En el corazón de los Alpes franceses, donde las carreteras serpentean entre picos calizos y el tiempo parece haberse detenido, un discreto almacén de Castellane custodia uno de los secretos mejor guardados del doble chevrón. Henri Fradet no es un coleccionista al uso: durante cuatro décadas ha dado caza a más de 120 Citroën de posguerra con un criterio casi monacal: bajo kilometraje, estado original y la pátina que solo el reposo otorga. El resultado es el CitroMuseum, un templo privado que compite en pureza con el propio Conservatoire oficial de la marca.
Las claves de esta historia
- Lo más importante: una colección de más de 120 Citroën de posguerra reunidos con la obsesión de preservar la huella original, no la restauración perfecta.
- No te lo puedes perder: el DS de 1955 con chasis número 32 es el ejemplar de serie más antiguo que se conserva, fabricado a mano antes de que la cadena de montaje arrancara en 1956.
- Cifras y rareza: el 2CV A con solo 7.300 km originales conserva aún el papel de protección marrón en los paneles de las puertas; una rareza extrema.
El refugio alpino de Henri Fradet
El CitroMuseum se articula en tres espacios que narran la evolución de la marca desde los años treinta hasta la década de 1990. La primera sala acoge los Traction Avant y las diversas carrocerías de la familia DS/ID; la segunda es un santuario dedicado al 2CV y su infinita progenie; la tercera, la más reciente, alberga modelos de los setenta, ochenta y noventa, desde el GS hasta el Xantia, pasando por rarezas como el M35 de motor Wankel. Pero Fradet no se limita a alinear vehículos: cada rincón exhibe un tesoro de memorabilia —documentos originales de I+D, miniaturas, rótulos de concesionario— que convierte la visita en una arqueología del automóvil francés.
La filosofía del coleccionista es diáfana: «prefiero un coche con 50.000 kilómetros genuinos y cierta pátina que uno restaurado con la perfección de un quirófano», confiesa. Esa búsqueda le ha llevado a recorrer Francia entera tras la pista de vehículos que sus dueños originales arrinconaron por desinterés, fallecimiento o por la simple voluntad de conservarlos como un legado. De ahí que muchos de los ejemplares luzcan kilómetros testimoniales y un aura de cápsula del tiempo.
Los ejemplares que desafían el paso del tiempo
Entre todas las piezas del museo, el DS de 1955 con número de bastidor 32 ejerce de joya de la corona. Corresponde al 14.º DS vendido y al más antiguo de serie que se conserva, porque los 13 anteriores probablemente fueron destruidos antes de que nadie los considerara valiosos. Citroën no comenzó la producción en cadena hasta febrero de 1956, de modo que las 175 unidades matriculadas en 1955 fueron montadas artesanalmente. Este DS negro, que recorrió 69.000 km, pasó por varios propietarios y trece años en un museo holandés hasta que Fradet lo rescató en 2004. No en vano, representa el instante primigenio en que el tiburón de Flaminio Bertoni tomó la calle.
Conviene detenerse en el 2CV A de 1954, una unidad que apenas ha sumado 7.300 km en más de seis décadas. Su primera dueña lo compró para pasear a una anciana familiar; cuando esta falleció en 1958, aparcó el coche y se dedicó a la bicicleta. Permaneció oculto hasta que un aficionado lo descubrió en 1991 y necesitó cuatro años de persuasión para comprarlo. Hoy es una de las cumbres de la colección, con su motor bóxer de 375 cc y 9,5 CV intacto y los paneles de puerta protegidos aún con el papel marrón de fábrica. Una imagen que resume mejor que cualquier proclama el sentido del CitroMuseum.
La memoria del doble chevrón más allá de la nostalgia
Atesorar más de un centenar de coches sin barniz restaurador no es solo romanticismo: es un posicionamiento de coleccionista que desafía las tendencias del mercado. Hoy abundan los ejemplares repintados hasta el último milímetro, pero escasean los que, como el Traction 15/6 de 1952 —con 40.000 km originales— o el Ami 6 de 1963 —rescatado tras tres décadas de letargo con apenas 8.500 km—, narran su vida a través de cada pliegue del tapizado y cada microarañazo. La colección de Fradet, además, pone en valor el entorno del vehículo: desde el ID 19 Bleu de Provence que él mismo condujo hasta Noruega tras una reparación de fortuna en una carretera belga, hasta el DS 21 Cabriolet Chapron de 1966 —uno de los 1.365 construidos— que fue restaurado parcialmente hace tres décadas y representa la única concesión al bisturí en el museo.
La tercera ala del CitroMuseum, con modelos como el Ami Super, el Méhari de bomberos con solo 4.300 km o el SM que aunaba tecnología hidroneumática con corazón Maserati, demuestra que el rigor de Fradet no excluye los últimos estertores del siglo XX. Incluso un 2CV6 CT español con 84 km o el HY vinícola de 1982, guardado en interior con mimo, subrayan una verdad incómoda: muchos de estos coches del pueblo fueron primero despreciados como chatarra y después restaurados sin criterio. El CitroMuseum preserva precisamente lo que el tiempo y el mercado han borrado: la verdad de la cinta de montaje.
Fradet no busca coches perfectamente restaurados, sino testimonios congelados en el tiempo. Su museo se ha convertido en el archivo tridimensional más fiel de la producción popular francesa.
Más allá de la anécdota del coleccionista excéntrico, la propuesta de Fradet plantea un dilema de fondo para el coleccionismo actual: ¿es más valioso un clásico devuelto a su lustre de concesionario o uno que ha transitado la historia sin perder la pátina? La respuesta del CitroMuseum, con sus 120 argumentos rodantes, es que la autenticidad no se restaura: se conserva. Quienes peregrinen hasta Castellane no encontrarán un parque temático, sino un repositorio de memoria mecánica donde cada coche susurra, con sus ruidos y sus olores, la honestidad de su época.

