El regreso del Citroën 2CV al Salón de París llegó con fecha y con precio: 2028 y unos 15.000 euros antes de ayudas públicas.
No fue un gesto de nostalgia ni una vitrina de museo. El prototipo expuesto en el certamen parisino —con su derivación comercial Fourgonette— anticipa un utilitario eléctrico de menos de 200 kilómetros de autonomía que aspira a repetir la ecuación del original: sencillez, ligereza y economía de compra y de uso. La operación, adelantada por la información publicada por El Mundo Motor, admite una segunda lectura, y es la que de verdad importa al sector: la herencia como arma comercial frente a las marcas chinas.
Las claves de esta historia
- Lo más importante: Citroën resucita el 2CV en 2028, ochenta años después de su nacimiento, con un precio objetivo de 15.000 euros y una autonomía que no pasará de 200 km.
- No te lo puedes perder: el prototipo regresa al mismo salón que lo vio nacer en 1948 y lo hace con versión comercial Fourgonette, la variante que motorizó al pequeño comercio francés durante décadas.
- Cifras y mercado: más de cinco millones de unidades fabricadas entre 1948 y 1990, según el registro de producción de la marca, frente a los treinta años de historia industrial de BYD —fundada en 1995, coches desde 2003— o Geely, en el negocio del automóvil desde 1997.
Un 2CV eléctrico con la misma ecuación: menos peso, menos precio
La apuesta tiene lógica interna. El 2CV original no fue un coche bonito ni rápido: fue un objeto de 375 cc refrigerado por aire, techo de lona, asientos desmontables y un peso que rondaba los 500 kg en sus primeras series. Su éxito —más de cinco millones de unidades entre 1948 y 1990, cifra que recoge la ficha histórica del modelo— se construyó sobre una promesa muy concreta: movilidad elemental a precio de utilitario. El 2CV6, con 602 cc y 29 CV, se vendió hasta 1990 sin traicionar ese contrato.
El 2CV de 2028 se juega lo mismo. Los 15.000 euros antes de ayudas quedan por debajo de la banda en la que se colocan los revivals eléctricos de acceso —entre 20.000 y 25.000 euros en sus versiones básicas—, y los 200 km de autonomía encajan con un uso urbano y periurbano, justo aquel en el que el original tampoco prometía más. Si además se fabrica en Europa, encajaría en la categoría que Bruselas quiere privilegiar: los e-cars o M1E, eléctricos asequibles de hasta 4,20 metros y producidos en suelo comunitario.
Conviene detenerse en la variante comercial. La Fourgonette no es un guiño folclórico: fue durante décadas el vehículo de reparto de panaderos, floristas y carteros. En clave eléctrica, una furgoneta pequeña, barata y de mantenimiento mínimo tiene hueco real en el reparto de última milla, un segmento donde la lógica del 2CV —coste por kilómetro antes que equipamiento— vuelve a ser argumento de venta.
La herencia no se compra con publicidad

El marco competitivo explica la prisa. BYD nació en 1995 y no fabricó automóviles hasta 2003; Geely entró en el negocio en 1997; Leapmotor apareció en 2015 y el primer coche de Xiaomi llegó al mercado hace apenas dos años. Su progresión industrial es indiscutible, y firmas como MG u Omoda/Jaecoo construyen posicionamiento a una velocidad impensable hace una década, con recursos publicitarios y de patrocinio fuera de escala. Lo que no se compra es el imaginario colectivo.
La herencia de una marca no se adquiere con presupuesto publicitario: se acumula durante ochenta años y se defiende con producto.
Lo resumió con precisión el consejero delegado de Fiat y Lancia, Arnaud Belloni: ‘Pueden copiarnos, pero no pueden tomar nuestro legado’. La frase, recogida por El Mundo Motor, describe una ventaja que no aparece en ninguna ficha técnica.
Renault ha entendido la lógica y ha convertido el salón parisino en un catálogo de idas y vueltas: el Renault 5 E-Tech de 2024 recupera el original de 1972 y el Supercinco de 1986, y el Renault 5 Turbo 3E, con 555 CV y 1.980 unidades, parte de 160.000 euros y admite personalizaciones que han llevado la factura de algunos clientes hasta cerca de los 400.000 euros.
Peugeot, por su parte, llevó el RCZ Vision y el E-T16 Concept, un eléctrico de 812 CV que homenajea al 205 Turbo 16 de los rallyes; Alpine mostró el A310 Vision, y en Renault se habla ya del 4, del Twingo y de un E-Space que podría fabricarse en Palencia. En la marca alpina reconocen un efecto colateral valioso: el A290, derivado del 5 E-Tech, les está llevando compradores que ya tienen superdeportivos en el garaje.
Hay dos precedentes que ordenan el debate. El Fiat 500 renació en 2007, cincuenta años después del original, con un diseño que apenas ha necesitado retoques y que ha sostenido comercialmente a la casa italiana. El Mini lo hizo en 2001 bajo el paraguas de BMW y hoy es una marca propia, con gama amplia y versiones eléctricas.
En el extremo opuesto está el Volkswagen New Beetle: lanzado en 2001 sobre un diseño muy emocional, nunca evolucionó más allá de una variante descapotable y se descatalogó en 2019, pese a heredar un nombre del que se habían fabricado más de 21 millones de unidades en todo el mundo.
El riesgo del pastiche: qué puede salir mal en 2028
Volkswagen ya pagó la lección y ha reordenado su familia eléctrica para que manden los nombres históricos: el ID.2 se llamará Polo, los ID.4 e ID.5 serán Tiguan y el ID.3, Golf. La conclusión que extrae el mercado es la misma: el legado solo rinde cuando el producto lo sostiene. Y ahí el 2CV tiene una ventaja que el New Beetle nunca tuvo. El Escarabajo era un icono estético; el 2CV era un electrodoméstico brillante. La utilidad envejece mejor que la silueta.
Quedan tres incógnitas. La primera es el precio: 15.000 euros antes de ayudas suenan bien sobre el papel y pueden crecer entre el prototipo y la serie, como ha ocurrido en otros revivals recientes. La segunda es la autonomía: 200 km son honestos para el uso urbano y dejan al coche fuera de juego si el comprador aplica los criterios del eléctrico convencional. La tercera es la fidelidad al concepto: si el 2CV de 2028 pesa 1.400 kg y lleva una pantalla de 15 pulgadas, habrá dejado de ser un 2CV para convertirse en un homenaje.
Conviene recordar cómo terminó la historia anterior. El 2CV sobrevivió cuarenta y dos años porque cada evolución mantuvo el contrato inicial: un coche sencillo que no exigía nada a su dueño. La versión eléctrica tiene hasta 2028 para demostrar que entiende esa frase, y el calendario ya tiene su cita: el ochenta aniversario del modelo coincidirá con la llegada al mercado de su heredero. El sector mirará con lupa si Stellantis repite la lección que Fiat y Mini aprendieron y que Volkswagen olvidó durante dieciocho años.

