No hay muchos vehículos que atraviesen ocho décadas de historia y sigan cumpliendo con la rutina más prosaica: desplazarse hasta el supermercado. El Willys Jeep Slat Grille de 1941 que Ian Watson conserva en el sur de Inglaterra es uno de ellos. Este veterano de la Segunda Guerra Mundial, con su parrilla de barras —de ahí el apelativo ‘Slat Grille’ que distingue a los primeros ejemplares antes de que Ford simplificara el frontal—, no solo ha sobrevivido al tiempo y al abandono en una isla del Pacífico, sino que recorre cada año unos 800 kilómetros de carreteras secundarias británicas con una naturalidad que desarma a cualquiera que espere un coche de museo.
Las claves de esta historia
- Lo más importante: un Willys Jeep de 1941, uno de los primeros con parrilla de barras, se utiliza como vehículo de uso diario y su propietario lo ha mantenido en estado de marcha con restauración respetuosa.
- No te lo puedes perder: el coche embarcó hacia el Pacífico Sur apenas dos días después del ataque a Pearl Harbour y, tras la guerra, quedó abandonado en Filipinas hasta que un museo lo rescató y lo subastó por internet.
- Cifras y cotización: Watson pagó por él 17.000 libras hace una década; hoy, un ‘Slat Grille’ en condiciones similares ronda las 34.000 libras (unos 39.500 euros al cambio orientativo).
Un Jeep que nació en la guerra y sobrevivió en el Pacífico
El ejemplar que Ian Watson guarda en su garaje —junto a una colección de recuerdos militares de la época— pertenece a la primera serie del mítico todoterreno ligero fabricado por Willys-Overland. La parrilla de listones metálicos, que luego Ford sustituiría por una pieza de acero estampado para acelerar la producción, identifica a los ‘Slat Grille’ como los Jeep más tempranos y hoy más cotizados entre los coleccionistas.
Según la documentación que acompaña al vehículo, este chasis zarpó rumbo al teatro del Pacífico Sur tan solo dos días después del bombardeo de Pearl Harbour, en diciembre de 1941. Tras el fin de las hostilidades, los estadounidenses abandonaron buena parte del material en las islas. El Jeep quedó en Filipinas, donde fue utilizado hasta el agotamiento. Un museo de Manila, consciente del valor histórico de una unidad tan primitiva, lo adquirió y lo sometió a una restauración. Cuando el museo cerró, sus fondos salieron a la venta en eBay, y allí lo encontró Watson hace ahora diez años.

El motor Go Devil y una conducción con alma de tractor
El corazón de este Willys es el propulsor Go Devil, un cuatro cilindros en línea de 2,2 litros con culata plana —sidevalve— que la mayoría de los Jeep emplearon durante el conflicto. Desarrolla apenas 60 CV, pero entrega algo más de 100 lb-ft (136 Nm) a solo 2.000 rpm, una curva de par que tira desde el ralentí y que, según su propietario, le confiere un carácter muy parecido al de un tractor.
Esa baja potencia y una transmisión manual de tres velocidades, sumadas a la tracción total permanente con caja transfer de gama alta y baja, convierten cada trayecto en un ejercicio de paciencia. Ian Watson reconoce que nunca ha superado los 72 km/h (45 mph) al volante. «Los frenos son hidráulicos, pero no son demasiado efectivos; y las ballestas traseras, de las de carro, te sacuden de lo lindo. Hay que agarrarse bien. Los soldados de entonces eran más menudos y aguantaban mejor que un tipo grande como yo», explica. Para no salir despedido, la pareja ha instalado unas cintas de sujeción en las puertas.
El motor pierde aceite como un colador y, como estuvo destinado a un país cálido, monta un segundo radiador. La sencillez mecánica, sin embargo, juega a su favor: el propietario se ocupa personalmente de la mayor parte del mantenimiento y, para las intervenciones que le superan, recurre a un especialista en Jeep cerca de Godalming (Surrey). Los repuestos no suponen un problema: la ingente producción del modelo hace que casi cualquier pieza esté disponible, ya sea original o de nueva fabricación procedente de la India.
Pasear un clásico militar por las calles británicas
Watson y su esposa Viv recorren anualmente unos 800 kilómetros con él. Una cifra modesta, pero suficiente para llenar de anécdotas cada salida. En el supermercado Asda, donde el vehículo ocupa a menudo la primera plaza del aparcamiento, la familia provoca miradas de asombro. Los soportes para ametralladoras —que Watson completa con dos réplicas inertes de calibre 30 en casa— y la granada de mano decorativa que cuelga del salpicadero otorgan al Jeep una presencia tan intimidante como simpática.
«; hoy esa generación ha ido desapareciendo, pero el vehículo mantiene viva una memoria que trasciende al metal.
Un Willys Slat Grille en la compra diaria es la prueba de que un clásico militar puede ser tan funcional como evocador, sin necesidad de vivir encerrado en una urna.
Lo que dice el mercado sobre el Willys Slat Grille
El caso de Watson ilustra la revalorización que han experimentado las primeras series del Jeep en los últimos años. Compró su unidad por 17.000 libras (unos 19.800 euros de entonces) y hoy un ejemplar equivalente se mueve en torno a las 34.000 libras (aproximadamente 39.500 euros), según la valoración que él mismo maneja y que coincide con las tendencias observadas en portales de clásicos y subastas especializadas. Se trata de una cifra acorde a la rareza del ‘Slat Grille’, mucho menos común que los posteriores modelos con frontal estampado, y también al atractivo que ejercen los vehículos con historial bélico bien documentado y un estado de conservación que permite un uso real.
Ese es, precisamente, el matiz que esta historia aporta al mercado: no se trata de un coche de exposición estático, sino de un clásico que se conduce, se aparca en la puerta del supermercado y se repara en el garaje de casa. Ese equilibrio entre autenticidad y funcionalidad es, hoy, uno de los vectores que más peso tienen en la valoración de un clásico militar de producción masiva. El Jeep de Watson demuestra que un vehículo nacido para el combate puede seguir prestando servicio cotidiano ocho décadas después sin perder ni un ápice de su dignidad histórica.

