Te levantas con un resfriado terrible, te tomas un medicamento para aliviar el malestar y, a los veinte minutos, sientes que la cabeza te pesa o que tus reflejos no son los mismos de siempre. Esta situación es mucho más común de lo que piensas y, por desgracia, es una de las causas que más accidentes provoca en nuestras carreteras.
El botiquín de casa guarda aliados que, en determinadas circunstancias, se pueden convertir en enemigos de la seguridad cuando te sientas en el asiento del conductor. No se trata de tener miedo a los fármacos, sino de entender que tu cuerpo reacciona de forma distinta cuando introduces una sustancia.
Todos los fármacos no son peligrosos, pero todos tienen efectos

A menudo se oyen frases alarmistas que dicen que ningún medicamento es compatible con el coche, aunque esto no es del todo cierto. Ni todos los fármacos afectan de la misma manera ni todas las personas reaccionan igual ante el mismo principio activo.
Lo que sí es una realidad es que el riesgo aumenta en determinados momentos. Por ejemplo, cuando empiezas un tratamiento nuevo, tu cuerpo todavía no sabe cómo gestionar esa sustancia. Es en esos primeros días cuando puedes sentirte más torpe o con la vista algo cansada. Lo mismo ocurre si tu médico decide cambiarte la dosis del medicamento. Ese pequeño ajuste puede ser suficiente para que tu capacidad de reacción baje un poco.
Por eso, el primer paso para ser un conductor responsable es conocerte a ti mismo. Si notas que tras tomar un medicamento te sientes diferente, aunque sea de forma leve, tu instinto te está avisando. La seguridad al volante empieza mucho antes de meter la llave en el contacto, empieza en el momento en que decides qué entra en tu cuerpo y cómo vas a gestionar sus efectos secundarios.
Grupos de medicamentos que requieren vigilancia especial

Si echas un vistazo a tu farmacia habitual, verás que hay un medicamento para casi todo. Sin embargo, hay ciertos grupos que los expertos siempre ponen bajo la lupa. Ansiolíticos, antidepresivos o relajantes musculares son de los más conocidos por su capacidad para generar sueño. Si te tomas uno de estos y luego te enfrentas a un viaje largo por autovía, el riesgo de sentir fatiga es muy alto.
Pero no solo los medicamentos fuertes son el problema. Algo tan cotidiano como un antihistamínico para la alergia puede ser un gran enemigo. Es cierto que los de nueva generación son mucho más seguros, pero los antiguos todavía se venden y suelen provocar una somnolencia muy intensa. Lo mismo sucede con los antigripales. Muchos de ellos combinan varios ingredientes para atacar el dolor, la fiebre y la congestión, y esa mezcla puede resultar en un cóctel que te deje muy relajado frente al volante.
Otro grupo que solemos olvidar son los medicamentos para el mareo o las pomadas para dolores musculares intensos. Aunque parezcan inofensivos, algunos pueden provocar visión borrosa o incluso pequeños vértigos. Imagina por un momento que vas conduciendo y de repente dejas de ver con nitidez el coche que tienes delante. Es una situación de peligro extremo que se puede evitar leyendo las advertencias del envase del medicamento y sabiendo qué estás tomando.
El pictograma del coche y el triángulo rojo que debes buscar en la caja del medicamento

Para facilitarte la vida, las autoridades sanitarias crearon un sistema muy sencillo. Si coges la caja de tu medicamento y ves un símbolo que consiste en un triángulo rojo con un coche negro en su interior, tienes que estar muy alerta. Este pictograma no significa que esté prohibido conducir de forma absoluta, pero es una advertencia clara de que ese fármaco puede alterar tus capacidades.
Cuando veas ese dibujo, lo primero que debes hacer es abrir el prospecto y buscar la sección sobre conducción y uso de máquinas. Allí te explican qué efectos podrías sufrir. Es una información directa y pensada para que cualquier persona la entienda. Si el prospecto dice que puede causar mareos o visión doble, créelo. No pienses que a ti no te va a afectar porque eres un conductor experimentado.
Además del símbolo, siempre puedes recurrir a dos aliados: tu médico y tu farmacéutico. Si tu trabajo depende de conducir o si tienes que hacer un viaje importante, pregúntales. Ellos pueden ajustar la hora de la toma o incluso ofrecerte una alternativa que no tenga esos efectos secundarios tan marcados. La comunicación con los profesionales de la salud es la mejor herramienta para combinar tu tratamiento con una vida activa al volante.

