En un rincón industrial de Brooklyn donde el rugido de los motores se confunde con el traqueteo del metro, existe un taller que funciona a ras de suelo. Petrolicious le ha dedicado un breve documental a Ground Level Garage, el espacio donde John Roman mantiene viva la llama de los deportivos japoneses clásicos con una filosofía que funde hot rods, cultura punk y una obsesión casi enfermiza por los detalles de época.
El significado de ‘Ground Level’
El nombre del taller, como explica el propio Roman en el vídeo, alude tanto a los coches bajos —“street cars”— como a su ubicación en una planta baja de Nueva York. “Es cultura de calle, está en el barro, al alcance de cualquiera”, sostiene el mecánico. No son oficinas en un rascacielos; es el taller del barrio, heredero de aquellos garajes que Roman admiraba de niño, donde un tal Rick’s Auto despachaba veinte coches al día entre revisiones y reparaciones de frenos.
De la crisis generacional al Datsun Z
La trayectoria de Roman es un compendio de subculturas: mensajero en bici, barman, aficionado al punk y al hardcore. “Siempre he buscado la manera de ganar el máximo dinero en una semana para pagar coches, piezas y alquiler de garaje”, confiesa en el documental. Esa mentalidad hágalo usted mismo (DIY) le llevó a chocar con una brecha generacional: los boomers con sus hot rods y los millennials con los turbos japoneses de Fast & Furious. “Yo estaba entre un Nova del 68 y un Mazda RX-7. No sabía qué elegir hasta que un amigo me habló del Datsun Z”, relata.
El Z, según destaca Petrolicious, fue la síntesis perfecta: tracción trasera, suspensión independiente, un seis cilindros que rivalizaba con los muscle cars de la época pero con la agilidad de un deportivo europeo. “Era la mezcla exacta de todo lo que me gustaba, en un paquete asequible para cualquiera”, dice Roman. Así nació su pasión por estos vehículos, una pasión que le llevaría a convertirse en un auténtico experto en la materia.
La estética boso y el detalle invisible
Más allá de la mecánica, lo que distingue a Ground Level Garage es una estética muy concreta que Roman ha ido puliendo. “Muchas de mis referencias vienen de la cultura kaido racer y boso de Japón”, explica. Se trata de una subcultura automovilística japonesa con un código visual estricto, casi regimentado, pero con una filosofía que él compara con el punk y el skateboarding: “totalmente DIY, fuera de la ley”. Roman persigue que sus coches parezcan sacados de un número de la revista Young Auto de finales de los ochenta, con piezas de la epoca, colores y detalles que el 99% de la gente no notará. “Pero a mí me importa. Es mi homenaje perfecto a lo que me inspira”, afirma.
Ese cuidado obsesivo convierte a cada Datsun Z en un tributo a una era. “Si voy a hacerlo, quiero que sea exactamente lo que amo, aunque le dé mi toque personal”, sostiene el mecánico. Y no es solo postureo: Roman ha desmontado y vuelto a montar cada tornillo de su propio Z, ha afinado motores y está preparando un segundo bloque para el futuro.
‘Si no tuviera esto, no tendría razón para estar en este mundo. Sé que estoy aquí para esto y estoy dedicado a ello, pase lo que pase’.
— John Roman, propietario de Ground Level Garage
El salto a taller propio
Convertir la afición en un negocio no fue sencillo. Roman habla de años muy duros, con el taller al borde del cierre. “Hubo un par de temporadas complicadas en las que la gente a mi alrededor sufrió conmigo”, recuerda. La ayuda de amigos fue clave para mantener el flujo de clientes. Esa travesía, paradójicamente, le otorgó la confianza necesaria para superar el síndrome del impostor y empezar a seleccionar los encargos que realmente le apasionan. “Ahora puedo ser un poco más exigente con los trabajos que acepto”, dice.
La experiencia le ha convertido en un referente para los propietarios de Z en la Costa Este. Pero pese a la posibilidad de expandirse, Roman se resiste. “Si tuviera más espacio, vería a más clientes, pero dejaría de ver a mi comunidad”, reflexiona. Para él, el taller es un pilar del barrio, un lugar que le ha dado todo y al que siente que debe devolver algo.
Más que un negocio: un hogar comunitario
La última parte del documental de Petrolicious captura esa dimensión casi espiritual. “Todo lo que he construido está aquí. Amo este lugar, me siento en deuda con él”, confiesa Roman. El taller no es solo una fuente de ingresos, sino el centro de una red de aficionados que comparten la misma devoción por los viejos japoneses. En una ciudad donde los alquileres disparados amenazan los espacios de creación, Ground Level Garage se erige como un refugio de autenticidad.
La historia de John Roman demuestra que la cultura del motor puede ser mucho más que coches: es identidad, memoria y resistencia. El tipo que empezó cambiando bujías en un Civic ha terminado construyendo un templo donde los Datsun Z no solo se reparan, sino que se entienden como objetos de culto. Y todo, desde la planta baja.
Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de Petrolicious.

