El Ferrari 308 GTB Vetroresina llevó una carrocería de fibra de vidrio que solo se aplicó a 808 unidades, y ese detalle, medio siglo después, sigue ordenando su cotización.
Las claves de esta historia
- Lo más importante: la fibra de vidrio no fue un capricho estético, sino la vía que permitió a Scaglietti montar series cortas de un deportivo de motor central hasta que la chapa de acero se impuso en junio de 1977.
- No te lo puedes perder: el ejemplar que busca comprador conserva su título de California con la anotación ‘Title Only’ y calza neumáticos Michelin con códigos de fecha de 2017 y 2018, dos pistas de un coche que ha rodado poco y cuya trazabilidad documental no está completa.
- Cifras y cotización: 808 carrocerías de fibra de vidrio entre 1975 y 1977, V8 quad-cam de 2,9 litros con cuatro carburadores Weber 40DCNF, 237 CV de fábrica, transaxle manual de cinco relaciones y correas de distribución renovadas en 2026.
La fibra de vidrio que Scaglietti moldeó a mano
El Ferrari 308 GTB se presentó en el Salón de París de 1975 con una carrocería dibujada por Pininfarina y una particularidad que entonces pasó casi inadvertida: los primeros ejemplares no eran de acero. La Carrozzeria Scaglietti, el taller modenés que llevaba dos décadas construyendo carrocerías para Maranello, moldeó esos paneles en fibra de vidrio hasta junio de 1977. Después, la chapa tomó el relevo. El diseño de dos volúmenes con faros escamoteables se convirtió en una de las siluetas más reconocibles de la marca en aquella década.
Entre la presentación y ese cambio de material se fabricaron 808 unidades con carrocería de vetroresina, según la cifra que recoge el anuncio del ejemplar puesto a la venta. En italiano, vetroresina significa exactamente fibra de vidrio, y el apodo acabó pegándose al coche hasta convertirse en la etiqueta que ordena el mercado: no vale lo mismo un GTB de acero que un Vetroresina. El propio anuncio maneja dos cifras que conviene no confundir, aproximadamente 800 en su formulación redonda y 808 como número exacto, precisión que en este modelo importa porque su producción se cuenta hoy unidad a unidad.
La lógica industrial era sencilla. La fibra aligeraba el conjunto frente a las carrocerías metálicas y permitía montar series cortas sin invertir en utillaje de estampación, un terreno que Scaglietti dominaba desde los años cincuenta. El material tenía, sin embargo, su propio carácter: no se oxida, pero envejece de otra manera, admite reparaciones discretas y difíciles de rastrear y ha alimentado durante décadas un debate de especialistas sobre qué es original y qué no. En un coche de fibra, el historial del panel pesa tanto como el del motor.
El V8 quad-cam que justificaba el experimento

Bajo esa piel de plástico late la mecánica que definió a toda una familia de Ferrari: un V8 de 2,9 litros con doble árbol de levas en culata, cuatro árboles en total, de ahí la denominación quad-cam, alimentado por cuatro carburadores Weber 40DCNF de doble cuerpo y situado en posición central trasera. La fábrica lo declaraba con 237 CV. La transmisión es un manual de cinco relaciones en configuración transaxle, con autoblocante, y el chasis recurre a suspensiones independientes de doble triángulo en ambos ejes y discos ventilados en las cuatro ruedas.
Hacer la carrocería en fibra de vidrio no fue un atajo: fue la condición que permitió a Scaglietti fabricar 808 deportivos de motor central.
El ejemplar que protagoniza esta pieza es de 1976, está acabado en Argento Auteuil Metallizzato sobre cuero Nero y reúne el equipamiento habitual: faros escamoteables, escape de salida cuádruple, aire acondicionado, elevalunas eléctricos y mando de cambio en parrilla con patrón dogleg. Calza llantas de aleación de cinco radios de 14 pulgadas y su instrumentación Veglia incluye velocímetro con escala hasta 290 km/h y cuentarrevoluciones con zona roja a 7.700 rpm. El cuentakilómetros, de cinco dígitos, marca unos 24.000 km.
Su historial reciente es uno de los argumentos del lote. Las pinzas de freno delanteras se reconstruyeron en 2025 y ese mismo año se sustituyeron el alternador y las bujías. El servicio de correas de distribución se completó en 2026, un capítulo crítico en cualquier V8 quad-cam de la casa. Se entrega con registros de mantenimiento, juego de herramientas y documentación de fábrica.
Ahora bien, hay un matiz que conviene leer despacio: el título de California lleva la anotación Title Only, es decir, acredita la propiedad sin arrastrar historial de matriculaciones y transferencias. La cadena de custodia no queda, por tanto, documentada en el registro público. A ello se suman unos neumáticos Michelin con códigos de fecha de 2017 y 2018 y una pintura que se cree repintada.
Nada de eso descalifica al coche. Lo sitúa, más bien, en el terreno donde se dirimen casi todas las compras de clásicos: la rareza estructural frente al estado real. Un cuentakilómetros de cinco dígitos impide certificar el kilometraje total y, en un coche de fibra, la pregunta relevante no es cuántos kilómetros acumula, sino cuántas manos han tocado sus paneles. Esa es la conversación que mantiene cualquier especialista antes de pujar.
Lo que el mercado paga por la rareza estructural
En el mercado del 308, el Vetroresina ocupa el escalón superior de las versiones de carrocería fija. No es una cuestión de potencia ni de dotación, sino de número: 808 ejemplares frente a las series de acero que llegaron después, fabricadas en volúmenes mucho mayores. La fibra introduce además una variable que el coleccionista conoce bien: los paneles moldeados no conservan la trazabilidad de una chapa estampada, y una restauración agresiva puede borrar las marcas que delatan un coche poco intervenido.
Conviene recordar que el 308 ocupa hoy el lugar del Ferrari de motor central accesible, la puerta de entrada a la estirpe V8. Esa condición hace que el Vetroresina navegue en dos aguas a la vez: la del aficionado que quiere un Ferrari para conducir y la del coleccionista que busca una variante escasa y bien documentada.
De ahí que la partida se juegue en el terreno de la conservación. Un Vetroresina repintado no es necesariamente un mal coche, casi todos han pasado por el taller en medio siglo de vida, pero obliga a una lectura fina. Si el repintado respetó las uniones originales, el descuento es menor; si hubo sustitución de paneles o reparaciones con masilla sobre fibra, el comprador está pagando rareza por un coche que ya no la conserva íntegra. La carrocería, aquí, es el documento.
Las gomas con fecha de 2017 y 2018 merecen un comentario aparte, porque no son un defecto de la ficha sino un indicio. Un coche que lleva ocho o nueve años sin cambiar de neumáticos ha rodado muy poco desde entonces, lo que respalda un kilometraje bajo, pero también avisa de que la puesta a punto, fluidos, silentblocks, juntas y manguitos incluidos, será la primera partida del presupuesto del próximo propietario.
El modelo cumplió medio siglo en 2025 y el calendario ha jugado a su favor: el 308 es hoy uno de los Ferrari de motor central más accesibles de la estirpe V8 y, a la vez, el eslabón donde Maranello consolidó esa arquitectura.
Queda su versión más escasa, la que mejor resiste el paso de las décadas precisamente por aquello que la hacía distinta: una carrocería moldeada a mano durante poco más de año y medio. Quien compre este coche no adquiere solo un 308; adquiere la constancia material de un experimento que la casa solo se permitió una vez.

