Hace treinta años, Citroën dio forma a uno de esos coches que trascienden su categoría. El Citroën Saxo VTS no fue simplemente una versión deportiva de un utilitario: fue una declaración de intenciones. En una época en la que los compactos deportivos comenzaban a ganar peso y complejidad, este pequeño modelo apostó por lo esencial: ligereza, agilidad y sensaciones directas al volante.
Para entender su relevancia hay que mirar atrás, al Citroën AX (aquí su 30 aniversario), el modelo que abrió el camino. Durante los años ochenta y principios de los noventa, versiones como el AX Sport o el GTi ya habían consolidado la reputación de la marca en el terreno de los coches pequeños y divertidos. Aquella filosofía, basada en un equilibrio casi perfecto entre peso contenido y motores enérgicos, se trasladó al Saxo cuando este debutó en 1996.
Saxo VTS con 120 CV

El relevo no tardó en materializarse en clave deportiva. Primero llegó el VTR, pero sería el VTS el encargado de heredar el espíritu más radical. Bajo su discreta carrocería se escondía un motor de 1.6 litros y 16 válvulas capaz de entregar 120 CV, una cifra que, combinada con un peso inferior a la tonelada, convertía cada trayecto en una experiencia intensa. No necesitaba cifras desorbitadas para impresionar: su secreto residía en la relación entre potencia y masa, una receta clásica que aquí alcanzaba su máxima expresión.
A nivel estético, el trabajo también tenía firma destacada. El diseño general del Saxo fue obra de Donato Coco, pero el carácter del VTS se definió gracias a Gilles Vidal, que en sus inicios en la marca se encargó de dar forma a su imagen más deportiva. El resultado fue un coche de apariencia sobria, con detalles sutiles que delataban su carácter: pasos de rueda ensanchados, paragolpes específicos y pequeños guiños estéticos que evitaban caer en la ostentación.
Un auténtico kart de carretera

Sin embargo, el verdadero argumento del Saxo VTS no estaba en su diseño, sino en su comportamiento dinámico. Su dirección precisa, un tren delantero incisivo y una zaga viva lo convertían en un coche especialmente comunicativo. En carreteras reviradas, donde la potencia bruta pierde protagonismo, el pequeño Citroën era capaz de plantar cara a modelos mucho más potentes. Era, en esencia, un ‘kart de carretera’, una máquina concebida para disfrutar cada curva sin necesidad de grandes cifras.
Con el paso del tiempo, la gama evolucionó. A finales de los noventa, la denominación VTS se amplió a versiones menos potentes, acercando su estética y su puesta a punto a un público más amplio. Aun así, la variante de 120 CV siguió siendo la referencia para los puristas. En 1999, una actualización estética introdujo cambios visibles en el frontal, modernizando su imagen sin alterar su esencia.
Cuna de ilustres pilotos

Su carrera comercial se extendió hasta 2003, cuando cedió el testigo a modelos más modernos. Pero su legado no se limitó a la carretera. En competición, el Saxo VTS demostró una eficacia sorprendente. Diferentes copas monomarca impulsadas por la marca francesa permitieron que numerosos pilotos se iniciaran en el automovilismo con un coche accesible y competitivo. Aquellos campeonatos no solo confirmaron las cualidades del modelo, sino que también sirvieron de trampolín para futuras figuras del deporte.
Entre esos nombres destaca el de Sébastien Loeb, quien junto a Daniel Elena logró el título mundial junior en 2001 al volante de una versión de competición. Un hito que reforzó la imagen del Saxo como algo más que un utilitario deportivo: era una auténtica escuela de conducción.
Hoy, tres décadas después de su lanzamiento, el Saxo VTS ha entrado en la categoría de clásico moderno. Encontrar unidades en buen estado no es sencillo, y su presencia en rallies regionales sigue siendo habitual, prueba de una durabilidad poco común. Más allá de la nostalgia, su vigencia se explica por una fórmula que rara vez falla: simplicidad, ligereza y conexión directa entre coche y conductor.
Fotos: Citroen.






