Museo Toyota Nagoya: un siglo de automoción entre Panhard 1899 y Lexus LFA

Con casi 150 vehículos, el Toyota Automobile Museum de Nagoya recorre la historia mundial del automóvil desde un Panhard de 1899 hasta el Lexus LFA. La réplica del Toyoda AA, el Toyota 2000GT o el Tucker 48 son solo algunos de los tesoros que alberga.

En el Toyota Automobile Museum de Nagoya, la historia del automóvil no se cuenta solo desde la óptica de la marca que le da nombre. Casi 150 vehículos, repartidos en dos plantas y acompañados por una galería cultural con carteles, juguetes y folletos, trazan un recorrido que va del Panhard et Levassor Type B2 de 1899 —el primer coche con motor delantero y propulsión trasera— hasta el prototipo del Lexus LFA de 2009. Es un canon del coleccionismo que ningún aficionado debería perderse, y no solo por lo que expone, sino por cómo lo hace.

Las claves de esta historia

  • Lo más importante: El museo alberga una de las colecciones más eclécticas del mundo, con cerca de 150 automóviles que cubren la evolución global del automóvil, no solo japonesa, en un impecable orden cronológico.
  • No te lo puedes perder: La réplica meticulosamente reconstruida del Toyoda Model AA de 1936, el primer turismo de la compañía, ya que el único ejemplar original que sobrevive se encuentra en estado de ruina en el Museo Louwman de los Países Bajos.
  • Datos y producción: Entre las casi 150 piezas expuestas destacan rarezas como el Toyota 2000GT (solo 337 unidades fabricadas), el Tucker 48 (51 ejemplares) o el Mazda Cosmo de 1969, precursor de la saga rotativa de la marca.

Un museo que rompe el molde: del Panhard al Lexus LFA

El recorrido arranca en la sección dedicada al amanecer del automóvil, donde el Panhard et Levassor Type B2 de 1899 marca el punto de partida. Aquel modelo estableció la configuración de motor delantero y tracción trasera que dominaría la industria durante un siglo, y que aún hoy define a muchos deportivos. La colección sigue con un Stanley Steamer E2 de 1909, uno de los pocos supervivientes de la efímera era del vapor, y con el Cadillac Model 30 de 1912, pionero en montar un motor de arranque eléctrico eficaz y faros eléctricos de serie.

La senda europea se engrandece con un imponente Hispano-Suiza H6b de 1928, que gracias a sus frenos servoasistidos en las cuatro ruedas —derivados de la aviación— y su motor de aluminio de 6,6 litros con árbol de levas en cabeza estaba considerado uno de los mejores automóviles del mundo. No muy lejos, la silueta azul de un Bugatti Type 35B de 1927 recuerda que el automovilismo de competición también encuentra su altar: su motor de 2,3 litros sobrealimentado rendía 138 CV, una cifra formidable para la época.

Publicidad

El viaje por el continente americano se completa con dos rarezas: un Cord 812 de 1937, con tracción delantera, faros escamoteables y sobrealimentador, cuyo diseño no salvó a la compañía de la quiebra ese mismo año; y un Tucker 48 ‘Torpedo’ de 1948, que con su motor bóxer de seis cilindros y sus innovadoras medidas de seguridad apenas alcanzó las 51 unidades antes del colapso de la firma. Ambos demuestran que la genialidad y el riesgo a menudo viajan juntos.

No es solo un museo de Toyota: es una máquina del tiempo que explica cómo la industria del automóvil se convirtió en un fenómeno global.

Las joyas de la vitrina nipona: del Toyoda AA al Toyota 2000GT

El espacio dedicado a Japón cobra vida con ejemplos anteriores a la Segunda Guerra Mundial. El Tsukuba-go de 1935, con su motor delantero de 737 cc y un aire inconfundible al Austin Seven, representa la ingeniería pionera local. Le acompaña el Datsun Model 11 Phaeton de 1932, un roadster de líneas británicas que dio origen al imperio Datsun bajo la tutela de Nissan. Pero la estrella indiscutible es el Toyoda Model AA, una réplica fiel construida a partir de los planos originales porque el único ejemplar auténtico que se conserva, en el Museo Louwman, está demasiado deteriorado para exhibirse.

La joya de la corona japonesa es el Toyota 2000GT de 1966. Nacido de la colaboración con Yamaha, con su motor DOHC de 2 litros y una línea que todavía hoy quita el aliento, se considera el primer verdadero deportivo japonés. Su presencia en la película de James Bond ‘Solo se vive dos veces’ lo inmortalizó, y con solo 337 unidades producidas su cotización actual se mide en millones. Junto a él, el Mazda Cosmo de 1969, pionero del motor rotativo Wankel, y el Lexus LFA prototipo de 2009 cierran el círculo de la evolución nipona hasta la más alta tecnología.

Otras piezas destacadas en la colección: el Packard Twelve de 1939 que perteneció a Franklin D. Roosevelt, con blindaje y cristales antibalas; el Cisitalia 202 de 1947, una escultura de Pininfarina que el MoMA consagró como obra de arte; o el Subaru 360 de 1958, el ‘mariquita’ que motorizó a Japón con su diminuto bicilíndrico de dos tiempos. Cada uno refuerza el mensaje de que el museo no es un simple almacén de Toyotas, sino un archivo vivo de la creatividad humana.

El valor patrimonial de un archivo sobre ruedas

Desde la perspectiva del coleccionista, el Toyota Automobile Museum funciona como un termómetro del estado del arte. La presencia de ejemplares con historia documentada —como el Packard presidencial o el Tucker— recuerda que la procedencia es un factor determinante en el mercado de clásicos. La capacidad de reunir en un mismo espacio a pioneros como el Panhard y superdeportivos como el LFA permite trazar una narrativa que ningún museo monográfico puede igualar.

Conviene detenerse en la lección que ofrece la réplica del AA. Lejos de ser un sucedáneo, su meticulosa reconstrucción a partir de ingeniería inversa demuestra el compromiso de Toyota con su propia historia. Es un ejemplo de cómo la industria japonesa, tantas veces acusada de carecer de tradición, ha sabido construir un relato patrimonial sólido a partir de la documentación y el oficio artesano.

Publicidad

Para el aficionado que viaje a Japón, la visita es obligada. A apenas 100 minutos en tren bala desde Tokio, el museo se convierte en un santuario que trasciende las marcas. Aquí no hay vedettismo de ninguna enseña, solo un hilo cronológico que va de la cadena de montaje a la conciencia medioambiental. Y en ese recorrido, el Panhard de 1899 y el Lexus LFA se miran cara a cara, recordando que el automóvil es, por encima de todo, una historia universal.