Hay coches que se compran con la cabeza y otros que se compran con el oído. El Morgan Supersport 400 pertenece, sin discusión, a la segunda categoría. Y en Throttle House lo saben: llevan veintitrés minutos disfrutando del problema.
Una fábrica que rema contra la corriente
Antes de arrancar nada, Thomas y James dedican un buen rato a recordar qué es Morgan. La descripción que hacen no es neutra: hablan de una dedicación sin condiciones a la artesanía y a la tradición, de una fábrica casi tan célebre como los coches que salen de ella. En plena marea de electrificación, el canal compara a la marca con un salmón que nada río arriba.
Todos los Morgan, incluidos los nuevos, siguen pareciendo piezas de la primera mitad del siglo pasado, congeladas en el tiempo. Aún asi, la empresa continúa montando a mano cerca de un millar de coches al año. Ese dato, más que cualquier cifra de potencia, explica el resto del análisis.
El Supersport 400 llega con chasis de aluminio remachado, plataforma nueva y una silueta bastante más afilada que la del resto de la gama. Según los presentadores, es justo el tipo de coche capaz de captar a una generación que nunca había mirado hacia Malvern. A ellos, desde luego, les ha llamado la atención.
Seis cilindros de origen BMW y 402 CV
Debajo del capó no hay ningún motor artesanal: hay un seis cilindros en línea sobrealimentado de origen BMW, el conocido B58, asociado a un cambio automático ZF de ocho velocidades. La cifra que maneja el vídeo es de 402 CV, con un 0 a 60 mph de 3,6 segundos. El peso es la otra mitad de la ecuación: el coche pesa apenas el equivalente a uno de los presentadores más que un Mazda MX-5.
Con el techo bajado y sin ventanillas, el resultado es, en palabras del propio Thomas, un coche violentamente rápido. El escape activo de la versión 400 hace el resto: para el presentador es la mejor aplicación del motor B58 que ha escuchado nunca, con un sonido airado cortante y con estallidos que no suenan a artificio de estudio.
Conducirlo se parece bastante al hijo extraño del coche de Cruella de Vil y un bólido de carreras de antes de la guerra.
— Throttle House
Ahí está el gancho emocional del coche: el viento en la cara, el asfalto a centímetros, la sensación de ir montado en algo que no debería existir en 2026 y que sin embargo existe, se vende y se homologa. Y justo entonces llega el matiz incómodo.
Rápido sí, domesticado más bien poco
James y Thomas no esconden el problema. A pesar de que el bastidor está construido con aluminio encolado y remachado, la forma de hacer las cosas de Morgan —heredada, poco ortodoxa— convierte a este Supersport en el coche menos controlado que han conducido en mucho tiempo con esa cantidad de potencia. La frase es suya y conviene tomarla como lo que es: una impresión de conducción, no una medición de laboratorio.
La lectura que hacen no es destructiva. Vienen a decir que la falta de refinamiento forma parte del personaje, igual que el ruido o la ausencia de comodidades. Pero también advierten de que quien se acerque a este coche esperando la precisión de un deportivo alemán va a llevarse una sorpresa.
191.000 dólares y menos de mil unidades al año
El precio sitúa el debate en otra dimensión. Por unos 191.000 dólares, el comprador entra en un territorio donde la competencia ofrece más potencia, más ayudas electrónicas y una red de servicio en cada esquina. Lo que Morgan vende es otra cosa: exclusividad real, producción de menos de mil unidades anuales y la certeza de que nadie más en el aparcamiento tendrá el mismo coche.
Conviene recordar el contexto. Morgan es una de las poquísimas marcas que siguen construyendo deportivos con métodos artesanales, y su entrada en el mercado norteamericano amplía el público potencial sin tocar el proceso productivo. Eso tiene un coste en coherencia dinámica y otro, mucho más visible, en la factura.
Qué significa todo esto para el lector
El vídeo de Throttle House no funciona como recomendación de compra ni como veredicto de laboratorio. Es el retrato de un objeto anómalo, y esa anomalía es justo lo que lo hace interesante. En un mercado donde los deportivos tienden a converger —mismos motores, mismos cambios, mismos modos de conducción—, el Supersport 400 propone exactamente lo contrario: un deportivo británico que se conduce con las manos, el oído y bastante tolerancia a la incomodidad.
Para el lector que sigue la actualidad del motor, la conclusión práctica es sencilla: este coche no compite por cifras, compite por experiencia. Para quien esté pensando en gastarse el dinero, el análisis deja una advertencia clara sobre el control y el comportamiento, y esa advertencia pesa más que cualquier dato de aceleración. Y para el resto queda una idea de fondo: que una empresa capaz de montar a mano menos de un millar de coches al año siga viva en 2026 dice bastante sobre cuánto valoramos todavía lo imperfecto.
La pregunta que queda en el aire no es si el Supersport 400 es mejor o peor que sus rivales. Es si tiene sentido pedirle a un coche artesanal la precisión de una máquina industrial, o si parte de su gracia está precisamente en que no la tenga. Throttle House parece tenerlo claro. Yo, después de escuchar ese seis en línea, también.
Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de Throttle House en YouTube.


