En la última semana, cada vez que pasamos por delante de una gasolinera y miramos el tótem de precios de la gasolina no podemos evitar sentir un escalofrío. Y es normal, porque ver cómo el litro ha subido tanto en apenas unos días hace que a cualquiera le tiemble el bolsillo.
La razón con la que nos bombardean a diario es que la culpa de todo la tiene la situación geopolítica en Irán y los conflictos internacionales. Pero la realidad es mucho más compleja y tiene matices que te afectan cada vez que aprietas el gatillo del surtidor.
El conflicto en Irán no explica todo lo que se paga por la gasolina

Es muy fácil echarle la culpa de todo a la guerra. Y es verdad que cualquier tensión en el Estrecho de Ormuz o en los países productores de petróleo genera nerviosismo inmediato en los mercados internacionales. El petróleo es una materia prima muy sensible, y cualquier amenaza al suministro hace que el precio del barril suba como la espuma. Sin embargo, si analizamos los números, la cotización del crudo es solo una pieza de un puzle mucho más grande.
Cuando llenas el depósito de tu coche, no estás comprando petróleo en bruto. Estás comprando un producto procesado, transportado y, sobre todo, muy gravado por el Estado. Por eso, aunque la guerra de Irán acabara mañana mismo, el precio de la gasolina no volvería a los niveles anteriores de inmediato. Hay factores estructurales en el sistema español que mantienen los precios altos de forma constante, sin importar lo que ocurra a miles de kilómetros.
El laberinto de impuestos especiales

Imagina que vas a la gasolinera y decides llenar el depósito. Al terminar, el contador marca que son 85 euros. Pues bien, debes saber que, de ese dinero, casi la mitad no va destinado a pagar el petróleo, ni el transporte, ni siquiera el beneficio de la gasolinera. Ese dinero va directamente a pagar impuestos. En España, entre el 45% y el 50% de lo que pagas por cada litro de carburante son tributos.
Esto significa que el Estado es, con diferencia, el que más dinero gana cada vez que echas gasolina. Es una estructura fija que no se mueve aunque el precio del petróleo baje en los mercados internacionales. Por eso, cuando escuchas que el petróleo ha caído un 10% en Wall Street pero luego vas a la gasolinera y el precio apenas ha bajado un par de céntimos, ya sabes qué es lo que está pasando. Los impuestos actúan como un suelo que impide que el precio caiga de forma significativa para tu bolsillo.
En España se pagan principalmente dos tipos de impuestos sobre el combustible. El primero es el Impuesto Especial de Hidrocarburos. Este es muy curioso, porque no funciona como un porcentaje sobre el valor, sino como una cantidad fija por cada litro que sale del surtidor. A día de hoy, por cada litro de gasolina que echas estás pagando unos 47 céntimos fijos de este impuesto. Si lo que usas es diésel, la cantidad es de unos 38 por litro.
Lo que esto implica es que da igual lo que ocurra en el mundo. Aunque el petróleo fuera gratis, tú seguirías pagando esos casi 50 céntimos por litro solo por este concepto. Es una carga fiscal que no entiende de crisis ni de guerras. Durante mucho tiempo, el diésel ha tenido una ventaja frente a la gasolina, pero esa diferencia se está estrechando cada vez más. Este impuesto es la razón principal por la cual el precio del combustible en España nunca podrá bajar de cierto nivel, por mucho que la situación internacional se relaje.
El truco del IVA sobre el propio impuesto

Si el Impuesto Especial de Hidrocarburos ya te parece elevado, todavía queda el segundo gran protagonista de tu factura: el IVA. En España se aplica el 21% de IVA a la gasolina, pero hay un detalle que mucha gente desconoce y que resulta bastante sorprendente cuando lo analizas con calma. El IVA no se aplica solo sobre el coste del producto base, sino que se calcula sobre el precio total que ya incluye el Impuesto Especial de Hidrocarburos.
En la práctica, esto significa que estás pagando un impuesto sobre otro impuesto. Es un efecto de doble imposición que engorda la factura final de manera artificial. Al ser un porcentaje, cuanto más sube el precio base debido a factores como la guerra en Irán, más dinero recauda el Estado a través del IVA. Por eso, cuando hay crisis energéticas, los ingresos públicos por la venta de combustible se disparan, mientras que tu capacidad de ahorro se desploma. Es una maquinaria bien engrasada donde el consumidor final es siempre el que soporta la carga más pesada.
La cadena de costes antes de llegar al surtidor

No podemos olvidar que, además de los impuestos y el petróleo crudo, hay otros gastos que influyen en el precio final. Una vez que el petróleo sale del suelo en algún lugar remoto del mundo, tiene que ser transportado en enormes petroleros hasta las refinerías. Refinar el petróleo es un proceso industrial complejo y costoso que consume mucha energía. Si el precio de la electricidad o del gas sube, el coste de refinar gasolina también aumenta.
Después del refinado, el combustible debe ser almacenado y distribuido por toda la red de gasolineras del país mediante camiones cisterna. Cada paso de esta cadena añade unos céntimos al precio que tú ves en la pantalla del surtidor. Las petroleras y los dueños de las estaciones de servicio también tienen sus propios márgenes de beneficio, aunque estos suelen ser mucho más pequeños de lo que la gente suele pensar. Al final, lo que pagas es la suma de una larguísima lista de intermediarios y procesos técnicos, a los que se suma la enorme tajada que se lleva Hacienda.
Seguro que te has fijado en un fenómeno muy común: cuando el petróleo sube, la gasolina sube al día siguiente a una velocidad increíble. Sin embargo, cuando el petróleo baja, parece que a las gasolineras les cuesta mucho más reducir sus precios. Esto es lo que los economistas llaman el efecto cohete y pluma. Los precios suben como un cohete ante las malas noticias, pero bajan lentamente como una pluma cuando la situación mejora.
Esto ocurre en parte por los costes de inventario de las estaciones de servicio, que compraron el combustible que tienen en sus tanques a un precio alto y no quieren venderlo con pérdidas. Pero también ocurre porque la estructura de impuestos que hemos comentado antes amortigua cualquier bajada. Si los impuestos representan la mitad del precio y son fijos, aunque el coste del producto baje a la mitad, el precio final solo bajará un 25%. Por eso tienes esa sensación constante de que repostar nunca vuelve a ser tan barato como antes.










































































































