El TCO de la furgoneta eléctrica en reparto urbano se decide en cinco partidas, no en el precio de compra.
El TCO —el coste total de propiedad— no es una cifra de catálogo: suma energía, mantenimiento, neumáticos, seguro, ayudas y valor de reventa, y divide el total entre los kilómetros que la furgoneta hará de verdad. Dos flotas con el mismo modelo obtienen resultados opuestos según dónde carguen y cuánto rueden.
La ficha rápida para el profesional
- Por qué es importante: el reparto de última milla es el ciclo donde la furgoneta eléctrica tiene más opciones de compensar su sobrecoste, y también donde un error de cálculo en la energía o en el valor residual hunde la previsión.
- Ventajas e inconvenientes: A favor: menos coste de mantenimiento por la ausencia de aceite y filtros, frenada regenerativa que alarga la vida de las pastillas y acceso sin restricciones a las zonas de bajas emisiones. En contra: precio de adquisición superior, valor de reventa muy ligado al estado de la batería y dependencia del punto de recarga propio para sostener el ahorro.
- Datos técnicos clave: categoría N1, con MMA (masa máxima autorizada) de hasta 3.500 kg; ciclo de referencia en reparto urbano, WLTP urbano; parque español de vehículos eléctricos, 854.660 unidades según los datos publicados por AEDIVE; objetivo de 5,5 millones de matriculaciones en 2030; partidas del TCO: energía, mantenimiento, neumáticos, seguro, ayudas y valor residual.
Las cinco partidas que deciden el coste por kilómetro
Antes de pedir la oferta conviene desglosar el cálculo en partidas que el gestor pueda medir y auditar. Son estas:
- Energía: precio del kWh en el punto de recarga de la base frente al de la recarga pública en ruta, y consumo por cada 100 kilómetros.
- Mantenimiento: plan de revisión del eléctrico, con menos piezas sometidas a desgaste que un propulsor diésel.
- Neumáticos y frenos: más peso sobre el eje y par instantáneo en la salida, compensados en parte por la frenada regenerativa.
- Seguro: prima calculada sobre un valor de reposición más alto que el de la versión diésel equivalente.
- Ayudas y valor residual: subvención aplicada al precio de compra y valor de reventa al cierre del contrato.
La energía es la partida donde los dos ciclos se separan de verdad. El ahorro del eléctrico se sostiene cuando la flota carga en su base, en horario valle y con potencia moderada; se estrecha cuando el vehículo tira de cargadores públicos de alta potencia, con un precio por kilovatio hora (kWh) bastante más alto. Esa horquilla puede multiplicar el coste energético por kilómetro.
En mantenimiento, el eléctrico parte con ventaja: no hay aceite, ni filtro de combustible, ni correa que sustituir, y la frenada regenerativa reduce el desgaste de las pastillas. La contra aparece en los neumáticos, que soportan más peso y todo el par desde el primer giro, y en el plan de renting, que traslada el mantenimiento a la cuota y diluye el ahorro si se tarifa igual para ambas tecnologías.
El ahorro real del reparto eléctrico no nace del motor, sino del punto de recarga y del precio al que se compra cada kilovatio hora.
El seguro se calcula sobre un valor de reposición más alto que el de la versión diésel equivalente, y el valor residual se mide con el estado de salud de la batería (SOH), no solo con el kilometraje. Un mercado de segunda mano más estrecho para el comercial eléctrico obliga a pactar ese valor en el contrato en lugar de confiar en él.
Las ayudas públicas condicionan el importe a la categoría del vehículo y al achatarramiento, exigen mantener la titularidad durante un periodo mínimo y vinculan parte del presupuesto a la instalación del punto de recarga. Conviene comprobar si el modelo figura en el listado de la convocatoria antes de firmar: una ayuda no aplicada al precio ya no se recupera.
Reparto de última milla: dónde gana el eléctrico y dónde no
El reparto urbano reúne las condiciones que favorecen al eléctrico: arranques y frenadas constantes que la regeneración aprovecha, velocidades bajas donde el consumo no se dispara, retorno a base cada noche y acceso sin restricciones a las zonas de bajas emisiones. Un turno con la batería llena al inicio encaja sin recargas intermedias siempre que la autonomía declarada en ciclo urbano cubra la ruta prevista.
Donde el cálculo se rompe es en la ruta interurbana y en los dobles turnos. Si el vehículo sale del área metropolitana, o si la flota no puede garantizar la recarga nocturna, el coste por kilómetro se desequilibra: la recarga pública encarece la energía y el tiempo de parada entra en la cuenta de productividad. Para ese perfil, el diésel sigue siendo más previsible.
Para qué flota encaja y qué hay que vigilar antes de firmar
AEDIVE sitúa el parque español de vehículos eléctricos en 854.660 unidades y fija en 5,5 millones las matriculaciones necesarias para 2030. Ese diferencial explica por qué el reparto urbano se ha convertido en el campo de pruebas del comercial eléctrico.
El veredicto es claro por perfil. Encaja sin reservas en flotas de reparto urbano con base propia, rutas definidas y recarga nocturna resuelta: ahí el eléctrico puede cerrar el TCO por debajo del diésel y suma el acceso libre a las zonas restringidas. No encaja en flotas interurbanas ni en empresas sin punto de recarga en su centro de operaciones.
Antes de firmar hay que vigilar cuatro cosas: cómo se factura el mantenimiento dentro de la cuota, si el contrato garantiza el valor residual, qué cláusula penaliza el kilometraje y con qué criterio se devuelve el vehículo si la batería acusa degradación. La cuota de renting de un eléctrico no se compara con la de un diésel sin poner encima la duración y el kilometraje anual.
El próximo movimiento está en el calendario de ayudas: la siguiente convocatoria para flotas profesionales aún no tiene fecha confirmada, y su importe es la variable que más puede mover la balanza en el próximo ejercicio.

