Horner señala a la muerte de Mateschitz como el detonante de su salida de Red Bull

El exjefe de equipo sostiene que el reordenamiento corporativo posterior al fallecimiento del fundador, a finales de 2022, marcó su salida en julio de 2025. Niega que su relación con Max o Jos Verstappen tuviera peso en la decisión.

Christian Horner ha tardado quince meses en verbalizar lo que medio paddock daba por hecho: su salida de Red Bull no fue una decisión deportiva. Fue un ajuste de poder corporativo.

En una entrevista con The Guardian, el exjefe de equipo apunta al vacío que dejó la muerte de Dietrich Mateschitz a finales de 2022. Bajo el mandato del fundador austríaco, Horner construyó un proyecto capaz de sumar ocho campeonatos de pilotos y seis de constructores en dos ciclos separados: el de Sebastian Vettel y el de Max Verstappen. Con Mateschitz fuera de escena, la relación entre el muro de boxes y la sede corporativa cambió de naturaleza.

El cambio de mando que nadie firmó en el paddock

La tesis de Horner no es una excusa sentimental. Es una descripción de gobernanza. La estructura que hoy dirige Red Bull, con Oliver Mintzlaff al frente, responde a criterios de grupo —marca, patrocinios, exposición reputacional— y no a la lógica de una escudería que compite cada quince días. Cuando ese equilibrio se rompe, el jefe de equipo deja de ser un socio y pasa a ser un empleado con despacho en la fábrica.

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‘Creo que había una sensación de que había demasiado control en mis manos’, explicó Horner. ‘Pero en realidad no me dieron una razón’. Traducido al lenguaje del paddock: no hubo un detonante deportivo, no había una temporada fallida sobre la mesa, y no existía una auditoría técnica que justificara la destitución. Hubo, sencillamente, una dirección que consideró que el reparto de poder había dejado de encajar.

Horner enterró además el relato que más había circulado: que una fricción con Max Verstappen o con su padre, Jos, hubiera precipitado la salida. ‘No, fue una decisión de Red Bull’, zanjó. ‘Después de la muerte de Dietrich, las cosas cambiaron en la dirección’. Cierra así una puerta que llevaba meses abierta en los mentideros.

La lealtad en la Fórmula 1 moderna ya no se mide en títulos, sino en cuotas de poder dentro del consejo.

Un despido que llegó en la peor semana posible

El relato personal añade una capa que ninguna nota de prensa recoge. Días antes de que la dirección le comunicara la salida, fallecía Beverley Allen, expareja del directivo y madre de su hija Olivia. ‘Se sintió particularmente brutal y triste terminar de esa manera’, admite. ‘En realidad no lo procesé hasta un mes después, porque en las consecuencias inmediatas me enfoqué en apoyar a mi hija durante un período espantoso’.

Conviene medir el volumen de lo que se rompió de un día para otro. Horner llegó a una estructura embrionaria de 400 personas y la dejó convertida en un grupo de 2.200 integrantes, con una división propia de motores, Red Bull Powertrains, nacida bajo su impulso. Sustituir a un jefe de equipo es un trámite. Reasignar el control sobre una fábrica, un banco de pruebas y una plantilla que multiplica por cinco la original es otra cosa.

La declaración más afilada, sin embargo, no habla de él. Horner sostiene que esa brutalidad no se ve en otros equipos: ‘Muchos equipos no han rendido a lo largo de los años, pero no se ve la misma brutalidad que cuando me fui. Habíamos hecho la pole position en la carrera anterior’.

Quién decide hoy en un gran premio (y no es el jefe de equipo)

La muerte de un fundador es, casi siempre, el arranque de una pelea de gobernanza. Ocurre en cualquier sector, y el automovilismo no es ajeno: cuando el dueño carismático desaparece, su legado se reparte entre herederos, gestores profesionales y accionistas que no pisan el circuito. Red Bull no es el único caso, pero sí el más visible, porque el difunto había convertido una marca de bebida energética en dos escuderías, un trazado y un programa de cantera. Dirigir ese conglomerado exige criterios que no coinciden con los de un muro de boxes.

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La lectura de fondo tiene una consecuencia incómoda para todo el paddock. Si el despido de Horner se explica por un cambio de gobernanza y no por resultados, ningún jefe de equipo con un director general por encima está del todo a salvo. No importa cuántos títulos acumule: importa quién firma el organigrama. Ese es el precedente real, y afecta por igual a las estructuras propiedad de fabricantes y a las que dependen de un solo dueño.

Horner deja, eso sí, dos señales de que la ruptura no es total. Confirma una ‘relación razonable’ con Mintzlaff, que lo llamó para agradecerle haber sentado las bases de la primera victoria del equipo con un motor completamente propio. Y admite que alejarse de la guerra política de la Fórmula 1 le dio un respiro mental que no había buscado. Su sucesor en el cargo, Laurent Mekies, tiene ahora la tarea de sostener ese proyecto bajo las nuevas reglas técnicas y con la vista puesta en el tramo final de 2026, con la temporada cerrándose en Abu Dabi en diciembre. Ese es el examen que medirá si el nuevo régimen acierta tanto como presume.

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