Henri Fradet ha dedicado cuatro décadas a reunir la colección privada más exhaustiva de Citroën de posguerra. El CitroMuseum, enclavado en la pequeña localidad de Castellane, en la Provenza alpina, compite en relevancia y en riqueza de testimonios históricos con el propio Conservatoire oficial de la marca en París. Más de 120 automóviles —seleccionados uno a uno por su bajo kilometraje y su impecable estado original— narran la evolución técnica y estilística del doble chevrón desde la Traction Avant hasta la década de 1990.
Las claves de esta historia
- Lo más importante: la colección privada más importante de Citroën de posguerra reúne más de 120 ejemplares, con piezas únicas como el DS de 1955 con chasis 32 y el 2CV A de 1954 con apenas 7.300 km desde nuevo.
- No te lo puedes perder: el DS con chasis 32 es el decimocuarto vendido y el más antiguo fabricado en serie que sobrevive; los trece anteriores fueron destruidos. El 2CV de 1954 aún conserva los papeles de protección de fábrica en los paneles de las puertas.
- Cifras y cotización: de los 175 DS matriculados en 1955, todos se montaron artesanalmente antes de la producción en cadena. El M35 con motor Wankel se limitó a 267 unidades, de las que dos se hallan en el CitroMuseum. La colección atesora además una de las últimas furgonetas HY fabricadas en 1982 con solo 12.000 km.
La catedral del doble chevrón en los Alpes
Fradet no se conformó con amontonar vehículos en un almacén. El CitroMuseum se distribuye en tres naves que cubren cronológicamente la producción de la marca: la primera alberga los Traction Avant y las variantes del DS e ID; la segunda está consagrada al 2CV y a sus innumerables derivados; la tercera, inaugurada más tarde, acoge modelos fabricados entre los años setenta y los noventa. Cada espacio añade un impresionante muestrario de memorabilia Citroën —documentos originales del departamento de investigación y desarrollo, miniaturas y rótulos comerciales de época— que contextualiza los automóviles sin desviar la mirada del verdadero protagonista: la autenticidad mecánica y la conservación impecable.
El criterio que ha guiado al coleccionista francés es tan claro como exigente: solo adquiere coches con muy pocos kilómetros y en estado de absoluta originalidad, preferiblemente sin restaurar. «No me interesan los coches rehechos; quiero los que cuentan su propia historia desde que salieron de fábrica», explicó a los periodistas que han visitado el museo. Esa filosofía, mantenida durante cuarenta años, ha convertido el CitroMuseum en un santuario para el purista y en una referencia obligada para cualquier aficionado al doble chevrón.
Los tesoros de la nave central: DS, Traction y la era de la hidroneumática
El habitáculo más emblemático acoge varias unidades del Citroën DS, pero ninguna iguala la trascendencia histórica del DS de 1955 con chasis número 32. Fue el decimocuarto DS comercializado y el más antiguo de los fabricados en serie que ha llegado hasta nuestros días, ya que los trece anteriores se perdieron antes de que la cotización los convirtiera en objetos de deseo. Citroën no arrancó la producción en cadena hasta febrero de 1956, de modo que los 175 automóviles registrados en 1955 se montaron íntegramente a mano. La unidad que atesora Fradet sirvió como demostrador en un concesionario de Valence y, en contra de lo estipulado por la marca, el gerente del establecimiento acabó vendiéndosela a uno de sus clientes más fieles. Después pasó por varios dueños, acumuló 69.000 km y permaneció trece años en un museo holandés antes de encontrar en Castellane su destino definitivo.
Junto a la joya de la corona descansan un ID 19 de 1963, pintado en el inusual Bleu de Provence y con solo 27.000 km, y un D Super de 1970, adquirido por un radioaficionado que le instaló un transmisor y un enchufe de 110 voltios en el salpicadero. También merece una parada el DS 21 Cabriolet de 1966, obra del carrocero Henri Chapron, del que se fabricaron 1.365 ejemplares. Este descapotable, vendido nuevo en París, llegó a Cannes en 1970 y fue parcialmente restaurado hace tres decenios; es uno de los poquísimos coches del museo que no conserva el 100 % de sus piezas originales.

El mundo del 2CV: del patito feo al icono coleccionable
Durante decenios el Citroën 2CV fue menospreciado por buena parte del público motorista, que lo tachaba de lento y rudimentario. Producido en masa y destruido al mismo ritmo, la supervivencia de unidades como las del CitroMuseum resulta casi milagrosa. La estrella indiscutible es un 2CV A de 1954 con apenas 7.300 km recorridos en más de sesenta y cinco años. Lo compró una persona para sacar a pasear los domingos a un familiar mayor; al fallecer este en 1958, el coche quedó aparcado y su dueña —ajena al mundo del automóvil— no volvió a utilizarlo. Un aficionado lo divisó en un garaje de las afueras de París en 1991 y necesitó cuatro años para convencer a la propietaria de que se desprendiera de él. Cuando por fin lo consiguió, en 1995, el pequeño utilitario seguía con los papeles de protección marrón que la fábrica colocaba en los paneles de las puertas y con su motor bóxer de 375 cc y 9,5 CV original.
Otra pieza con enorme carga sentimental para Fradet es el 2CV AZLP de 1959, su primer vehículo histórico, adquirido en 1979 con 5.000 km. Fue precisamente el estado de conservación de aquel 2CV lo que encendió en él la obsesión por los coches de bajo kilometraje y le impulsó a crear el CitroMuseum. La colección se completa con una furgoneta AZU de 1961 —equipada con el paquete de ventanillas laterales GlacAuto—, un 2CV6 CT de 1984 con solo 84 km —uno de los últimos fabricados en España— y dos 2CV Charleston de 1990 guardados por dos hermanos desde nuevos; el que se exhibe marca 726 km y el otro, que se conserva en manos del dueño original, apenas ha rodado 21 km.
Joyas menos conocidas: del Ami al SM pasando por el motor Wankel
La tercera nave ofrece un recorrido por la producción más ecléctica de Citroën, desde los Ami 6 y Ami 8 —con ejemplares que no superan los 1.500 km— hasta el exótico M35 de 1970, un cupé derivado del Ami 8 que escondía un motor rotativo Wankel de 59 CV y el sistema hidroneumático heredado del DS. Citroën proyectó 500 unidades para probar la tecnología con clientes selectos, pero el elevado precio —equivalente al de un D Super básico— frustró el plan y la producción se detuvo en 267 coches. El CitroMuseum alberga dos M35, uno de ellos en perfecto estado de marcha y con apenas 31.000 km.
No menos singular es el Ami Super de 1973, que montaba el motor bóxer de cuatro cilindros del GS en la carrocería del Ami 8. Su primer dueño, acostumbrado a la palanca de cambios de un 2CV —donde la marcha atrás se sitúa en la posición que el Super ocupa la primera velocidad—, jamás logró adaptarse y recorrió solo 2.000 km antes de devolverlo al concesionario. El museo también custodia un Méhari de 1972 utilizado por los bomberos, con 4.300 km, y una furgoneta HY de 1982, fabricada en diciembre de 1981 y matriculada a principios del año siguiente, que perteneció a un viticultor que la mantuvo como nueva durante 12.000 km. La sección más joven del museo, con GS, AX y Xantia de ínfimo kilometraje, demuestra que la filosofía de Fradet se extiende hasta los youngtimers que empiezan a despuntar en el coleccionismo, aunque modelos más recientes como el ZX o el Xsara no figuran en la colección porque, en palabras del propio anfitrión, «todavía es sencillo encontrarlos con pocos kilómetros».
El valor de una colección que compite con la historia oficial
El CitroMuseum de Castellane no es solo un muestrario de rarezas; es un contra-archivo que dialoga con el Conservatoire corporativo y que, en muchos aspectos, lo complementa. Mientras que el museo oficial de la marca reúne prototipos, automóviles de competición y piezas que trazan la línea cronológica de la casa, la colección privada de Henri Fradet opta por una arqueología de lo cotidiano: cada unidad elegida representa una fotografía congelada de la vida de un modelo de serie, con su pátina, sus kilómetros exactos y las anécdotas de sus propietarios originales. Esa mirada obsesiva por la originalidad y el bajo kilometraje convierte al museo en una referencia para documentar el estado de conservación ideal que debería perseguir cualquier restaurador.
En términos de mercado, la existencia de una colección tan coherente eleva el prestigio de los modelos corrientes de Citroën. Un 2CV que en la década de 1970 apenas valía unas decenas de francos se revaloriza cuando la comunidad de aficionados contempla ejemplares intocados como los de Castellane. La escasez de unidades genuinamente originales, sin repintados ni sustituciones de piezas, convierte al CitroMuseum en un patrón oro para tasadores y coleccionistas. La próxima vez que surja en una subasta un DS de 1955, la referencia implícita será, probablemente, el chasis 32 que duerme en la Provenza.
El CitroMuseum demuestra que el valor de un clásico no reside solo en la potencia o la carrocería, sino en la historia no alterada que guarda cada número de bastidor.
A sus ochenta años, Fradet sigue buscando esa pieza que complete el puzle. El museo permanece abierto al público y recibe a peregrinos de todo el mundo que quieren respirar la esencia más pura de Citroën. Sin prisas, sin restauraciones agresivas y con la verdad del cuentakilómetros como única moneda de cambio, el CitroMuseum es ya un clásico entre los clásicos.

