Doce pistas de drag racing salen a subasta en Estados Unidos tras el colapso de la histórica IHRA.
El lote incluye circuitos repartidos por Michigan, Ohio, Carolina del Norte, Tennessee, Georgia, Kansas, Virginia y Nueva York, y se comercializa mediante subastas de sobre cerrado. No hablamos de solares vacíos: la mayoría ocupa decenas o cientos de acres con varias actividades dentro del mismo recinto, así que pujar por uno exige un desembolso serio.
Quien firma las ventas es Darryl Cuttell, propietario de la asociación. Y aquí llega el giro más llamativo del caso: según la información publicada, el empresario sostiene que la compañía SpaceXAI le debe más de 600 millones de dólares, en torno a 555 millones de euros al cambio actual, a través de su firma Darana Hybrid, especializada en construir centros de datos.
La versión contraria apunta a un sobrecoste deliberado con el que se habrían financiado las obras de los propios circuitos. Mientras el litigio sigue su curso, las pistas ya están en el mercado.
Cada circuito que desaparece no se lleva solo una recta de aceleración: se lleva talleres, cantera y una forma muy estadounidense de entender el motor.
Qué hay detrás de la caída de la histórica asociación
El origen está en julio de 2026, cuando la entidad canceló de golpe los eventos que le quedaban en el calendario de la Nitro Drag Racing Series y ejecutó despidos masivos. La decisión dejó a pilotos, equipos y aficionados sin referencia y convirtió un problema deportivo en un problema patrimonial.
Varias pistas se venden ahora con nombres nuevos. Es lo que ocurre con Darana Raceway en Hebron, Ohio, antes conocida como National Trail Raceway, o con el circuito de Memphis, cuyo anuncio presume de más de 342 acres, unas 138 hectáreas, como terreno idóneo para desarrollo.
Las doce instalaciones que buscan dueño
- Darana Motorsports Park — Milan, Michigan.
- Darana Raceway — Hebron, Ohio.
- Darana Raceway — Xenia, Ohio.
- Darana Dragway — West Salem, Ohio.
- Rockingham Speedway — Rockingham, Carolina del Norte.
- Piedmont Dragway — Julian, Carolina del Norte.
- Darana Motorsports Park — Benson, Carolina del Norte.
- Memphis International Raceway — Memphis, Tennessee.
- Atlanta Dragway — Commerce, Georgia.
- Heartland Motorsports Park — Topeka, Kansas.
- Virginia Motorsports Park — Petersburg, Virginia.
- Empire Dragway — Leicester, Nueva York.
De la gloria de la NASCAR al riesgo del ladrillo
En el listado hay nombres con peso. Rockingham Speedway, en Carolina del Norte, llegó a acoger carreras de la NASCAR Cup Series, y Heartland Motorsports Park, en Topeka, es uno de los recintos más reconocibles del país. El trazado de Memphis presume además de una recta de aceleración de 1.340 metros y de un óvalo de 1,2 kilómetros que antaño albergó pruebas de la NASCAR.
El problema es el suelo. Un terreno de 138 hectáreas junto a una gran ciudad vale mucho más cubierto de naves logísticas o de centros de datos que de gradas. Esa es la sombra que planea sobre toda la operación: la misma industria que habría desencadenado el litigio por la deuda es la que puede acabar ocupando el lugar de las pistas.
Tampoco es un caso aislado. En los últimos años, varios trazados históricos estadounidenses han cerrado o han visto reducida su actividad, y cada venta de suelo acelera la tendencia. El drag racing de base vive de recintos como estos: son el primer escalón donde un aficionado se convierte en piloto.
Lo que este golpe dice del motorsport de base, también desde España
España no tiene un ecosistema de pistas de drag racing comparable al estadounidense, pero el patrón suena conocido. Aquí los circuitos también pelean por sobrevivir en un país donde el suelo industrial se revaloriza y donde cualquier actividad que genere ruido levanta suspicacias. La diferencia es de escala: en Estados Unidos, la desaparición de doce instalaciones de golpe mueve a toda una comunidad; en España, cada cierre se nota igual, aunque ocupe menos titulares.
Lo que ocurre al otro lado del Atlántico deja tres lecturas. La primera es económica: el motorsport de base depende de propietarios privados y, cuando uno se descapitaliza, la afición no tiene red de seguridad. La segunda es urbanística: el terreno manda, y una recta de aceleración compite en valor con cualquier polígono logístico. La tercera es cultural: sin una cantera de circuitos asequibles, el relevo generacional se apaga antes de empezar.
Para el aficionado español que siga el fenómeno, la clave está en el calendario. Las subastas de sobre cerrado no tienen una fecha única de cierre, así que el futuro de cada pista se decidirá caso por caso en los próximos meses. Algunas se venderán como negocio deportivo; otras, probablemente, solo como suelo.

