La moto de reparto ya está en la cuenta de resultados de los pequeños negocios online: cuesta menos por pedido y no se atasca. Lo que hasta hace poco era cosa de grandes plataformas de comida a domicilio se ha convertido en una decisión de compra para miles de autónomos y comercios que venden por internet.
Vender es solo la mitad del negocio. La otra mitad es que el pedido llegue a tiempo y sin comerse el margen. Y ahí, en ese último kilómetro, la moto juega con ventaja: aparca donde la furgoneta no cabe y gasta una fracción de lo que consume un vehículo de cuatro ruedas.
Por qué la última milla se resuelve cada vez más en moto
El Foro Económico Mundial proyectó un crecimiento del 78% en la demanda de entregas de última milla entre 2020 y 2030, con un aumento del 36% de los vehículos de reparto en las cien ciudades analizadas en su informe The Future of the Last-Mile Ecosystem. Más pedidos, más vehículos y un espacio urbano que no crece ni un metro.
Su informe también calcula que aplicar medidas de optimización logística puede recortar los costes de entrega hasta un 25%. No es un dato menor: en un negocio con márgenes de dos cifras, cada punto de gasto en distribución se resta directamente del beneficio. Agrupar pedidos por zonas y planificar la ruta ahorra dinero real, y una moto hace esas dos cosas mejor que una furgoneta en el casco urbano.
Cuánto cuesta repartir con moto: las cuentas que sí importan
Aquí no hay milagros. La moto no es gratis, pero su estructura de costes se adapta mucho mejor a un volumen de entregas pequeño o mediano. Pongamos una scooter de 125 cc que hace 18.000 kilómetros al año en reparto urbano, un escenario habitual en un negocio de una sola persona con radio de acción de ciudad.
Con un consumo medio de 3 l/100 km, esos 18.000 kilómetros se comen unos 540 litros. A 1,55 euros el litro, hablamos de unos 840 euros anuales de combustible. Una furgoneta diésel de tamaño medio que haga los mismos kilómetros en tráfico urbano se mueve, en el mejor de los casos, en el doble de gasto. Y luego está el aparcamiento: la moto de reparto deja el vehículo en cualquier hueco autorizado, sin ronda de quince minutos buscando carga y descarga.
La moto no abarata el reparto por arte de magia: abarata el tiempo perdido, que en el último kilómetro es el gasto más caro de todos.
Al combustible hay que sumarle el resto de la factura anual. Conviene mirarla entera antes de decidir, porque las sorpresas llegan en la primera revisión:
- Mantenimiento: dos revisiones al año, aceite, filtros, kit de arrastre o correa y un juego de neumáticos. Entre 300 y 450 euros en una 125 cc de uso intensivo.
- Seguro: una póliza con uso profesional declarado se mueve entre 250 y 400 euros, según coberturas y antigüedad del conductor.
- ITV: obligatoria a los cuatro años de la matriculación y después cada dos, con tasa variable según la comunidad autónoma.
- Equipamiento: casco homologado, guantes, chaqueta con protecciones y calzado cerrado. Es gasto obligatorio, no un capricho.

Sumando, una moto de reparto bien elegida se queda en torno a 1.700-2.000 euros al año de explotación, sin contar la cuota de financiación. La comparación con la furgoneta no se decide por el precio de compra, sino por el coste real de cada entrega completada.
Lo que la moto de reparto te exige y casi nadie te cuenta
Primera advertencia, y va destacada porque es la que más disgustos cuesta: el seguro tiene que saber que usas la moto para repartir. La mayoría de pólizas particulares excluyen el uso profesional. Si declaras un siniestro en plena ruta y la aseguradora acredita que estabas trabajando, puede rechazar la cobertura y dejarte la reparación y la indemnización a tu cargo.
Segunda: la etiqueta ambiental. Desde 2023 los municipios de más de 50.000 habitantes están obligados a delimitar zonas de bajas emisiones, tal y como fija la Ley 7/2021 de cambio climático, y dentro de esas zonas no circula todo el mundo. Una moto eléctrica obtiene la etiqueta 0 emisiones y entra sin restricciones; una de combustión con etiqueta B o C puede quedarse fuera en episodios de alta contaminación.
Tercera, el carnet. Una 125 cc se conduce con el A1 o con el B si llevas más de tres años con el permiso de coche. Si el negocio va a moverse con una 250 o una 300, necesitas el A2, y ahí la formación ya no es un trámite. Elige la cilindrada pensando en la carga y en la ruta, no en la ficha más llamativa del escaparate.
Y cuarta, la fiscalidad: la moto puede imputarse a a la actividad económica, aunque la normativa del IRPF presume un uso particular parcial y obliga a acreditar la afectación real. Merece una consulta con tu asesor antes de meterla en los gastos deducibles. Ojo con esto, porque Hacienda no perdona dos veces.
Dónde la moto gana a la furgoneta y dónde pierde
Hay un detalle que el debate público sigue ignorando: la moto no compite por precio con la furgoneta, compite por tiempo. En una ciudad media española, un repartidor en moto encadena varios pedidos en la misma franja horaria en la que una furgoneta resuelve bastantes menos,lastrada por la búsqueda de estacionamiento y por las calles cortadas al tráfico. Ese diferencial es lo que convierte el vehículo en herramienta rentable o en un gasto con ruedas.
Ahora bien, el modelo tiene un límite claro: la carga. Por encima de cierto volumen, o cuando el producto es frágil, pesado o necesita cadena de frío, la furgoneta sigue ganando sin discusión. Los negocios que mejor están aprovechando la moto son los de ticket medio, producto ligero y radio de entrega corto: floristerías, librerías, moda, tecnología, comida preparada y servicios a domicilio.
El sector lo confirma. Los datos de matriculaciones que publica la patronal ANESDOR vienen mostrando desde hace años un mercado sostenido de scooter urbana, y buena parte de esa demanda ya no es de ocio: es de trabajo. La moto, además, reparte sus costes entre varias fuentes de ingreso, porque el mismo vehículo sirve para entregar pedidos, visitar clientes y mover material.
La próxima decisión importante para el pequeño negocio no es si compra moto o furgoneta, sino cuántas entregas hace al día y cuánto pesan. Si la respuesta es baja y el paquete es manejable, la moto gana por goleada. Si el volumen es alto, conviene mirar la furgoneta sin complejos.
Tu Mecánico de Confianza
Antes de firmar la compra, revisa estos cinco puntos. Son los que marcan la diferencia entre una herramienta de trabajo rentable y un agujero en la cuenta de explotación del primer año.
- Carnet y cilindrada: A1 o B con tres años de antigüedad para 125 cc; A2 si subes a 250-300 cc. Manda la potencia declarada, no la cilindrada comercial.
- Seguro profesional: declara el uso de reparto desde el primer día y pide por escrito la cobertura de responsabilidad civil y la franquicia.
- Etiqueta ambiental: comprueba en la DGT qué distintivo corresponde al modelo antes de matricular si vas a entrar en zona de bajas emisiones.
- Mantenimiento cada 500 kilómetros: repasa cadena o correa, presión de neumáticos y nivel de aceite. En uso intensivo se acorta la vida de todo.
- Homologación del equipamiento: casco con certificado ECE 22-06 y guantes con protección de nudillos. La estética es lo último que importa aquí.
Si el negocio va a superar los 60 kilómetros diarios, plantéate en serio una eléctrica de 125 cc: menos mantenimiento, menos ruido y acceso libre a las zonas restringidas. La inversión inicial es mayor, pero el coste por kilómetro se hunde. Y en reparto urbano, eso se nota cada mes en la cuenta de resultados.

