Loeb y Vatanen: dos leyendas del rally que reviven sus mejores momentos en Automoto

Dos generaciones del rally mundial se sientan a conversar en Automoto: Sébastien Loeb y Ari Vatanen reviven el Montecarlo de 2022, la mítica C4 y los secretos que los llevaron a dominar el WRC y el Dakar.

Hay encuentros que huelen a gasolina y a historia desde el primer saludo. El canal Automoto ha reunido a dos mitos del automovilismo mundial, Sébastien Loeb y Ari Vatanen, en una conversación de casi media hora donde las carcajadas se mezclan con reflexiones de campeón. Sin guion, frente a un museo de coches de época, ambos pilotos repasan sus carreras, diseccionan la evolución del rally y confiesan los secretos que los convirtieron en leyendas.

La C4 que empezó como una pesadilla

Loeb recuerda con una sonrisa su primera toma de contacto con el Citroën C4 WRC en 2006. Aquel coche, que acabaría dándole más títulos, le generó de entrada un rechazo casi visceral. Al bajar del primer test, se lo dijo a su copiloto Daniel Elena sin rodeos: «con esto no ganaremos nunca un mundial». La sensación de pesadez y la posición del asiento, demasiado retrasada, le hicieron dudar. Sin embargo, el trabajo del equipo sobre los repartos de masas y las suspensiones transformó aquella primera impresión. Al final, la C4 se reveló como una máquina estable y eficaz, con la que el francés conquistó los campeonatos de 2007, 2008, 2009 y 2010. Loeb admite que esa evolución le enseñó a no fiarse de las primeras impresiones.

El Montecarlo de 2022: la vuelta soñada

Cuando le preguntan qué coche le ha hecho disfrutar más entre los de tracción integral, Loeb no duda: el Ford Puma Rally1 híbrido que pilotó en 2022. Aquel año, con 48 años y casi una década alejado de los campeonatos completos, confiesa que pensó que ya era «demasiado viejo» para pelear contra los jóvenes. Pero tras los primeros ensayos notó de inmediato que podía volver a jugar con los de arriba. En Montecarlo se encontró líder sin saber muy bien cómo, y acabó ganando el rally más emblemático del calendario. «Fue un supermomento», resume, con la calma de quien todavía siente el cosquilleo de la competición.

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Público, pasión y el aroma del asfalto

Vatanen y Loeb coinciden en que el ambiente de los rallies de antes tenía un punto salvaje que hoy se ha perdido. En el vídeo de Automoto, las imágenes de Turini o de Argentina sirven de excusa para recordar multitudes acampadas en las cunetas, el olor a barbacoa flotando en los tramos y la sensación de estar a centímetros de la gente. Loeb apunta que en rallies como Montecarlo o Argentina se vibra de otra manera, y que esa cercanía con el público mantiene al rally como una disciplina mucho más popular y visceral que los circuitos. «Tú compartes esa pasión, y como piloto vives momentos que no encuentras en otro sitio», concede.

Nueve títulos: la regularidad como arma secreta

En un momento de la charla, Vatanen, con la ironía que le caracteriza, suelta: «Tú eres nueve veces superior a mí». La respuesta de Loeb desarma cualquier mito de talento innato. Explica que siempre tuvo un buen coche y un equipo sólido, pero que la verdadera clave fue su capacidad para no regalar puntos. El origen de esa filosofía está en la cicatriz de 2003, cuando perdió el Mundial por un solo punto ante Petter Solberg. Aquel invierno se repitió que en todas partes se había dejado migas: un error en un repostaje, una decisión precipitada. A partir de ahí impuso una regla de hierro: cuando no podía ganar, prefería terminar segundo antes que arriesgar el campeonato. «Aunque te quemes por dentro, al final del año esos puntos marcan la diferencia», remata.

Tras perder el título por un punto en 2003, me dije: no puedes dejar escapar ningún punto gratis, aunque eso signifique conformarte con el segundo puesto.

— Sébastien Loeb, en Automoto

Vatanen y la metamorfosis en el Dakar

La conversación da un giro cuando ambos intentan explicar sus respectivos éxitos en el Dakar. Vatanen ganó cuatro veces (1987, 1989, 1990 y 1991), mientras que Loeb aún persigue la victoria tras diez participaciones. Aquí los papeles se invierten: el finlandés confiesa que, cuando competía en rallies, su estilo impulsivo le hacía cometer demasiados errores. Fue el grave accidente que sufrió en 1985, durante el Rally de Argentina, el que cambió su mentalidad. «Para mí aquello fue una segunda vida, y quizás quise demostrar que había aprendido algo», reflexiona. Esa madurez forzada, combinada con su capacidad de gestionar la suerte en las dunas, le permitió dominar la prueba africana. Loeb, por su parte, reconoce que al Dakar actual le falta parte de aquella esencia de aventura: ahora son diez o quince pilotos rapidísimos y una carrera de gestión donde un pinchazo te deja fuera.

La aventura africana que ya no existe

Vatanen recuerda los 13 000 kilómetros entre París y Dakar como una odisea casi marciana. Cruzar Argelia, Níger y Malí suponía algo más que pilotar: en mitad de la nada aparecían aldeanos con bidones de agua y un trozo de pan para compartir. Los asistentes, sin la tecnología actual, viajaban detrás en condiciones precarias. Hoy esa dimensión humana y solidaria ha desaparecido. Loeb escucha fascinado, consciente de que los raids modernos, con coches de 900 kilos y asistencia remota, han ganado en profesionalidad pero han perdido el alma de la exploración.

Del primer test fallido con la C4 a la resurrección en Montecarlo, del punto que no se perdona a la épica de las dunas africanas, la entrevista de Automoto deja una sensación agridulce: el talento bruto sin cabeza no basta, y la tecnología ha hecho el motorsport más justo pero también más frío. Quizás el verdadero monumento de pilotos como Loeb o Vatanen sea haber sabido adaptarse y mantener viva la llama de la competición, incluso cuando los caminos se han ido asfaltando.

Puedes ver la entrevista completa a continuación:

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