas comodidades inesperadas. La rueda de repuesto iba alojada delante del asiento del acompañante, sin molestar a personas altas, y el acceso al motor trasero era, en palabras del cronista, «lo más sencillo posible». La orientación de las plazas traseras plegables, además, permitía configurar rápidamente una zona de carga de 150 kilos de capacidad útil, sin necesidad de cargar pesos sobre superficies inestables. No es de extrañar que, en apenas una década, casi un cuarto de millón de unidades encontraran acomodo entre familias, comerciantes y viajeros con un sentido práctico muy desarrollado.
Fiat había logrado condensar en tres metros y medio todo lo que una familia pequeña necesitaba para desplazarse, dormir y hasta comer, sin que el precio se disparase más allá de lo que costaba un utilitario convencional.
Prototipos que se adelantaron sin éxito
Si la pregunta es si el Fiat 600 Multipla fue el primer monovolumen de la historia, la respuesta es tan afirmativa como matizable. Sí fue el primero en alcanzar la producción en serie con esa configuración de habitáculo modular y motor posterior, pero la idea había merodeado por los salones del automóvil desde antes de la Segunda Guerra Mundial.
En 1939, durante el Salón de Berlín, el ingeniero alemán Karl Schlör presentó un prototipo aerodinámico apodado «el huevo» o «la cochinilla», que sobre un chasis del Mercedes 170H podía alojar a siete personas en 4,30 metros de largo. La revista Autocar se lo saltó entonces, centrada en el icónico Volkswagen, pero aquella carrocería ultraligera ya insinuaba las claves de un habitáculo despejado. Más ambicioso aún fue el Stout Scarab, diseñado en 1945 por el ingeniero aeronáutico estadounidense William Stout. «Este coche no tiene chasis propiamente dicho», escribió la publicación británica al probarlo, «la carrocería está formada estructuralmente, como el fuselaje de un avión». Siete ocupantes, mesa para jugar al bridge, asientos convertibles en divanes… y un precio prohibitivo que, sumado a su aspecto extravagante, condenó al Scarab a no pasar del prototipo.
El legado de un concepto que tardó décadas en cuajar
Resulta curioso constatar que Stout ya acuñaba por entonces una máxima que años después haría famosa Colin Chapman, el fundador de Lotus: «Simplificate — y añade más ligereza». Una filosofía que el propio Multipla llevó a la práctica, aunque a la postre el mercado no supiera leer del todo su propuesta. Hasta la irrupción del Renault Espace en 1984, ningún otro fabricante se atrevió a llevar el concepto del monovolumen a la gran serie con similar vocación doméstica. El Fiat 600 Multipla quedó como el eslabón perdido: un modelo que, sin inventar la idea, la produjo, la hizo asequible y la puso a circular por las carreteras europeas en un momento en el que la practicidad aún no se vestía de moda.
Hoy, seis décadas después, el archivo de Autocar nos devuelve la imagen de un coche que sigue despertando una mezcla de ternura y admiración técnica. Las casi 250.000 unidades fabricadas demuestran que hubo quien supo ver en aquel vehículo de formas cuadradas y ventanas panorámicas una solución inteligente para la movilidad cotidiana. Y, sobre todo, dejan constancia de que el verdadero hito del monovolumen no fue tanto la creación de un nuevo segmento como la demostración de que, con apenas 22 CV y tres metros de chapa, se podía meter toda una vida dentro.
El verdadero mérito del Multipla no fue inventar el monovolumen, sino producirlo en serie a un precio que lo sacaba de los prototipos de lujo y lo convertía en un coche para cualquiera.

