En un sector donde la producción en serie dicta las reglas, el taller de Chris Runge representa una anomalía maravillosa. El último perfil de Petrolicious se adentra en Runge Cars, uno de los pocos reductos donde el coachbuilding artesanal sigue vivo. Lo que muestra el vídeo ‘Runge Cars: Passing Down the Art of Coachbuilding’ no es solo la forja de una carrocería: es la transmisión de un oficio que se resiste a desaparecer.
De la obsesión adolescente al taller propio
A los dieciséis años, Chris Runge quedó atrapado por los automóviles refrigerados por aire. Lo que empezó como una afición se convirtió, según confiesa en el vídeo, en una obsesión casi enfermiza. Buceando en la historia de las carreras de posguerra, descubrió los ‘toolroom racers’: máquinas construidas a mano con urgencia y sin pulimentos. «Eran coches con mucho carácter, llenos de imperfecciones, ensamblados solo para correr lo más rápido posible», explica. Esa crudeza —aluminio martillado, soldaduras a la vista— le impulsó a querer forjar su propia carrocería desde cero.
El proyecto personal en su garaje acabó dando forma a Runge Cars. El artesano subraya que poder convertir una pasión en un modo de vida le abrió una puerta que pocos atraviesan. Hoy su compañía se dedica por entero al coachbuilding a medida: fabrican coches completos partiendo del chasis, sin concesiones a la producción en cadena. Cada panel de aluminio recibe cientos de golpes de martillo y pasa por la rueda inglesa, igual que hace siete décadas.
Vincent Ramirez: el discípulo que no mira el móvil
El perfil de Petrolicious incorpora al joven Vincent Ramirez, un aprendiz que creció entre sopletes y fresadoras en Minnesota. Llevaba tiempo siguiendo la pista de los coches de Runge hasta que la Piston Foundation tendió el puente. Esta organización sin ánimo de lucro financia la formación de nuevos artesanos y facilita prácticas en talleres como el de Runge, que no dudó en patrocinar una semana intensiva de aprendizaje. «Fue la excusa perfecta para crear un centro de transmisión del oficio», comenta.
Vincent llegó sin experiencia en rueda inglesa ni soldadura de gas, pero con una intuición de taller que Runge califica de innata. En cinco días modeló sus primeros paneles, practicó estiramientos y encogimientos, y aprendió a unir piezas hasta que la forma adquiría sentido. Lo que más asombró al maestro fue otro detalle: no vio al chico sacar el teléfono móvil ni una sola vez. «Creo que a los jóvenes el deseo de mirar una pantalla no les surge de forma natural», reflexiona Runge, recordando cómo su madre le mandaba a jugar fuera, a cavar agujeros y a descubrir bichos. Esa conexión táctil con la materia, añade, alimenta la creatividad que necesita el coachbuilding.
Ver esta máquina cobrar vida desde un pedazo de papel y que te mueva a través del tiempo… No hay nada que se le compare, literalmente es una maquina del tiempo.
— Chris Runge
La carrocería como máquina del tiempo sensorial
Para Runge, la recompensa va más allá del producto acabado. Construir un automóvil desde un simple papel y verlo cobrar vida involucra todos los sentidos. «Tiene vista, tacto, sonido, olor… es un ser vivo que te puede transportar en el tiempo», describe. Cualquiera que haya contemplado rodar un vehículo único con carrocería artesanal sabe que esa mezcla de ruido metálico, vibración e imperfección es irremplazable. Por eso Runge Cars no vende coches, sino experiencias sensoriales.
Por qué el coachbuilding artesanal importa más que nunca
El coachbuilding fue la norma antes de la Segunda Guerra Mundial. Carroceros como Figoni et Falaschi o Touring Superleggera vestían chasis desnudos con obras de arte rodantes. La llegada de las carrocerías autoportantes lo arrinconó a contadísimos talleres, pero hoy el interés por lo hecho a mano rebrota en el coleccionismo y en movimientos como el ‘restomod’. Iniciativas como la Piston Foundation son clave para que no se pierda un conocimiento que no está en los libros.
La historia que narra Petrolicious va más allá del motor. En un momento en que las escuelas vacían los talleres de formación profesional y los algoritmos nos atan a las pantallas, el taller de Runge es un manifiesto a favor del aprendizaje táctil. Vincent no solo ha fabricado un panel: ha conectado con una cadena de transmisión cultural que, de otro modo, se habría roto. Que un chico de veintitantos no toque el móvil durante cinco días mientras moldea aluminio dice más de nuestro presente que cualquier tratado de pedagogía.
En definitiva, el documental de Petrolicious es un recordatorio de que la artesanía manual no desaparece; encuentra nuevos canales para transmitirse. Mientras queden manos dispuestas a martillar aluminio y fundaciones que financien la formación, el coachbuilding no será solo una reliquia de museo.
Puedes ver el perfil completo en el vídeo original de Petrolicious en YouTube.



